El local.

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Gastronomía

Santa Cristina se despide de los camperos XXL de Ñam Ñam Poti Poti: "Tenemos que cerrar en mayo; han vendido el local"

José Cruces, el responsable del negocio, reconoce que le duele tener que irse de una zona donde su clientela no le ha abandonado ni en los peores momentos, como tras la Covid.

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Las claves

La bocatería Ñam Ñam Poti Poti de Santa Cristina, Málaga, cerrará en mayo tras la venta del local, que será convertido en viviendas.

El cierre no se debe a problemas económicos, sino a una decisión del propietario; el negocio es muy querido y ha recibido un gran apoyo vecinal.

El local es famoso por sus camperos XXL de más de un kilo y por su ambiente malaguista, siendo punto de encuentro para vecinos, peñas y aficionados al Málaga C.F.

La familia propietaria busca reubicarse cerca del barrio para mantener el vínculo con la comunidad, tras casi diez años de historia y solidaridad.

Otro cierre de un bar cien por cien malagueño está a la vuelta de la esquina. En mayo bajará la persiana Ñam Ñam Poti Poti, la bocatería tapería que desde 2016 se ha convertido en punto de encuentro del barrio de Santa Cristina, en Málaga capital.

No cierra por falta de clientela ni por estar en números rojos. Cierra porque el local ha sido vendido y, según les han comunicado, el nuevo propietario prevé convertirlo en dos viviendas.

José Cruces, su responsable, lo cuenta sin rencor pero con un nudo evidente. “No podemos entrar en la decisión del propietario. Cada uno con lo suyo puede hacer lo que quiera”, repite. La noticia les llegó hace un par de semanas, aunque se confirmó hace una y decidieron hacerlo público en redes sociales el pasado fin de semana.

Lo que vino después fue una avalancha inesperada: más de 100.000 visualizaciones en Twitter, llamadas de varios medios y mensajes de apoyo y cariño de clientes que aún hoy no ha terminado de responder. "Hay quien me está buscando locales nuevos para abrir cuanto antes", dice con una sonrisa.

Cruces insiste en que la pena por este cierre tiene detrás una cuestión sobre todo sentimental. Hay quien le ha recriminado que si van a reubicarse en los próximos meses no debe haber "tanto drama".

"El drama no es cambiar de ubicación. El drama es la gente y el barrio que dejas atrás, no quiero irme lejos, porque ellos nos han apoyado siempre". En diez años han visto crecer a niños que hoy ya son universitarios, han celebrado cumpleaños, han compartido decenas de partidos del Málaga y han creado vínculos que, en una barriada como Santa Cristina, van más allá de la relación cliente-hostelero.

José no vive en el barrio de Santa Cristina, pero él y su familia, con la que lleva el negocio, se sienten adoptados por esta zona obrera de la capital. “Santa Cristina parece un pueblecito. Todo el mundo se conoce. A nosotros nos han acogido desde el primer día”, dice.

Por eso el cierre ha generado una especie de duelo colectivo. "Se me rompe el alma viendo cómo me cuentan que niños de 10 o 12 años le preguntan a sus padres si es una broma o si nos hemos arrepentido", relata.

En Ñam-Ñam Poti Poti José y su familia han vivido días históricos. La mayoría de ellos, vistiendo la camiseta blanquiazul de su Málaga C.F. Porque el local es también territorio malaguista por encima de todo. En una de sus paredes luce el himno del Málaga pintado a mano, bufandas y banderas regaladas por peñas. Además, cada partido se pone en la tele y aquello se convierte en una especie de mini Rosaleda.

Pero es que son, como diría el comunicador Coco Jurado, 'malagueñeros', ya que apoyan todo lo que tiene que ver con la ciudad, como el Carnaval de Málaga. Están hermanados con la comparsa de la peña Er Dito, con la que comparten barriada.

La cercanía con esta comparsa es diaria desde septiembre hasta febrero. “Nos enteramos antes que nadie de qué van disfrazados”, bromea. También van siempre de la mano con los muariscos y cada uno de sus proyectos. "No nos han soltado nunca, eso es así", dice José.

