Unos cerditos en una granja de animales.

Unos cerditos en una granja de animales. istock

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El sufrimiento invisible de los cerdos en las pruebas de toxicidad: encerrados entre jaulas de acero y tubos

Sometidos a procedimientos invasivos, miles de cerdos sufren una vida de dolor, mientras las alternativas tecnológicas siguen estancadas.

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En los últimos años, campañas de concienciación impulsadas por organizaciones de protección animal como Cruelty Free International, Humane Society International (HSI) y PETA han puesto la lupa sobre una realidad poco visible: la utilización de cerdos en ensayos de toxicidad industrial, farmacéutica y agroquímica.

Aunque el público asocia la experimentación animal a ratones o monos, las cepas de cerdos enanos (como los Göttingen, Yucatan o Hanford minipigs) se han consolidado como un modelo primario no roedor.

La industria justifica su uso por la enorme similitud anatómica y fisiológica entre los suidos y los seres humanos.

Sin embargo, la naturaleza invasiva de estos procedimientos ha encendido un intenso debate ético y científico sobre la urgencia de adoptar métodos sustitutivos.

Equivalencias fisiológicas

A diferencia de los roedores, cuya piel y metabolismo difieren notablemente del organismo humano, los cerdos ofrecen equivalencias fisiológicas muy marcadas.

El grosor de la epidermis, la permeabilidad y el patrón de vascularización cutánea de los cerdos son casi idénticos a los de la piel humana. Además, su estómago monocavitario y los tiempos de tránsito intestinal simulan con alta precisión la respuesta humana a la ingesta de químicos.

También el sistema cardiovascular e inmunitario es parecido. Presentan respuestas hemodinámicas y de hipersensibilidad comparables.

Debido a esto, las agencias reguladoras —como la FDA en Estados Unidos o la EMA en Europa— suelen requerir pruebas de seguridad en al menos una especie no roedora antes de autorizar ensayos en fase clínica humana con nuevos fármacos, plaguicidas o aditivos.

Sin embargo, lo que ocurre dentro de estos laboratorios oculta una realidad desgarradora.

Intervenciones invasivas rutinarias

Las investigaciones encubiertas y los propios manuales de la Sociedad de Patología Toxicológica (STP) detallan intervenciones invasivas rutinarias en las instalaciones de ensayo.

Para probar la toxicidad sistémica aguda o crónica de un compuesto, se inmoviliza al animal —a menudo mediante arneses o lazos maxilares que generan altos niveles de estrés vocal y fisiológico— para introducir una sonda de plástico o hule desde la cavidad bucal/nasal hasta el estómago.

Este proceso se repite diariamente durante semanas o meses. Perforaciones esofágicas, lesiones por abrasión interna y neumonía por aspiración accidental del compuesto tóxico, son solo algunos de los riesgos que comporta.

Para la evaluación de sustancias tópicas, fotosensibilidad, cosmética industrial o apósitos curativos, los animales son rasurados en el área dorsal.

En ensayos específicos de cicatrización o irritación profunda, se provocan incisiones quirúrgicas, quemaduras o abrasiones en la piel expuesta para luego aplicar concentraciones variables del producto de prueba bajo vendajes oclusivos durante largos períodos.

Para analizar la farmacocinética (absorción, distribución y eliminación de la sustancia), se requieren muestras sanguíneas constantes. Se suelen implantar catéteres venosos permanentes mediante intervención quirúrgica previas, o se realizan punciones repetidas en grandes vasos (como la vena yugular o la vena de la oreja), requiriendo contención física constante que deteriora el bienestar del animal.

Frente a este escenario, las organizaciones de protección animal y diversos sectores de la comunidad científica señalan que existen tecnologías modernas capaces de sustituir progresivamente estas prácticas sin comprometer la seguridad sanitaria.

Los cultivos tridimensionales de piel humana reconstruida permiten evaluar la irritación y la absorción cutánea de manera precisa utilizando células humanas, superando en fidelidad biológica a los modelos animales.

Por su parte, la tecnología de órganos en chips simula mediante microfluídica el comportamiento y la interacción de tejidos vivos como el hígado o el intestino, ofreciendo respuestas sobre cómo se distribuyen y descomponen los tóxicos a nivel celular.

Y, además, existen los modelos computacionales avanzados. La inteligencia artificial permite predecir la peligrosidad de un compuesto analizando únicamente su estructura molecular, mientras que las técnicas de microdosificación facilitan el estudio de respuestas biológicas en voluntarios humanos mediante dosis microscópicas inofensivas.

Una profunda contradicción ética

Aunque las justificaciones científicas y los vacíos regulatorios pretendan amortiguar el debate, la persistencia de estas prácticas expone una profunda contradicción ética en la investigación moderna.

Someter a seres sintientes como los cerdos a procedimientos invasivos, angustiosos y dolorosos ya no puede defenderse bajo el pretexto de un mal inevitable, especialmente cuando la tecnología actual ofrece alternativas in vitro, computacionales y microfluídicas con una precisión científica superior y verdaderamente orientada a la biología humana.

Mantener a miles de animales atrapados en ensayos de toxicidad no es una necesidad insalvable, sino el síntoma de un sistema aferrado a la inercia institucional y a la comodidad metodológica.

La verdadera vanguardia científica no reside en perfeccionar el sometimiento animal, sino en tener la voluntad política, ética y económica de erradicarlo definitivamente.