Javier Martínez, nutricionista, y su perra Sansa.

Javier Martínez, nutricionista, y su perra Sansa.

Mascotario

Javier Martínez, nutricionista: "Mi perra es la única que consigue bajarme al presente y romper el ruido en mi cabeza"

Sansa llegó en su momento más oscuro para enseñarle que la felicidad no es una meta, sino el arte de saber parar.

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Hay miradas que juzgan, miradas que consuelan y miradas que, sencillamente, te salvan. Javier Martínez, nutricionista de profesión y pensador incansable por naturaleza, conoce bien la diferencia.

En su vida cotidiana la mente no para: analiza, anticipa y carga con más peso del debido. Sin embargo, desde hace ocho años, el antídoto contra todo ese ruido mental tiene cuatro patas, pesa cuarenta kilos, adora el olor al brócoli y responde al nombre de un personaje de ficción.

Sansa es una Alaskan Malamute que hace honor a la soberana del Norte en Game of Thrones. Es una fuerza de la naturaleza compactada en un pelaje denso y una sensibilidad digna de un premio Óscar.

No sabe ladrar, pero ha desarrollado un despliegue de aullidos perfectamente modulados con los que consigue todo lo que se propone. "Llegó en un momento de oscuridad, justo después de perder a mi perra loba Jara con solo cinco años", cuenta Javier en una entrevista con Mascotario.

"Una paciente me vio destrozado en la consulta y trajo a mi vida este rayo de luz de apenas dos meses". Desde entonces, su vida cambió y formó parte de su familia, de su grupo de amigos y de su pandilla. "Desde el primer momento en que la vi jugando y se acercó supe que era ella. Fue —y es— familia, refugio y hogar".

Si Sansa pudiera hablar la lengua de los humanos, Javier tiene claro qué diría de él con ironía: "Mi padre ha dejado de pasar consulta un día a la semana para disfrutar conmigo en la naturaleza; él se piensa que lo hace por mí, pero lo hago yo por él". Y probablemente tendría toda la razón.

La montaña como refugio y el norte como destino

Para esta Malamute, la felicidad no es una idea abstracta; es algo físico que se mide en grados bajo cero. Le gusta el frío más que a la mayoría de los humanos el verano.

La montaña es su sitio, el bosque su refugio, y su forma de sentirse viva consiste en correr libre para luego revolcarse en la nieve o en la arena de la playa. Por ella, Javier ha roto cualquier molde de lo que se considera "racional".

Javier Martínez, nutricionista, y su perra Sansa.

Javier Martínez, nutricionista, y su perra Sansa.

Ha pasado horas poniéndole vídeos de lobos aullando en YouTube para que no se sienta sola, ha modificado rutas de viaje completas y ha buscado hoteles pet-friendly donde otros solo buscaban estrellas de puntuación.

"He salido corriendo a la sierra después de diez horas de consulta solo para que pudiera pisar nieve, meterse en un río o simplemente ser ella al cien por cien", confiesa Javier.

Y cuando la salud de Sansa flaqueó debido a un parvovirus o a un tumor de mama, el mundo se detuvo. "El trabajo y los compromisos pasaron a segundo plano. Cuando quieres de verdad, deja de parecer un sacrificio. Con ella nunca siento que haga demasiado; siempre siento que ella me da mucho más".

Existe un territorio soñado que se les resiste: la Laponia noruega o finlandesa. Javier, amante del norte de Europa, se imagina a Sansa corriendo por la nieve y sumergiéndose en ríos congelados bajo una aurora boreal.

Solo hay un obstáculo insalvable: el miedo a meterla en la bodega de un avión. Aun así, ambos comparten la certeza de que, de algún modo, una parte de su código genético pertenece a esos paisajes helados.

"Lo que Sansa hace por mí y que nadie más ha sabido hacer igual es bajarme al presente". Javier cuenta que tiene una capacidad mágica para sacarle de su cabeza y romper ese ruido. Le es suficiente verla correr para recordar lo que de verdad importa.

Un lenguaje propio a base de brócoli

En el día a día, la convivencia con una Malamute de cuarenta kilos deja estampas tan divertidas como cotidianas. Sansa es una glotona incorregible a la que es imposible excluir de las comidas familiares y que, gracias a tener un padre nutricionista, recibe su dosis habitual de brócoli, un olor que la vuelve loca.

Tienen un lenguaje propio. Javier le pide que hable alto, bajo o en "ultrasonido de murciélago", su propio lenguaje, y ella modula su voz en consecuencia.

Comparten largas conversaciones donde Javier le detalla los planes del día y ella escucha con una dignidad de lobo ártico que se desmorona en cuanto decide invadir el sofá, obligando a su humano a contorsionarse en posturas imposibles para no molestarla.

Su fiel retrato cotidiano se refleja en la canción Babas y arañazos de Morochos. Y sin duda recorren el mundo juntos con How Far I’ll Go de la banda sonora de Vaiana.

El árbol especial en Guadarrama

Mientras Javier escribía su libro El poder de comer bien durante dos años, Sansa permaneció a sus pies, dándole la réplica silenciosa que necesitaba. Por eso, si su historia compartida fuera un libro, el título está claro: El poder de aullar bien: cómo conseguir todo aquello que te propones en la vida.

Al final del día, cuando el sol cae, ambos se sientan a observar el atardecer. Es un ritual mágico en el que Sansa vigila que toda su "manada" permanezca unida, jugando al escondite en el bosque y girándose a cada minuto para comprobar que Javier sigue allí.

Javier Martínez, nutricionista, y su perra Sansa.

Javier Martínez, nutricionista, y su perra Sansa.

"¿Cómo la recordaré? Corriendo loca de alegría en un lugar mágico en lo más alto del Parque Nacional de la Sierra del Guadarrama, donde tenemos un árbol muy especial. Allí disfrutamos de la nieve en invierno y de las Perseidas en verano".

Si los papeles se invirtieran y fuera Sansa quien tuviera que redactar la memoria de su humano, Javier solo pide que lo recuerde como "ese humano que no paraba pero me llevaba a todos lados, que compartía brócoli y salmón conmigo, y que me quiso con todo su corazón".

Porque desde que Sansa llegó a su vida, Javier entendió la lección más valiosa y más difícil de aplicar en los tiempos modernos: que tener una vida plena consiste, simplemente, en aprender a parar.

En recordar a fuego que las cosas más importantes de la vida no son cosas; son momentos en medio de la naturaleza que te recuerdan lo que significa estar vivo.