La entrada a la vivienda.

Ronda

La entrevista inédita a la 'tita' de Alejandro Navarro tras su desaparición: dos años después, ha sido detenida

Alejandro vivía con un matrimonio que lo acogió de adolescente, vecino de su madre biológica, y con el hijo de este, menor de edad.

Más información: Las claves de la desaparición de Álex en Ronda tras 851 días desaparecido: una excavadora, un patio y cuatro detenidos

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Las claves
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La Policía Nacional detuvo a cuatro personas en Ronda durante la investigación por la desaparición de Alejandro Navarro, ocurrida el 5 de mayo de 2024.

Entre los detenidos está N., conocida como 'la tita' de Alejandro, quien lo acogió desde los 16 años y fue entrevistada meses antes de su detención.

N. relató que Alejandro nunca salía sin su DNI, llaves y móvil, pero el día de la desaparición dejó todo en casa, lo que consideró muy extraño.

La versión de N. sobre la vida y costumbres de Alejandro difiere notablemente de la ofrecida por la familia biológica y el entorno del joven.

La madrugada del pasado 16 de septiembre, un pelotón de agentes de la Unidad Central de Delincuencia Especializada y Violencia de la Policía Nacional entró a la vivienda de N. y P. en Ronda como si irrumpieran contra una banda de narcotraficantes.

Ariete en mano, los agentes reventaron la puerta con un objetivo claro: encontrar pistas sobre Alejandro Navarro, desaparecido desde el 5 de mayo de 2024.

La intervención policial suponía un giro radical en la investigación. La búsqueda de nuevas pistas acabó con la detención de cuatro personas.

Tras la puerta del domicilio se encontraban los integrantes de un matrimonio que, según su propia versión, se hicieron cargo del joven en su adolescencia. Las identidades de ambos responden a las iniciales N. y P.

Ambos viven en el piso de abajo de la madre biológica de Álex, Auxiliadora. La relación de madre e hijo estuvo marcada por las tensiones, lo que llevó a Alejandro a quedarse en la casa de los vecinos de manera intermitente a partir de los 16 años. Con 18 años se mudó definitivamente.

P. es hermano de la actual pareja de Auxiliadora. También lo son otros dos de los detenidos. La cuarta persona detenida es N., su esposa, quien días después de la desaparición del joven acaparó la atención de los medios de comunicación pidiendo colaboración para encontrar a Alejandro.

Entre ellos estuvo EL ESPAÑOL de Málaga, que tuvo la oportunidad de entrevistarla en agosto de 2024. Sin embargo, aquella conversación nunca vio la luz, porque el relato de la familia biológica de Alejandro chocaba radicalmente con el de N., hasta el punto de resultar especialmente difícil trasladar los hechos al lector de forma que este comprendiera bien la situación.

Ahora, con esta mujer detenida, hay detalles de la conversación que adquieren especial relevancia. Estos son algunos de los fragmentos significativos de aquella grabación:

Al comienzo de la conversación, N. se mostraba angustiada por no saber "si volvería a verlo", ya que explicaba que lo habían acogido siendo un niño, con 16 años. Explicaba que fue ella, junto a su marido, quien se hizo cargo de Alejandro. Al joven, contaba, le habían dado su propio móvil, su DNI y una llave de la casa, precisamente para que pudiera moverse con normalidad cuando salía a trabajar al campo.

"Si iba a hacer su trabajo, yo lo sabía, mi marido lo sabía", relataba, recordando que, cuando el chico tenía que quedarse fuera de Ronda por alguna faena —algo que, admitía, le generaba cierta ansiedad por dormir fuera de casa—, siempre avisaba: "Me voy al campo, nos vamos a quedar aquí dos noches para hacerlo entero", solía decirle antes de marcharse o por una llamada.

El día de la desaparición, sin embargo, fue distinto, según su relato: "Esta vez ni lleva DNI, ni lleva las llaves de casa, ni lleva el móvil. No lleva nada", contaba, subrayando que el joven jamás salía sin esos tres elementos, entre otras cosas porque, recordaba, "la ley así lo dice, que tiene que llevar el DNI o le cae una multa".

N. describía también la rutina diaria que compartían, y de paso lanzaba varias pullas a la familia biológica de Alejandro. Explicaba que, "a diferencia de la madre" del joven, ella sí vivía con él y sabía a qué hora solía volver: "A las diez de la noche se daba su ducha". Contaba que otros días madrugaba para ir a trabajar, y que por eso, cuando los horarios se descuadraron, supieron que algo pasaba. "Todo lo que tiene el niño es comprado por nosotros", incidía.

En el momento de la entrevista, la familia llevaba ya tres meses y medio sin saber nada de Alejandro. Preguntada por si habían tenido alguna información nueva sobre el chaval, N. respondía con una sucesión de sospechas sin confirmar: "Que lo han visto por la costa... por Torremolinos, Marbella, San Pedro...". Contaba que para peinar cada zona, su marido y ella se desplazaban en autobús, al no tener vehículo propio, hasta cada lugar de avistamiento, sin ningún resultado: "Hemos buscado. Y nada. No hay nada".

Llama la atención que, pese a que solo habían pasado tres meses y medio desde la desaparición, N. no mencionara en ningún momento un dato que ella misma publicaría después, en diciembre de 2023, en sus redes sociales: que el Punto Limpio de la Dehesa —la zona inspeccionada en marzo de este año con maquinaria pesada, sin resultados— era el lugar donde, según decía entonces, se había visto a Alejandro por última vez.

