La filósofa es catedrática emérita de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia.

La filósofa es catedrática emérita de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia.

Estilo de vida

Adela Cortina (79 años), filósofa, sobre la felicidad: "Más vale dar un buen sentido a tu vida que vivir eternamente"

Experta en ética, Cortina tiene claro que es mucho más importante vivir una vida plena y con sentido que alargarla.

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Adela Cortina no cree en la inmortalidad. Tampoco en las soluciones mágicas ni en los atajos tecnológicos para esquivar lo inevitable.

A sus 78 años, la filósofa valenciana sigue defendiendo una idea tan sencilla como incómoda: más importante que alargar la vida es llenarla de sentido.

Lo dice sin solemnidad, con una mezcla de ironía y serenidad que desarma cualquier tentación de épica futurista en una entrevista para la Fundación Étnor, de la que es presidenta.

Cortina es Catedrática Emérita de Ética y Filosofía Política y, sin duda, una de las figuras más reputadas de nuestra época, capaz de crear conciencia en temas tan incómodos como necesarios. 

Hace más de treinta años puso en circulación una palabra que terminó entrando en el diccionario: aporofobia, el rechazo al pobre. Durante la pandemia acuñó otro término igual de incómodo: gerontofobia, la discriminación por edad. No lo hizo por gusto académico, sino porque vio cómo los mayores pasaban a ser, de repente, ciudadanos de segunda.

La edad para Adela Cortina

Durante décadas, la vejez fue una palabra casi definitiva. Luego llegó la "tercera edad", que sonó a prórroga vital, a oportunidad inesperada. Para Cortina, ese cambio fue una buena noticia. Significaba reconocer que una persona podía estar jubilada y, al mismo tiempo, plenamente activa.

La filósofa prefiere hablar de "edad personal". Una mezcla de edad cronológica, biológica y social que no siempre coincide. Hay personas de 40 agotadas y personas de 80 que empiezan proyectos nuevos. Hay quien se rinde pronto y quien estira la curiosidad hasta el final. Por eso, dice, es imposible fijar un momento exacto en el que empieza la vejez.

Tampoco le gusta la idea de que "las sociedades envejecen". Lo que ocurre, matiza, es que vivimos más. Y no es lo mismo envejecer que ser longevo. Basta mirar fotos antiguas para comprobarlo: a la misma edad, hoy tenemos más salud, más recursos y más margen de maniobra que hace medio siglo.

Ese cambio también tiene un impacto económico. Durante mucho tiempo, cumplir 65 años era casi una despedida anticipada. Ahora es, para muchos, el inicio de otra etapa.

El turismo, la industria sanitaria, la tecnología asistencial o la odontología viven en gran parte de una generación que tiene tiempo, ganas y cierta capacidad de gasto. La llamada tercera edad, dice Cortina, es una mina de oro en muchos sentidos.

El espejismo de la inmortalidad

Esa nueva longevidad convive con una promesa más ambiciosa: la del transhumanismo, que presenta la vejez como una enfermedad y sueña con vencer a la muerte. A Cortina la idea le parece doblemente peligrosa.

Primero, porque confunde el deterioro natural con la patología. Y segundo, porque vende un mito antiguo envuelto en lenguaje tecnológico. Envejecer, recuerda, no es una anomalía: es un proceso biológico.

Las enfermedades son otra cosa. Prometer juventud eterna sirve, sobre todo, para atraer inversiones millonarias. El deseo de no morir acompaña a la humanidad desde siempre, pero eso no lo convierte en un objetivo realista.

Ella no tiene ninguna ilusión en vivir doscientos años. Cita a Unamuno: lo más doloroso es ver cómo se mueren las personas con las que has hecho tu vida. Si eso ocurre una y otra vez, ¿para qué alargar indefinidamente la existencia? Mejor, dice, una vida razonable y bien llena.

"Más vale tener una vida razonable y tenerla muy llena. Vamos a ver si nos organizamos bien nuestra vida de tal manera que le encontremos un sentido y que le saquemos todo el fruto que podamos. Más vale pensar en eso que en prolongar la vida eternamente."

¿Y cómo se llena? Con lo que Aristóteles llamaba actividades felicitantes: las que valen por sí mismas. La belleza, el conocimiento, la educación, la amistad, la solidaridad, la vida compartida. No se trata de durar, sino de vivir con sentido.

La dignidad no caduca

La pandemia hizo visibles muchas grietas. Una de ellas fue el trato a los mayores. Cortina recuerda cómo en los informativos se decía que habían muerto miles de personas, "pero tenían más de 80 años", y el oyente respiraba aliviado. Como si esas vidas contaran menos.

Ese es, para ella, el núcleo de la gerontofobia: la idea de que la edad resta dignidad. Durante lo peor de la crisis, se defendió que ciertos pacientes no fueran trasladados a hospitales solo por ser mayores.

Desde el punto de vista ético de Cortina, aquello fue inaceptable. La edad, sostiene, nunca puede ser un criterio en sí mismo. Cada caso debe evaluarse de manera individual.

Del mismo modo que habla de las carencias del sistema de cuidados. La mayoría de la gente quiere envejecer en su casa, así que es imprescindible reforzar la atención domiciliaria. Pero también hacen falta residencias públicas y de proximidad, más pequeñas y más humanas, que faciliten el vínculo con las familias.