Escena de la serie 'Dahmer – Monstruo: La historia de Jeffrey Dahmer' (Netflix, 2022).

Escena de la serie 'Dahmer – Monstruo: La historia de Jeffrey Dahmer' (Netflix, 2022). IMDb

Estilo de vida

El 'true crime' es propiedad de las mujeres: tradición, "miedo seguro" y un hilo para abrir conversaciones entre amigas

De Margarita Landi al boom de los pódcast, ellas siempre han estado tras la narración del crimen, con un público, además, mayoritariamente femenino.

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Elena Merino lleva tres décadas contando crímenes y no termina de aceptar la pregunta que parece imponerse con el boom del true crime: ¿por qué son ahora las mujeres quienes cuentan las historias de asesinatos, desapariciones y criminales?

Su programa de radio echó a andar hace 30 años y, cuando el pódcast aún era un territorio por explorar, dio el salto a Elena en el país de los horrores, que nació entre 2012 y 2013 y supera ya los 600 episodios. "Soy muy vieja escuela", bromea, pero la veterana del género encuentra hoy un paisaje que no se parece al de entonces.

Las plataformas de audio se llenan de voces femeninas que narran asesinatos, desapariciones y juicios, y lo hacen con estilos muy distintos entre sí. La explicación parece sencilla: ellas tienen más miedo al crimen. El problema es que las respuestas fáciles no terminan de explicar el fenómeno.

Martha Caballero, podcaster de true crime, sí percibe una relación directa entre esto:

"Creo que hay una cosa muy clara y es que nosotras vivimos con el miedo mucho más presente. Desde pequeñas nos dicen que avisemos cuando lleguemos a casa, que no volvamos solas, que vigilemos la copa, que compartamos ubicación… Son cosas que tenemos muy interiorizadas y que hacemos casi sin pensar", explica.

Cuando escuchan determinadas historias, añade, "hay algo que nos toca mucho más de cerca, porque piensas que perfectamente podría haber sido yo, una amiga, mi hermana…". Y de ahí, cree, nace también "esa necesidad de querer entender por qué pasan estas cosas".

Una tradición mixta

Conviene empezar por desmontar una premisa. Que hoy las voces femeninas tengan tanta visibilidad no significa que antes dominaran los hombres. "El true crime, o la crónica negra, siempre ha sido un territorio mixto", sostiene Merino, que sitúa el origen de esa tradición en España en Margarita Landi, una de las grandes pioneras del género.

En la imagen, la pionera Margarita Landi.

En la imagen, la pionera Margarita Landi. Alianza Editorial Archivo EE

Landi construyó una carrera alrededor del reporterismo de sucesos cuando el crimen todavía era un territorio eminentemente periodístico y no una categoría de entretenimiento. Décadas después, las mujeres siguen presentes en la narración de estos hechos, aunque hayan cambiado los formatos.

Cuando Merino empezó en el pódcast, apenas había nadie más: "Fuimos los primeros y, durante un tiempo, los únicos". Por eso la pregunta por el cambio detrás del micrófono no tiene demasiado sentido en aquel momento fundacional.

En otros medios, como la televisión o la radio, la presencia, dice, siempre ha sido mixta, quizá con predominio femenino. Tampoco ve un relevo repentino en las redacciones y los estudios de grabación.

Las mujeres han estado siempre en el reporterismo, el guion, la subdirección y la locución, aunque, como ocurre en casi todos los sectores, menos en los puestos de dirección. Cuando se le pregunta por qué hoy tienen tanta visibilidad en el género, su respuesta es breve: "Antes tampoco eran ellos".

Ellos también existen en el terreno, claro. Merino cita El señor de los crímenes, La nit més fosca o Crímenes y criminales. Pero considera que tienen un éxito más limitado que propuestas hechas por mujeres como Criminopatía, Mimicidios o Terrores Nocturnos.

Quizá por eso la pregunta no esté únicamente en quién habla, sino también en quién escucha y en qué tipo de conversación se ha construido alrededor de esas voces.

Caballero tampoco cree que exista una única forma femenina de contar el crimen: "Tampoco me gusta generalizar porque hay hombres que cuentan true crime de una manera maravillosa y mujeres que tienen estilos muy diferentes al mío".

Pero sí percibe una emocionalidad que aparece con frecuencia entre las creadoras: "Creo que muchas tenemos una sensibilidad especial a la hora de hablar de la víctima".

En su caso, intenta que la persona asesinada no desaparezca detrás del crimen: "Yo por lo menos intento muchísimo que el perfil no sea simplemente la chica a la que mataron. Quiero saber quién era, cómo era su vida, qué hacía, qué quería hacer...".

