Josefa y su hija Soledad, en una entrevista para Y Ahora Sonsoles.

Josefa y su hija Soledad, en una entrevista para Y Ahora Sonsoles.

Estilo de vida

Josefa sufre el 'síndrome del nido lleno' porque su hija ha vuelto a vivir en su casa: "Ya no la soporto, discutimos siempre"

El nido lleno puede generar una mezcla de alivio y desgaste. Por un lado, sus hijos tienen un techo y, por otro, sienten que su proyecto de vida queda en pausa.

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Según los diferentes estudios y análisis, aproximadamente el 85 % de los jóvenes menores de 30 años en España no puede independizarse, situando la tasa de emancipación en mínimos históricos cercanos al 15 %.

Las cifras no se acaban ahí, y es que a esta tasa mínima de emancipación se suma otro movimiento menos visible pero cada vez más frecuente: el retorno de quienes ya se habían independizado y, por distintos motivos, vuelven a casa de sus progenitores.

Este regreso al hogar, que hace unas décadas era más excepcional y ligado a crisis muy concretas, hoy aparece asociado a trayectorias laborales inestables. No se trata solo de jóvenes que nunca se fueron, sino de adultos que prueban la independencia y, al no poder sostenerla, dan "marcha atrás".

Cuando la casa que iba a "vaciarse" vuelve a llenarse con hijos adultos, algunos expertos hablan de síndrome del nido lleno, una situación en la que el retorno de hijos transforma las dinámicas familiares.

Una de las personas que ya vive esta realidad en primera persona es Josefa, que reconoce sentirse desbordada por la situación con su hija, quien ha regresado a casa con 35 años.

El 'síndrome del nido lleno'

El llamado síndrome del nido lleno describe, en términos coloquiales, la situación de padres que esperaban iniciar una etapa de mayor autonomía personal tras la marcha de sus hijos y que, sin embargo, ven cómo estos permanecen o regresan al hogar.

No es un trastorno clínico reconocido como tal, sino una etiqueta social para explicar tensiones en la convivencia intergeneracional. La casa vuelve a funcionar como red de seguridad económica y emocional, pero también como espacio de fricción entre adultos con estilos de vida distintos.

Su mayor presencia en la actualidad se relaciona con factores estructurales. El mercado laboral juvenil en España arrastra altas tasas de temporalidad, salarios de entrada modestos y trayectorias discontinuas.

A eso se suma el encarecimiento de la vivienda en compra y alquiler, que exige niveles de ingresos difíciles de alcanzar en solitario. Para muchos adultos jóvenes, compartir piso o volver a casa de los padres se convierte en una estrategia de supervivencia financiera.

En otros casos pesa la comodidad: comida hecha, gastos compartidos y apoyo cotidiano que reduce la presión económica y logística de la vida independiente.

No obstante, esto no siempre ha sido así y, antiguamente, la preocupación dominante en la psicología familiar había sido la contraria: el síndrome del nido vacío.

Ese concepto aludía al sentimiento de tristeza, pérdida de propósito o soledad que podían experimentar algunos padres cuando los hijos se iban de casa. La salida marcaba el cierre de una etapa de crianza intensa y obligaba a redefinir la identidad personal y de pareja.

Hoy, sin que haya desaparecido del todo, ese escenario convive con el inverso, donde la dificultad no es dejar ir, sino lograr que los hijos puedan —o quieran— sostener su propio hogar.

El nido lleno puede generar en los padres una mezcla de alivio y desgaste. Por un lado, saben que sus hijos tienen un techo y apoyo; por otro, sienten que su proyecto de vida queda en pausa.

Aparecen frustración, estrés y sensación de dependencia prolongada, sobre todo cuando la convivencia no va acompañada de corresponsabilidad en gastos y tareas domésticas. La relación se complica porque ya no se trata de criar a menores, sino de convivir entre adultos que, en teoría, deberían ser autónomos.

La historia de Josefa

En ese cruce de emociones se encuentra Josefa. Cuenta que su hija, hoy de 35 años, se fue de casa siendo muy joven, con 19 o 20 años, cuando trabajaba como comercial, explica a Y Ahora Sonsoles.

Aquella primera independencia duró varios años, pero terminó regresando con una pareja, la hija de él y "tres perros". Durante un tiempo convivieron todos en la casa familiar junto al marido de Josefa, pero más tarde, cuando la relación se rompió, la hija se quedó.

Desde entonces, según relata la madre, la salida definitiva nunca llega y Josefa habla sin rodeos de su cansancio. Explica que discuten con frecuencia y que siente que su hija no colabora lo suficiente en las tareas del hogar.

Recuerda que ella misma se casó con 16 años tras quedarse embarazada y que su vida adulta empezó muy pronto, con responsabilidades que, a su juicio, la obligaron a madurar deprisa.

Imagen de Josefa y Soledad en Y Ahora Sonsoles.

Imagen de Josefa y Soledad en Y Ahora Sonsoles.

Por eso dice que intentó criar a sus hijas dándoles oportunidades para disfrutar, viajar y vivir experiencias que ella no tuvo. Sin embargo, ahora percibe un contraste entre ese deseo de libertad que inculcó y la dependencia actual.

La casa de Josefa no solo alberga a su hija, sino también a la nueva pareja de esta y a varios animales. Ella subraya, además, que quien más la ayuda en casa es el novio de su hija.

Sobre su hija reconoce que tiene muchas cosas buenas, pero admite sentirse "harta" de la situación. La hija, por su parte, afirma que quiere irse, aunque reconoce que vive muy bien con su madre. Esa comodidad, que para una es cariño y cuidado, para la otra se convierte en una carga.