Una imagen de Reina en el canal de YouTube de Diego Revuelta.
Reina vive desde hace 3 años en un trastero en España, por el que paga 350 euros: "Vivía mejor en Cuba que aquí"
La cubana vive hacinada en un trastero de 5 metros cuadrados, sin agua corriente y obligada a cocinar encima de su cama.
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La crisis de la vivienda en España se ha convertido en uno de los problemas sociales y económicos más graves de la actualidad. Según los datos oficiales, en 2024 los españoles dedicaron un promedio del 47% de su sueldo al pago del alquiler, una cifra que ha ido en aumento y que supera con creces el 30% recomendado.
En las grandes ciudades, como Madrid, Barcelona o Palma, el alquiler puede suponer hasta el 70% del salario bruto, y el problema se agrava entre los jóvenes, dificultando la emancipación. Como consecuencia, una proporción significativa de la población no puede permitirse comprar una vivienda ni, en muchos casos (más del 58%), acceder a un alquiler digno.
Cada vez más personas recurren a alternativas desesperadas ante la imposibilidad de acceder a una vivienda convencional, como el alquiler de trasteros. Un fenómeno que ya afecta a personas como Reina, una mujer que desde hace más de tres años sobrevive en condiciones de extrema precariedad y cuya situación ha visibilizado Diego Revuelta, en su canal de YouTube.
Un espacio de 5 m² sin agua potable
Reina llegó a España hace ocho años con la esperanza de encontrar una vida mejor que en su país de origen, Cuba. Reside en Mallorca, una de las zonas donde los precios de la vivienda se han disparado en los últimos años impulsados por la masificación turística y el auge del alquiler vacacional.
Debido a un problema familiar, Reina se vio obligada a buscar un alquiler para ella sola; sin embargo, las habitaciones rondaban los 700 euros al mes, una cifra inalcanzable con sus ingresos. La falta de alternativas la llevó a aceptar una propuesta desesperada: vivir, sin contrato, en un trastero por 350 euros mensuales.
El espacio que ocupa Reina tiene apenas 5 metros cuadrados. No cuenta con agua potable ni servicios básicos: debe tomar agua de un aljibe exterior, transportándola en garrafas para poder cocinar y ducharse.
La "cocina" la ha improvisado encima de la propia cama, ya que no hay espacio ni instalaciones adecuadas. El suministro eléctrico es inestable y con frecuencia sufre cortes de luz que deterioran los alimentos que intenta conservar.
Además, Reina ha tenido que pagar de su propio bolsillo reparaciones básicas como bombillas y grifos, puesto que el dueño del trastero se ha negado a asumir cualquier responsabilidad de mantenimiento.
El alquiler es completamente ilegal: no existe contrato formal ni facturas, y todas las transacciones se realizan "en negro". El arrendador, según explica Reina, es un policía local y se aprovecha de la vulnerabilidad de sus inquilinos para fijar precios injustos y abusivos.
Reina, en el vídeo de YouTube de Diego Revuelta.
Cobra más dinero si en el mismo trastero entran parejas o hijos, explotando directamente la necesidad de quienes no encuentran alternativas habitacionales más dignas. Para dar una apariencia de legitimidad a estos espacios, las puertas incluso tienen números, como si se tratara de apartamentos normales.
Reina no es la única persona que vive en un trastero. Y es que, entre esos mismos pasillos se ha formado una comunidad compuesta por trabajadores, inmigrantes e incluso familias, que no pueden pagar los alquileres convencionales.
La precariedad de estas condiciones ha tenido consecuencias extremas: varias personas han fallecido dentro de los propios trasteros y han sido encontradas días después, un reflejo del aislamiento y las condiciones de abandono que sufren.
Los expertos señalan que fenómenos como este no ocurren de manera aislada, sino que son síntoma de una crisis habitacional cada vez más amplia.
Imagen del trastero de Reina, en una captura del vídeo de Diego Revuelta.
La caída de la oferta de alquileres tradicionales, unida a la subida continuada de precios y la falta de vivienda social disponible —estimada en porcentajes muy por debajo de la media europea— empujan a muchas personas a buscar soluciones alternativas, aunque estas no cumplan con las condiciones mínimas de habitabilidad.
Reina expresa una profunda decepción con su vida en España. Asegura que en cierto modo vivía mejor en su casa de mampostería en Cuba que en este trastero, donde siente que le han quitado "el agua, la luz y el poco derecho a vivir como sociedad digna".
Su misma percepción comparte Carlos, un vecino italiano que se ha criado en Uruguay y que, a pesar de contar con un trabajo en enfermería, no puede pagar un alquiler convencional.
Tal y como cuenta, en un primer momento contaba con un trastero presuntamente "más grande", por el que el arrendador quería cobrarle 700 euros; al negarse, Carlos pasó a un espacio más pequeño, por el que actualmente paga 500.
A pesar de ser un "veterano" en el lugar y reconocer que el alquiler es ilegal y que el dueño no debería haberlo alquilado, Carlos se encuentra atrapado.
Ha intentado buscar pisos a través de inmobiliarias, pero le piden alquileres de mínimo 1.000 euros y depósitos abusivos de hasta tres o cuatro meses por adelantado (más de 3.000 euros de golpe), requisitos que no puede cumplir.
Como Reina y Carlos, miles de familias en España sobreviven hoy en condiciones de extrema precariedad, atrapadas entre salarios insuficientes y un mercado de la vivienda inaccesible que las expulsa de cualquier alternativa digna.