Sin pedir perdón

Si algo ha cambiado en estos años es la relación del público con el género. Merino lo ha visto en primera fila.

"Durante años, los oyentes que hablaban conmigo se justificaban o se disculpaban por consumir esta propuesta, como si hubiera algo de malo en tener interés por conocer cómo somos los humanos en todas nuestras facetas, también las más oscuras", cuenta.

Y señala la paradoja: nadie se disculpa por ver u oír melodramas romanticones que venden historias de amor tóxico como algo bueno, pero sí lo hacen quienes siguen un caso criminal.

La culpa se ha ido disipando. "Cada vez más, la gente se siente legitimada a disfrutar con estos contenidos", afirma. Un género que ya no avergüenza se puede escuchar en voz alta, recomendar a una amiga y convertir en conversación. Y la audiencia que lo escucha es, en buena parte, femenina.

La socióloga canadiense Kathleen Rodgers, que ha estudiado las comunidades en torno a estos pódcast, calcula que las mujeres son al menos el 70 % de sus oyentes.

Es un dato procedente de su investigación en Canadá, pero apunta hacia una cuestión que se repite en otros mercados: ellas no sólo tienen una presencia especialmente visible detrás del micrófono; también constituyen una parte importante de quienes están al otro lado.

Ahí aparece una pregunta distinta: si ellas cuentan estas historias y las escuchan, ¿qué encuentran en ellas?

Para Caballero, una parte de la respuesta está precisamente en la posibilidad de reconocer en las mismas peligros que ya forman parte de la vida cotidiana de muchas mujeres.

"Sí, muchísimo", responde cuando se le pregunta si se reconoce en la idea de consumir true crime para entender los riesgos que podrían encontrarse en su propia vida.

"Muchas veces tenemos presente esa falsa sensación de 'si yo sé cómo funciona esto, a mí no me va a pasar'. Que evidentemente no es verdad, ojalá fuera tan fácil. Pero sí creo que intentamos identificar patrones, red flags, comportamientos…".

Y esa percepción también aparece en la relación con su audiencia: "Además, se puede ver en los comentarios, muchas chicas, contando su experiencia y a veces es desgarradora", explica.

El miedo seguro

Ana Fernández-Blázquez, doctoranda en el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Yale, ha dedicado un libro a esa pregunta, Anatomía del true crime (Alfabeto, 2026). El ensayo se presenta como una reflexión cultural, histórica y ética sobre el fenómeno, no como una reconstrucción de casos.

Su trabajo académico se mueve entre la ley, la literatura y la memoria colectiva en la España moderna, y su interés por los relatos con los que se crean la identidad y el conflicto la llevó a mirar el consumo de crímenes ajenos.

La doctoranda en una firma de libros.

La doctoranda en una firma de libros. IG vía @unpocodeana

El libro nació de una experiencia personal. Escuchó un episodio sobre el asesinato de Annie Le, la estudiante de doctorado asesinada en 2009 dentro del campus de Yale, cuando ella llevaba apenas unos meses en la universidad. Le impactó identificarse con la víctima y se sintió rara caminando por la ciudad durante un tiempo, aunque nunca había tenido ningún problema.

De ahí surgió una duda que desembocó en el libro: por qué aquel episodio había resonado tanto y otros, que escuchaba casi a diario, no. Una de las claves que explora es lo que llama "miedo seguro".

Los géneros de terror siempre han estado presentes y la audiencia disfruta con películas, libros o relatos capaces de provocar temor precisamente porque existe una sensación de control: siempre puedes apagar la televisión, cerrar el libro o desconectarte de la narración.

El true crime permite ensayar el miedo sin estar necesariamente dentro del peligro. La pregunta es qué función cumple esa sensación. Hay académicos, según Fernández-Blázquez, que han relacionado este consumo con periodos políticos más conservadores, y en el caso de las mujeres ese efecto se acentúa.

Ella misma advierte de que no hay evidencia empírica sólida. Como ilustración, cita en el libro un episodio de La pija y la quinqui en el que Mariang charla con la actriz Clara Galle sobre su gusto compartido por el género y en el que aparece una idea que resume bien esa relación: "Yo sé que algo me va a pasar, quiero saber qué puede ser".

No prueba nada. Pero apunta hacia una posibilidad: los miedos compartidos pueden llevar también a gustos compartidos.

