Los empleados de uno de los puestos del mercado de Atarazanas.

Los empleados de uno de los puestos del mercado de Atarazanas. Andrés Saborido

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"Este sitio tiene más visitas que la Catedral": así es la vida en el Mercado de Atarazanas de Málaga

Los puestos del mercado se debaten entre continuar con el mismo modelo o abandonarlo tras el cambio de personal, el turismo y la subida de precios.

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Andrés Saborido
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Las claves

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El Mercado de Atarazanas de Málaga es uno de los lugares más visitados, superando incluso a la Catedral, y está marcado por el relevo generacional de sus comerciantes.

Muchos puestos del mercado han pasado de padres a hijos durante generaciones, aunque varios propietarios actuales lamentan que sus descendientes no quieran continuar el negocio.

El mercado ha cambiado con la llegada masiva de turistas, quienes suelen comprar poca cantidad y buscan experiencias más que productos tradicionales.

Algunos puestos han sabido adaptarse a los nuevos tiempos, diversificando su oferta y apostando por productos como zumos de frutas y degustaciones para atraer tanto a clientes locales como a turistas.

“Este sitio tiene más visitas que la Catedral”. Es lo que relata Francisco Mota, de 65 años. Es frutero en el Mercado de Atarazanas desde el año 1982.

Lleva un jersey gris, un pantalón vaquero y unas deportivas negras un poco desgastadas. Manzanas, peras, tomates, tiene un huerto bien armado, todo está perfectamente equilibrado.

El frutero Francisco Mota ha trabajado 44 años de su vida de cara al público. “Este es mi último año, ¡Jajajaja!”, ríe eufórico como si uno de sus plátanos hubiera soltado el chiste. No todo son risas, Francisco lamenta que sus hijos no quieran continuar con el negocio.

Por otro lado remarca una sonrisa de oreja a oreja y declara: “Esto es muy esclavo, me levanto a las dos y media de la madrugada y mis hijos… no quieren esto”. Además, la entrada de turistas es cada vez mayor, pues remarca que “compran una manzana o una mandarina y ya”. La fruta ya no es lo que era, los turistas inundan el mercado.

— ¡Juan… Juan, ¿Dónde estás, Juan?!— se escucha una voz gritando desde la entrada del mercado.

— ¡Aquí hablando con Pili que me trata mejor que tú!, ¿eh o no, niña? ¡Jajaja!— responde Juan desde el puesto que pone Café Bar Mercado Atarazanas.

— ¡Si te molesta me lo dices que lo llevo a coger aceitunas!— responde de nuevo la voz atronadora.

Son las seis y veintiséis de la mañana, la entrada al Mercado de Atarazanas está ocupada por cuatro furgonetas blancas, dos de la marca Citroën y otras dos Peugeot. Son 127 puestos, y solo 46 han levantado la persiana, aunque están preparando la mercancía, lista para ofrecer por un precio justo.

Dentro del mercado se hallan cuatro pasillos a elegir, como un laberinto esperando a engullir al que entre. Quién podría decir que esto es un mercado o una Iglesia con tal majestuosa vidriera, enmarcando la ciudad de Málaga.

Un puesto de jamones en el mercado de Atarazanas.

Un puesto de jamones en el mercado de Atarazanas. Andrés Saborido

Concepción, una mujer de 82 años, con el pelo corto y gris, lleva puesto un delantal blanco con lamparones cada cual más grande que el anterior. Ayuda en el puesto de congelados de pescado a su hijo. El negocio es herencia de su padre, que hace ya 54 años que pasó el relevo tras su partida a la tierra de donde nunca más se regresa. Es ya la tercera generación quien maneja el cotarro.

El mercado ha dado un giro mortal en comparación a otras épocas, describe Concepción: “el mercado no está nada más que para los bares, los frutos secos, los turistas y las fotos con unas pedazo de mochilas que no dejan pasar a la gente y esta no quiere venir. Vienen a dar morcilla”. Palabras de indignación y con un tono de humor son las que destacan de esta mujer que sigue ayudando a la familia a salir adelante.

Los pasillos están llenos de cajas, pero no son paquetes de Amazon ni de Shein, son cajas con algo más importante, frutas, verduras y ¿zumos de frutas? Algunos puestos del mercado han recibido una actualización para hacer frente al nuevo modelo de consumo que ha traído consigo los turistas. Son como los iPhones, cada año sacan uno nuevo. Es el caso de Juan Francisco Márquez, de 53 años, pero todos le llaman Kiko.

El puesto ha dado tres saltos generacionales. Es herencia de su abuela, después pasó a su padre y ahora lo lleva él junto a su mujer e hija. Es la cuarta generación quien maneja el timón. Han pasado por tres puestos diferentes “Antes teníamos frutas, hubo un tiempo que nos especializamos en setas y ahora nos hemos adaptado a los tiempos y vendemos zumos de fruta”. Un arcoíris frutal verde, rojo, amarillo, no falta color en el escaparate.

— ¡Ponme un pollo troceado, jefe, y que no se te olvide despellejarlo!— vocifera un hombre a voz alzada en la “Carnicería Asensio”.

— Marchando caballero, dígale a su señora que hoy los pollos vienen más grandes de lo normal— remarca uno de los carniceros, mientras agarra una macheta y comienza a afilarla.

— No, si es para los niños, que les ha dado por comer hoy pollo al ajillo — responde el hombre que sujeta una bolsa de plástico con tomates, puerros, cebolla y ajos.

