De izquierda a derecha, Cristóbal Balenciaga en una imagen de archivo; Hubert de Givenchy presentando su colección, en noviembre de 1955, ante las redactoras de moda Carmel Snow y Marie-Louise Bousquet; y este mismo realizando una prueba de vestuario a Audrey Hepburn.

De izquierda a derecha, Cristóbal Balenciaga en una imagen de archivo; Hubert de Givenchy presentando su colección, en noviembre de 1955, ante las redactoras de moda Carmel Snow y Marie-Louise Bousquet; y este mismo realizando una prueba de vestuario a Audrey Hepburn. Getty Images, FRANCOIS PAGES/Paris Match y cuenta oficial del Cristóbal Balenciaga Museoa en Instagram (@cristobalbalenciagamuseoa)

Moda

Balenciaga, Givenchy... y las mujeres que los unieron: la amistad que redefinió la silueta femenina en la alta costura

Una exposición en Getaria revela la afinidad creativa entre dos maestros de la alta costura y las mujeres que inspiraron sus obras.

Más información: Teresa Helbig, 30 años de éxito en la moda: un paseo con la diseñadora por su exposición en el Museo del Traje

Carolina Werner
Publicada

El término lo acuñó una periodista británica en 1960. Katharine Whitehorn escribió en The Observer que Cristóbal Balenciaga y Hubert de Givenchy se parecían más entre ellos que a cualquier otro diseñador. Los llamó "la familia Givenchiaga". Aseguró haber visto en sus colecciones "los vestidos más bellos del mundo".

66 años después, esa expresión da título a una exposición única. The Givenchiaga Family ocupa desde el 28 de marzo una de las salas del Museo Cristóbal Balenciaga, en Getaria (Guipúzcoa). Permanecerá abierta hasta el 22 de febrero de 2027. Esa fecha marca el centenario del nacimiento de Hubert de Givenchy.

La muestra reúne 35 piezas. 11 de ellas pertenecen a la primera maison. 24 llevan la firma de la segunda. Proceden de los archivos de la marca en París, de la colección guipuzcoana y del Museo del Traje de Madrid. También de colecciones privadas de España e Italia.

No es una retrospectiva. Tampoco una comparativa exhaustiva. El comisario, Igor Uria, director de colecciones del museo, lo explica con claridad: “La intención curatorial es destacar vínculos y afinidades”.

Algunas de las piezas que se pueden ver en la exposición 'The Givenchiaga Family' del museo de Balenciaga en Getaria (Guipúzcoa).

Algunas de las piezas que se pueden ver en la exposición 'The Givenchiaga Family' del museo de Balenciaga en Getaria (Guipúzcoa). Museo Cristóbal Balenciaga

Un encuentro que cambió todo

La historia arranca en 1953, en Nueva York. Una socialité chilena llamada Patricia López-Wilshaw presentó a los dos diseñadores. Balenciaga tenía 58 años. Givenchy, 26. El maestro de Getaria ya era una leyenda. El joven francés acababa de abrir su casa de costura un año antes.

Givenchy había llegado a París en 1944. Estudió en la Escuela de Bellas Artes. Trabajó en los talleres de Jacques Fath, Robert Piguet y Lucien Lelong. Dirigió la boutique de Elsa Schiaparelli. En 1952 fundó su maison en el número 8 de la calle Alfred de Vigny.

Su primera colección se llamó Separates. La presentó fuera del calendario oficial de desfiles. La prensa la recibió con entusiasmo. La blusa Bettina se convirtió en su primer éxito comercial. Los críticos lo bautizaron como el enfant terrible de la industria.

Hubert de Givenchy en su estudio en 1961.

Hubert de Givenchy en su estudio en 1961. TONY VACCARO/Tonny Vaccaro archives

Pero el encuentro con Balenciaga transformó su visión. "Si no le hubiera conocido, quizá nunca habría descubierto la esencia de la moda", declaró Givenchy décadas más tarde.

La familia Givenchiaga

La relación entre ellos trascendió lo profesional. Se hicieron amigos íntimos. Compartieron estrategias de negocio. Desde 1956, ambos presentaron sus desfiles un mes después que el resto de maisons. Proporcionaban a la prensa sus propias fotografías y bocetos. Exhibían juntos sus colecciones de verano en el hotel Ambassador de Nueva York.