Caballero encuentra una explicación parecida en esa necesidad de acercarse sin perder el control: "Creo que hay algo muy humano en querer entender precisamente lo que más terror te da. Tú estás en tu casa, estás viendo un vídeo o escuchando un pódcast y sabes que estás a salvo. Es como mirar al monstruo pero desde el otro lado de la pantalla".

Una conversación entre amigas

Fernández-Blázquez es, sin embargo, cautelosa con la explicación más repetida: la de que las mujeres consumen más true crime porque temen más ser víctimas. Cree que todas las explicaciones hay que "cogerlas con pinzas". A ellas, dice, les afectan todas las emociones posibles: el miedo seguro, el morbo, la ira, la frustración y cierta fascinación.

Frente a esto, propone un giro. Cita un estudio de Rodgers según el cual el formato del pódcast, al evocar una conversación entre amigas, crea una situación reconfortante.

Entonces, la frase puede reformularse: consumen más true crime porque quieren hablar de la posibilidad de ser víctimas. "No siempre tiene por qué ser en negativo", subraya.

La diferencia es importante. No necesariamente queremos que nos cuenten cómo morir. Podemos querer hablar de qué haríamos si nos pasara.

Esa idea de intimidad se refuerza con las redes sociales. Los algoritmos, apunta Fernández-Blázquez, también favorecen a las mujeres de las generaciones X y milenial.

Su ejemplo es Bailey Sarian, muy conocida en el mundo anglófono, que empezó contando historias de true crime mientras se maquillaba y convirtió aquel formato en la serie Murder, Mystery & Makeup, que arrancó en 2019.

Es, dice, el epítome de la conversación entre amigas. El crimen deja de ser únicamente algo que alguien narra a una audiencia y se convierte en un ritual de intimidad: maquillarse, escuchar, comentar, compartir.

El peligro real

Pero hay una parte incómoda en esa relación. Si existe un vínculo entre quién teme el crimen y quién quiere hablar de él, Fernández-Blázquez introduce una precisión importante: la relación puede estar entre quien teme el crimen y quien quiere hablar de la posibilidad de que ocurra.

Y hay otro problema: la criminalidad real no coincide con la que reflejan muchos productos de true crime. Fernández-Blázquez percibe una desproporción entre los asesinos en serie reales y los que protagonizan estos relatos, aunque admite que, al estar en producción constante, es difícil dar cifras exactas.

El género selecciona los crímenes que considera narrativamente interesantes. Y eso puede crear una imagen del peligro que no coincide con la estadística.

La violencia contra las mujeres, por ejemplo, se produce mayoritariamente en el ámbito de la pareja, mientras que buena parte del true crime se concentra en asesinos en serie, desconocidos y secuestros especialmente llamativos.

Los datos sobre homicidio apuntan en otra dirección. Un estudio publicado en The Lancet halló que las parejas íntimas son responsables de una parte muy relevante de los feminicidios, mientras que la violencia homicida que afecta a los hombres presenta otros patrones.

La diferencia importa porque el crimen que contamos no es necesariamente el que más ocurre. El true crime no nos enseña de qué tenemos más probabilidades de morir: nos enseña cuáles creemos que merece la pena contar.

Elena Merino llega por otra vía a un diagnóstico parecido. La estadística de homicidios, en España y en el mundo, dice que la inmensa mayoría de las víctimas son hombres.

Pero las historias que se eligen para un pódcast tienen que impactar: crímenes en serie, modus operandi extraños, motivaciones insólitas. Los criminales que suelen contar son, dice con una pausa, "digamos... vocacionales".

Un ajuste de cuentas no da recorrido para los 30 minutos o la hora que dura un episodio. Los que suelen protagonizar los programas son asesinos sexuales y, en esos casos, las víctimas casi siempre son mujeres.

La selección de casos compone así una imagen del peligro que no coincide con la estadística y que, sin embargo, es la que escuchan miles de ellas.

Ética del relato

Ante esa distorsión, ambas coinciden en que la respuesta es de oficio. Merino no se limita a contar los casos: "Yo nunca renuncio a hacer un poco de didáctica". Para ella, si el true crime no sirve para aprender, puede que sólo esté "sirviendo morbo", y eso a ella no le va si no hay nada que aprender o enseñar.

Por eso considera importante contarlo con perspectiva de género. Trabaja con criminólogos y procura que el propio caso determine qué puede aportar el relato. Contar con especialistas, añade, enriquece el relato "mondo y lirondo" de los hechos.

El límite entre rigor y morbo, afirma sin titubear, es la ética, y para ella es sagrado respetar el código deontológico periodístico.

