Plato de jamón ibérico.

Plato de jamón ibérico.

Estilo de vida

Ni en Extremadura ni en Andalucía: este pueblo es el pueblo donde se come el mejor jamón ibérico según los expertos

Aquí nació la primera denominación de origen del jamón ibérico reconocida oficialmente en España.

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Hay lugares que se visitan con los ojos y otros que se recorren, además, con el gusto y el olfato. En Guijuelo, en el sudeste de la provincia de Salamanca, ocurre lo segundo. Basta bajarse del coche para que el aire frío y seco traiga consigo un aroma inconfundible: el del jamón ibérico en pleno proceso de curación.

Este pueblo castellano es, desde hace décadas, una maquinaria perfectamente engrasada alrededor de un producto que ha dado fama internacional a la gastronomía española. Aquí el jamón no es un recuerdo para llevar en la maleta, sino una forma de vida.

Guijuelo concentra más de 150 empresas jamoneras y chacineras. No es una cifra simbólica, ya que es la base de su economía y también de su identidad. Calles, polígonos industriales y pequeñas carreteras comarcales están atravesados por secaderos, fábricas y bodegas donde cuelgan miles de piezas.

El viajero que llega por primera vez descubre pronto que este no es solo un destino para comer. Es un lugar para entender qué hay detrás de una loncha perfecta. Muchas empresas abren sus puertas, organizan visitas guiadas y, en algunos casos, terminan el recorrido con una degustación que convierte la teoría en convicción.

Más allá de las fábricas, el entorno completa el relato. La Sierra de Béjar y las dehesas cercanas, pobladas de encinas y alcornoques, explican por qué el cerdo ibérico encuentra aquí uno de sus hábitats ideales. Es un paisaje tranquilo, casi inmóvil, que contrasta con la actividad silenciosa de los secaderos.

Un pueblo ligado al jamón

La relación de Guijuelo con el jamón no es reciente. Se remonta a generaciones que aprendieron a aprovechar un clima muy concreto: inviernos fríos y secos, veranos suaves y una altitud que favorece un curado lento y natural.

Ese clima permite usar menos sal que en otras zonas productoras. El resultado es un jamón de sabor más delicado, menos agresivo en boca, con una textura untuosa que se funde sin resistencia. No es una cuestión de marketing, sino de tiempo y condiciones.

Aquí nació la primera denominación de origen del jamón ibérico reconocida oficialmente en España. No fue un gesto simbólico, sino la constatación de que se estaba haciendo algo distinto y, sobre todo, bien.

La alimentación del cerdo completa el círculo. La bellota aporta grasas de calidad y un perfil aromático que luego se reconoce en cada corte. Pero el secreto no está solo en lo que come el animal, sino en lo que ocurre después, durante meses o incluso años de espera.

Profesional cortando jamón.

Profesional cortando jamón. iStock

En Guijuelo se habla del jamón con un respeto casi artesanal. No como un lujo inalcanzable, sino como un producto que exige cuidado, experiencia y una cierta humildad frente al tiempo. Aquí nadie puede acelerar lo que necesita su ritmo.

Los secaderos enseñan que no todo lo bueno es inmediato y que algunas de las mejores cosas del país cuelgan del techo, en silencio, esperando su momento.

Viajar y entender el sabor

Llegar desde Madrid es sencillo. Son unos 210 kilómetros que se recorren en poco más de dos horas y media. La ruta más directa pasa por la A-50 hasta Salamanca y continúa por la A-66 en dirección a Béjar.

El paisaje acompaña. La meseta castellana se abre en horizontes amplios, sobrios, casi minimalistas. No hay grandes artificios, pero sí una sensación de viaje que prepara al visitante para lo que vendrá después.

Guijuelo es perfecto para una escapada de un día, aunque también invita a quedarse. Además de las visitas a fábricas, hay pequeños museos, tiendas especializadas y restaurantes donde el jamón no es un entrante más, sino el eje del menú.

La experiencia completa incluye, para quien quiera ir un paso más allá, acercarse a las dehesas y ver dónde empieza todo. Allí, entre encinas, el relato adquiere otra dimensión y el producto deja de ser solo un icono gastronómico para convertirse en parte de un paisaje y de una cultura.