El campero de más de un kilo que los puso en el mapa

Pero si algo ha dado fama a Ñam Ñam Poti Poti es su modelo de campero XXL. “Siempre pesa más del kilo”, precisa José. Entre un kilo cien y un kilo doscientos. Una idea que nació casi como una broma y que lleva cuatro años atrayendo a clientes de toda España.

“Ha venido gente de Extremadura, de Galicia, de Canarias, de Madrid. Lo único que espero es que les guste, porque si se pegan el viaje y no les gusta, me echan la maldición”, confiesa entre risas.

Las reseñas, dice, son su mejor carta de presentación. Tienen 4,5 estrellas en Google. Más de 300 personas pueden pasar en una noche de fin de semana por el local, con una cocina pequeñita donde tres personas apenas tienen espacio para moverse.

No hay elaboraciones adelantadas, salvo la verdura cortada. El resto se hace al momento, aunque eso implique algo de más espera. “Lo que te estás comiendo, te lo estás comiendo recién hecho”, indica.

Así era antes el Poti.

Así era antes el Poti.

El personaje que da nombre al negocio también tiene historia. El “Poti”, así llama a su local José, surge en 2016, tras una etapa complicada para la familia. José llevaba tiempo en paro y el local apareció casi por casualidad.

Sin nombre a pocas semanas de abrir, en una caravana de tráfico se le cruzó el recuerdo de unos muñecos de los noventa, los Aurones, donde Poti era uno de los personajes, al que tunearon un poco para ser el icono del local. Incluso contactaron con uno de sus creadores, que les escribió al ver la fachada y les envió algunos recuerdos. El muñeco, “feo de cojones”, como lo define entre risas, en su caso, viste la elástica del Málaga y sostiene un bocadillo.

Resistir en una Málaga que cambia

El cierre se produce en un contexto que en Málaga se repite con frecuencia: locales históricos o consolidados que desaparecen para convertirse en viviendas o sucumbir ante alquileres y traspasos inasumibles. Cruces no quiere entrar con este cierre en debates políticos.

Para él, el problema ahora no es solo encontrar un nuevo local a alquilar, sino asumir traspasos que pueden alcanzar, en algunos casos, los 150.000 euros. “Si yo tuviera 150.000 euros me compraba una vivienda”, resume con una risa de cansancio. Los alquileres, entre 1.000 y 1.500 euros, piensa que son asumibles si el negocio funciona, pero el desembolso inicial se convierte en una barrera.

Un partido del Málaga en el Poti.

Un partido del Málaga en el Poti.

Pero sabe que encontrará la fórmula de no fallar a ese público que espera ya su próxima ubicación. Recuerda que tras el levantamiento de las restricciones vivieron el mejor verano desde la apertura. Durante los meses más duros, muchos vecinos dejaron de cocinar para comprarles a mediodía y sostener el negocio.

También, desde el Poti han impulsado iniciativas solidarias que han contado con el apoyo de su clientela: recogida de alimentos con los Ángeles de la Noche, apoyo a afectados por la DANA de Valencia, y una gala benéfica para Adam, un niño con una enfermedad rara, al que incluso lograron que el Málaga dedicara un gol. "Hicimos una jornada benéfica con carnavaleros que estuvo genial", recuerda.

Carnavaleros en el Poti.

Carnavaleros en el Poti.

Volver a empezar

José tiene 48 años. Su hijo, 30. Detrás del mostrador hay cinco familias que comían gracias al Poti y rendirse no es una opción. “No podemos perder mucho más tiempo en lamentaciones. Queremos seguir y mirar a lo que viene”. El objetivo, insiste, es encontrar algo cerca, no alejarse demasiado de esa red vecinal que les ha dado identidad.

Aunque han pasado días llorando, dice que ahora "la pena debe quedarse en casa". En público toca sonreír y seguir sirviendo camperos gigantes hasta mayo. “Es tela de bonito, porque la gente tiene más esperanza que nosotros en que encontremos algo mejor”, admite.

Ñam Ñam Poti Poti nació de casualidad, en un momento difícil, y se convirtió en un pequeño fenómeno local. Ahora encara un nuevo comienzo con el mismo espíritu familiar que lo puso en marcha. El nombre es largo, pero en Santa Cristina nadie duda de qué significa: un lugar donde comer mucho y bien, compartir la pasión blanquiazul y sentirse, durante un rato, como en casa.