Fernández-Blázquez propone, en lugar de una única línea roja, varias. Habla de ellas a modo general y de "líneas moradas", fruto de su reflexión desde el feminismo, con las que decide si quiere escuchar, leer o ver un true crime. Entre ellas están la implicación de la familia y su conformidad, que no se alimente el morbo y, sobre todo, que se trate de una causa cerrada.

Los allegados son un mundo, muchos, por ejemplo, se indignan. Recuerda que los de algunas víctimas de Jeffrey Dahmer expresaron, tras Dahmer. Monstruo: la historia de Jeffrey Dahmer (Netflix, 2022), que nadie en la plataforma les pidió consentimiento y que había escenas muy dolorosas.

Evan Peters en el papel del asesino en serie en la producción de Ryan Murphy para la plataforma.

Evan Peters en el papel del asesino en serie en la producción de Ryan Murphy para la plataforma. IMDb

Ryan Murphy, creador de la serie, ha sostenido que su equipo hizo ingentes esfuerzos por hablar con ellos y nunca recibió respuesta.

Otras familias ven en esto una esperanza de reabrir un caso o avivar la presión sobre las autoridades. Para Fernández-Blázquez, el vínculo con las familias es una de las obligaciones éticas fundamentales del género.

Con el público, la deuda es la veracidad. El espectador entra bajo una pretensión de verdad y eso convierte al true crime en un arma de doble filo: quien rotula su producto como tal, asume la responsabilidad de manejar esa promesa. Las dos obligaciones, concluye, son compatibles.

Para Caballero, ese límite también pasa por no olvidar nunca a quién pertenece la historia que se está contando:

"Esto para mí es muy importante porque evidentemente hago contenido y quiero que la gente vea mis vídeos, no voy a ser hipócrita y decir que no existe una parte de entretenimiento. Pero nunca puedes olvidarte de que estás hablando de alguien que existió de verdad".

La investigación, explica, no consiste únicamente en reconstruir los hechos. También implica preguntarse por quienes siguen viviendo con ellos: "Aquí también entra saber si las familias de las víctimas quieren que este caso se cuente. Y si quieren, hay que respetarlo".

Como ejemplo de estándar ético, Fernández-Blázquez cita Cómo cazar a un monstruo (Prime Video, 2024), la docuserie de Carles Tamayo, que no se centra en las víctimas ni en el relato de los crímenes, sino en denunciar la ineficacia de la justicia.

También menciona el caso de Evi Rauter, la joven hallada muerta en Portbou en 1990 cuya identidad se desveló en 2022 gracias a la difusión internacional de un capítulo de Crims, de Carles Porta. Aún quedan preguntas sin respuesta, como cómo llegó hasta allí o si fue de verdad un suicidio, pero el caso ya tiene nombre.

Casos que pesan

Hay límites que no son teóricos. Merino admite que le cuesta contar casos con víctimas especialmente vulnerables, sean niños o personas indefensas, y recuerda lo difícil que fue hablar de Marc Dutroux.

También le pesan aquellos en los que se infravalora a las afectadas por prejuicios. Hay uno al que no cree que vaya a entrar nunca: el crimen de Alcàsser. Ha tratado cuestiones tangenciales, como la fuga de Antonio Anglés, pero duda que aborde el hecho en sí.

Años de estudiar esto no le han cambiado la percepción de su propia seguridad, porque siempre ha sido muy consciente de ella. Tiene amigas que la consideran paranoica porque procura no usar aparcamientos públicos de noche, no lleva cascos por zonas solitarias y se asegura de que las puertas de los portales queden cerradas.

La pregunta pendiente

¿Por qué son ellas quienes cuentan los crímenes? Quizá porque nunca dejaron de hacerlo y lo que ha cambiado es la visibilidad y la legitimidad de quienes escuchan.

Quizá porque, como apunta Fernández-Blázquez, el pódcast ofrece un espacio de intimidad donde hablar de lo que se teme sin dramatizarlo.

O quizá porque el true crime ha convertido el crimen en una conversación: una forma de mirar el miedo desde un lugar seguro, compartirlo con otras personas y, a veces, intentar entender qué hay detrás de él.

Para Caballero, esa relación se puede resumir de una manera todavía más directa:

"Porque creo que muchas mujeres hemos encontrado en el true crime una forma de mirar de frente a cosas que llevan toda la vida diciéndonos que tenemos que temer".

Ninguna de las dos ofrece una respuesta única. Y quizá ahí esté lo más honesto del fenómeno. Cuando se le pregunta a Merino por qué hoy son ellas y no ellos quienes lideran el género, su respuesta cabe en una línea: "Antes tampoco eran ellos".