En 1959, Givenchy instaló su maison directamente frente a la de Balenciaga. Los dos ocupaban el número 3 de la Avenue George V. Uno a cada lado de la calle. Cristóbal no era un hombre expansivo. Era reservado, casi hermético. Pero con su confidente se comportó como un maestro generoso.

Le transmitió lecciones de técnica y estilo, y le enseñó a comprender y amar el tejido. Le inculcó una filosofía de perfeccionamiento constante. "Balenciaga era mi religión. Está él y el buen Dios" confesó Hubert a Women's Wear Daily en 2007.

Cuando su referente decidió retirarse en 1968, facilitó la transición. Transfirió parte de su personal de confianza a la maison Givenchy. También algunas de sus clientas más fieles. Era su manera de proteger un legado compartido.

Las líneas revolucionarias

La exposición arranca con los emblemas que definieron a ambos creadores: la túnica, el saco y el babydoll.

Balenciaga presentó una línea dedicada a la primera en febrero de 1955. La prensa la consideró una revolución. Era una prenda esbelta, aparentemente cómoda y pensada para una mujer moderna. Givenchy integró sus características en sus propias colecciones. Remarcó el eje de la silueta con bajos falda que rozaban las rodillas. Propició la libertad de movimiento.

El saco llegó en 1957. Fue objeto de crítica, deseo y admiración. La silueta envolvía el cuerpo, lo abstraía. Destacaba la feminidad con sofisticación. Hubert ofreció su propia versión, más joven. Un modelo de día en tejido de punto, igualmente cómodo e igualmente elegante.

A partir de ese año, ambos presentaron modelos con asimetría en el bajo. La prensa los llamó "cola de pavo real". En 1958 llegó el babydoll con vestidos que remarcaban el aire entre la silueta exterior y el cuerpo, con volumen y libertad.

A la izquierda y a la derecha, bocetos de las líneas saco y túnica de Givenchy; en el centro, Givenchy Haute Couture Febrero 1958, modelo 2240.

A la izquierda y a la derecha, bocetos de las líneas saco y túnica de Givenchy; en el centro, Givenchy Haute Couture Febrero 1958, modelo 2240. Givenchy. París

Mujeres de la familia

Detrás de cada silueta había una clienta, una musa, una trabajadora. Audrey Hepburn conoció a Givenchy en 1953. Buscaba vestuario para Sabrina, de Billy Wilder. El diseñador esperaba a Katharine. Apareció una joven desconocida, frágil y decidida. Se convirtió en su musa.

La exposición exhibe dos vestidos icónicos de la actriz. El primero lo lució en Romance al atardecer, de 1956. El segundo es el célebre little black dress de la escena inicial de Desayuno con diamantes. Pertenece a la colección del Museo del Traje de Madrid. Desde 1961, ese vestido negro es un símbolo universal de estilo.

La relación entre Hepburn y el creativo duró décadas. Él diseñó para ella dentro y fuera de la pantalla. En 1957 creó el perfume L'Interdit en su honor. Ella fue la embajadora más visible de su estilo. "Más que una clienta, Audrey fue una gran amiga", decía Hubert.

Rachel 'Bunny' Mellon encarnaba otro tipo de elegancia. Fue una de las grandes damas de la burguesía norteamericana del siglo XX. Filántropa, coleccionista de arte, diseñadora de jardines. Cercana a los Kennedy, esposa del mecenas Paul Mellon y consumidora de Balenciaga.

Cuando el modisto cerró su casa en 1968, presentó personalmente a Bunny y Givenchy. Comenzó una relación de décadas. Compartían pasión por el arte contemporáneo, la arquitectura y el paisajismo. "Con ella todo se convierte en un juego", decía. "Nuestra relación es deliciosamente lúdica".

En 2014, la colección de Bunny Mellon llegó al museo de Getaria. Más de 600 piezas. Hubert comisarió una exposición dedicada a ella en 2017. En The Givenchiaga Family hay obras que le pertenecieron. Algunas firmadas por un diseñador, otras por el otro y una por ambos.

Se trata del modelo 10 de la colección de 1968 de Balenciaga. Lo confeccionó la casa Givenchy en 1969 en el taller de madame Felisa, la première d'atelier que había trabajado con el maestro español. Es un testimonio literal del traspaso: clienta, patronista, patrón. De una maison a otra.