José Antonio Asensio, un hombre marcado por la juventud, 36 años y dirige un imperio, tres puestos de carnicería. Tiene el pelo negro y engominado hacia atrás, una camisa roja y un delantal negro. “Nuestra carnicería se abrió en 1925, yo soy la tercera generación”.

¡Pun, pun, pun! Se escucha a uno de los carniceros cortando unos filetes de lomo: “Dale más fuerte, que no se oye”, grita uno de los compañeros de la carnicería que se encuentra lavando tres cuchillos. “De vez en cuando vienen mis padres a ayudar, dar una vueltecita y eso, pero estos tiempos no son igual que los de antes. La gente compra menos, la cosa está cada vez más difícil”, argumenta José Antonio.

Un puesto de encurtidos.

Un puesto de encurtidos. Andrés Saborido

El bar de Paco Murillo lleva 13 años en activo, pero fue de los primeros que se montaron en el mercado, en 1922. Una tripulación de cinco personas a su cargo, están fregando platos, vasos y utensilios de cocina. ¡Pum! Un vaso ha decidido partir de este mundo, se ha lanzado desde la barra y ahora el suelo es un mar de cristales. “¡Coge el escobón y el recogedor antes de que se corte alguien!”, vocifera uno de los empleados.

“Nosotros estamos aquí desde las siete de la mañana y como mucho hasta las cuatro de la tarde no nos vamos de aquí”, relata Paco Murillo de una manera calmada mientras mira como trabajan sus camaradas. Paco tiene en sus manos una palangana negra, llena de trapos blancos, rojos y amarillos, además de tener un delantal negro que le cuelga desde la cintura, está impecable. “Es verdad que la entrada al público ha cambiado, ahora tenemos gente muy variada, pero lo que más vienen son turistas”.

“Llevo trabajando más años que la Alcazaba”, es lo que explica Francisco Sánchez, 64 años, quien es el dueño de una frutería. Lleva una chaqueta azul, un gorro negro y un delantal verde. Se encuentra posicionando las frutas y verduras como soldaditos en sus respectivos puestos. Hasta ocho cajas en el suelo, esperan a terminar su labor. Tiene imágenes de setas, champiñones y carteles de venta de trufas, pero no hay rastro de tales hongos.

Como muchos otros negocios, el de Francisco Sánchez, es ya la tercera generación quien está a su cargo. Sus hijos no van a continuar, pero no por ellos, sino por la propia intención de Francisco. “Mis hijos, me encargaré yo de que no trabajen aquí, esto no es lo mejor, yo me levanto a las tres de la mañana todos los días para sacarlo adelante”.

El esfuerzo sobrepasa límites, pero la valentía por querer sacar a su familia adelante lo es más. “Yo quiero lo mejor para ellos y esto no lo es”, detalla Francisco, un poco melancólico y preocupado, mientras posiciona una hilera de patatas en su sitio, aún teñidas en tierra.

Un puesto de encurtidos, 19 cajas llenas de aceitunas, pepinos y banderillas, listas para el combate, pero es levantar cabeza y encontrar otras 16 bolsas de encurtidos vigilando desde las alturas.

Patricia Roa y su marido José Antonio Delgado, de edades compartidas, 43 años. Ambos tienen dos puestos, uno de encurtidos con un año y medio de antigüedad que lleva su mujer, es la novata del mercado y una charcutería que dirige José Antonio, con más experiencia, seis años lleva cortando jamón, chorizo y mortadela.

“Me encanta trabajar de cara al público. No es por la ilusión de que ellos compren, yo les doy a probar mis productos para que sepan la buena calidad y se van contentos”, describe Patricia mientras se encarga de limpiar el escaparate de la tienda. Su marido mientras tanto coloca los encurtidos en su sitio al mismo tiempo que toma unas muestras gratuitas.

Uno de los bares en el mercado de Atarazanas.

Uno de los bares en el mercado de Atarazanas. Andrés Saborido

Aunque tengan poco tiempo trabajando en los encurtidos, su idea no los lleva a que sus hijos tomen las riendas, les preocupa su propia felicidad. “Yo quiero que mis hijos hagan lo que ellos vean conveniente, Lo primero es lo primero, su felicidad ante todo”, relata Patricia, pues pueden ser la primera y última generación que llevan esos puestos.

El Mercado de Atarazanas, una construcción del siglo XIX. Un lugar con historia, la entrada parece una enorme cueva oscura y fría a las seis de la mañana. De los cuatro grandes pasillos, dos inspiran un ambiente cálido entre las frutas y verduras, los dos restantes son fríos y desolados. Se encuentran la carne y el pescado sin compañía, esperando que un perro callejero les hinque el diente.

Con el paso de las horas, las siete de la mañana, nueve de la mañana, una de la tarde se ve un ambiente diverso. El mercado está vivo, lleno de vida. Mujeres pasean a sus hijos en el carrito de bebé, “¡Jajajaja! Si supieras todo lo que me queda por hacer en casa” contesta una de las mujeres a su compañera mientras caminan entre mejillones, bacaladillas y centollos.

Turistas paseando por el mercado como una pareja de ingleses, un chico con gafas de sol y una pedazo de mochila gris sujetando la mano de su chica con otras gafas de sol, una bandolera marrón y unos pendientes con forma de luna. Están mirando un tesoro nacional, unas aceitunas. Una guía turística aparece gritando “Welcome to Atarazana Market!”.

Andrés Saborido es estudiante de la facultad de Periodismo en la Universidad de Málaga y participa en la sección La cantera periodística de la UMA a través de la cual EL ESPAÑOL de Málaga da su primera oportunidad a los jóvenes talentos.