Preguntada por cómo estaba llevando la familia tanto dolor, N. no dudaba en comparar la angustia con la pérdida de un hijo propio, y hablaba de su hijo de 12 años, que, según contaba, prácticamente vio crecer a Alejandro como a un hermano.

En ningún momento mencionó a otra hija que también había convivido con Alejandro y que se marchó de casa muy joven. Esta misma joven, en un comentario publicado hace 25 semanas en redes sociales, escribiría que había convivido con el desaparecido y que lo conocía bien, hasta el punto de asegurar que sabía que no se había marchado voluntariamente.

"Yo estuve viviendo con él muchos años. Ya os digo que es raro que haya desaparecido sin sus cosas. Cuando yo me fui de casa de mis padres, que es donde vivía Alejandro, cinco meses después desapareció, de la noche a la mañana, sin móvil y sin nada. ¡Qué casualidad! Algo hay ahí", escribe en ese comentario de Facebook.

Otro aspecto llamativo de la conversación es que N. negaba de forma tajante que Alejandro tocara la flauta en la puerta de los supermercados: "Eso es mentira. Él era el niño de la bici", afirmaba. Explicaba que, cuando descansaba del trabajo, le encantaba moverse en bicicleta a todas partes —"hasta para el baño, con perdón", bromeaba— y que sufría enormemente cuando se le pinchaba una rueda. "Y si se le partía la cadena y ya se acababa el mundo". Insistía en que tocar la flauta era simplemente una afición que Alejandro practicaba en su cuarto o en la playa, como "un hobby", y que en Ronda todo el mundo lo conocía, sin ninguna duda, como "el niño de la bici".

Esta versión, sin embargo, choca radicalmente con lo que dicen tanto el pueblo como la familia biológica de Alejandro. La versión que circula con más fuerza describe al joven como un auténtico buscavidas: alguien que pedía a las puertas de los supermercados, hacía mudanzas, vendía productos de higiene o recogía aceitunas, entre otras tareas, para llevar algo de dinero a casa. Según una tía de Alejandro, hay incluso quien asegura haber escuchado a Alejandro pedir a las puertas de un establecimiento de pollos asados porque, si no llegaba con algo a casa, "le pegaban".

Buena parte de la conversación giraba en torno al pasado de Alejandro antes de llegar a vivir con N. y su marido. Ella aseguraba que, dos semanas antes de cumplir 16 años, el joven dejó la casa de su madre, en un momento en el que, según su versión, la familia biológica "ya pasaba de él, ya no lo atendía, ya no le hablaba". "Ahora sí se interesan por él, porque está desaparecido", llegaba a decir.

Recordaba, además, un episodio especialmente duro que no ha podido ser contrastado: una noche en la que Alejandro, siendo menor, acabó en un calabozo, y en la que, según su relato, ni su madre ni la pareja de esta "pudieron o quisieron sacarlo", por lo que fueron ella y su marido quienes pagaron mil euros de fianza. En su casa, insistía, el joven siempre había tenido cama, comida y alguien a quien llamar ante cualquier problema.

N. relataba también que la adolescencia del joven estuvo marcada por una adicción a las máquinas tragaperras y al cannabis, que le llevó incluso a sustraer dinero destinado a la comida de la casa: "La infancia que ha tenido no ha sido nada bonita. Hasta que vino a mi casa no ha tenido un cumpleaños, no ha tenido ningún regalo", resumía.

A partir de ahí, describía cómo Alejandro había logrado, ya en la mayoría de edad, dejar atrás la ludopatía. Recordaba haberle preguntado por qué cogía un euro y se gastaba cinco en las máquinas, a lo que él, según su testimonio, respondió: "Tita, por la rabia que tengo de que no tengo quien me regañe". Tras darle un cogotazo en la cabeza, ella le contestó: "Yo es que te mato, yo es que te mato. ¿Me vas a decir a mí que no tienes a nadie?".

Reconocía momentos muy duros, en los que, entre lágrimas, Álex le pedía ayuda: "Tita, yo no quiero esta vida, yo me quiero quitar de los porros, me quiero quitar de las máquinas, ¿tú me vas a ayudar?". Admitía también un episodio de violencia, cuando Alejandro, acuciado por la necesidad de dinero para jugar, intentó agredirla a ella y golpeó a su marido, aunque matizaba que no llegó a mayores. "No era él, estaba fuera de él... Solo fue un puñetazo, no ninguna paliza", confesaba.

Situaba el punto de inflexión del joven hacia los 18 o 19 años, cuando, según contaba, Alejandro eligió definitivamente quedarse con ellos: "Tita, yo elijo estar contigo, yo me quedo en tu casa", contaba que le dijo el joven. Desde entonces, aseguraba, no había vuelto a haber ningún episodio grave.

Sobre el día de la desaparición, explicaba que tanto la bicicleta de Alejandro como su mochila, con el tabaco dentro, se quedaron en la vivienda, algo que le llamó especialmente la atención porque el joven nunca se separaba de esta última. Sobre la ropa que vestía aquel día, su recuerdo era preciso: un chándal Adidas azul marino, con rayas laterales en un tono más claro —regalo de su marido, precisaba— y unas zapatillas ya gastadas, porque para ir al campo nunca se ponía calzado nuevo.