Pero esa red era aún más amplia. Antes de París estuvieron las manos de Getaria. Costureras, modistas, sastras formadas en la tradición local, que trabajaron para Cristóbal en sus primeros talleres y, más tarde, desde la distancia, en una especie de constelación dispersa por Guipúzcoa.

Mujeres que cosían en casas particulares o pequeños talleres, que bordaban, hilvanaban y perfeccionaban prendas con precisión. Algunos testimonios recogidos por el propio Museo Balenciaga y por la prensa vasca recuerdan cómo aquellas eran capaces de reproducir patrones complejos o rematar piezas destinadas a la alta costura parisina.

Abrigo en sarga de lana azul marino de Balenciaga, lanzado en febrero de 1968. CBM 2000.13.

Abrigo en sarga de lana azul marino de Balenciaga, lanzado en febrero de 1968. CBM 2000.13. Cristóbal Balenciaga Museoa/Paredes

Su trabajo no aparecía en las etiquetas, pero sostenía el sistema. Eran depositarias de un saber artesanal transmitido de generación en generación, un conocimiento técnico y táctil que Balenciaga supo reconocer y del que nunca se desvinculó del todo. En esas manos que cosían lejos del foco, también se construyó el mito.

Las editoras de moda también forman parte de esta familia. Carmel Snow, Diana Vreeland, Bettina Ballard, adame Bousquet. Fueron aliadas y prescriptoras. Interpretaron las propuestas de ambos diseñadores y contribuyeron a definir el gusto de toda una época.

Sus páginas en Vogue, Harper's Bazaar y Femme Chic consolidaron el concepto de la familia Givenchiaga.

Un símbolo especial

Hay una pieza clave en la exposición. Un vestido de noche en gros de Nápoles amarillo, con bordado floral en chenilla de varios colores. Balenciaga lo creó en agosto de 1960 y lo regaló a Givenchy por su cumpleaños.

Vestido de noche en gros de Nápoles amarillo con bordado en chenilla de varios colores regalo de Balenciaga a Givenchy. Balenciaga, agosto de 1960. CBM 2001.08.

Vestido de noche en gros de Nápoles amarillo con bordado en chenilla de varios colores regalo de Balenciaga a Givenchy. Balenciaga, agosto de 1960. CBM 2001.08. Cristóbal Balenciaga Museoa/Outumuro

Es un objeto íntimo, un gesto de amistad. El claro documento de una relación única.

Hubert conservó la prenda durante décadas. Formaba parte de su colección personal de piezas de Cristóbal. Más que coleccionismo, era un acto de preservación. Quería salvaguardar testimonios materiales de la obra del maestro. Evitar que se dispersaran o desaparecieran.

Este compromiso culminó en la creación de la Fundación Cristóbal Balenciaga. Y en la inauguración del museo de Getaria en 2011. Givenchy donó su colección de piezas. También su archivo de revistas históricas de moda. 450 referencias en total.

Hasta su fallecimiento en 2018, siguió apoyando las iniciativas de la institución y participó en proyectos expositivos. Reafirmó una lealtad que trascendió el tiempo.

Un legado compartido

La exposición no es sólo un diálogo entre dos creadores. Es un homenaje a las mujeres que los rodearon. Clientas que confiaron en su visión. Musas que inspiraron siluetas. Trabajadoras que ejecutaron cada puntada. Editoras que difundieron su mensaje.

Patricia López-Wilshaw propició el encuentro que lo inició todo. Audrey Hepburn definió una imagen de elegancia moderna. Bunny Mellon conectó a Givenchy con el mundo del arte. Carmel Snow y Diana Vreeland construyeron su reputación en las revistas.

Y en los talleres, figuras femeninas como madame Felisa garantizaron que cada prenda alcanzara la perfección: Transmitieron técnicas, preservaron saberes, cruzaron de una maison a otra cuando fue necesario.

The Givenchiaga Family cuenta la historia de esa red, de esas conexiones y de esa familia extendida que definió la alta costura del siglo XX. El Museo Balenciaga de Getaria ofrece una oportunidad única. Ver los vestidos, entender las siluetas, conocer las historias… Hasta febrero de 2027, hasta el centenario de Hubert de Givenchy.