Hay artistas que suben al escenario a entretener y otros que consiguen que te olvides, durante un rato, de que la vida de ahí fuera sigue empeñada en complicarnos la existencia. Tati Cruz es de los segundos. Hoy, eso merece algún tipo de reconocimiento celestial.

La Cochera Cabaret de Málaga estuvo a punto de colgar el cartel de no hay localidades a las 12:30. Una hora en la que lo normal es pensar en el vermut y no en los pecados.

Pero allí estábamos, porque en La virgen del karma Tati Cruz se mete en un jardín del que cualquier otra actriz saldría escaldada: media, por encargo de la Virgen, para decidir quién se salva y quién no, quién ha cumplido con el karma y quién tiene aún cuentas pendientes con el universo. El karma, para quien ande despistado, es esa contabilidad cósmica donde cada acto tiene su consecuencia y nadie debería fiarse de que las deudas se evaporen solas.

La función empieza en la puerta. Al entrar puedes escribir en un papel algo malo que hayas hecho y de lo que te arrepientas. Esos papelitos son munición, y Tati sabe usarla. Pero antes de dispararla se desnuda ella: arranca hablando de sí misma y, en mitad de la confesión, hasta pone un audio de WhatsApp de su madre. Ahí ya tienes a la sala entregada, porque nada baja las defensas del público como ver a alguien a quien le “pesa” su propia familia.

Después llega la segunda parte, la de los papeles. Tati los va leyendo en voz alta y quien lo escribió tiene que dar la cara, levantar la mano y contar el resto. Las confesiones van de lo más inocente a lo que ya merece expediente propio. Una de ellas, sin ir más lejos: haberse acostado con el hermano de su novio porque el novio le puso los cuernos el día de su cumpleaños con su mejor amiga. Léanlo despacio. Y ahora imaginen a la autora, en la sala, teniendo que ampliar la información.

Así durante hora y media, sin que caiga el ritmo ni un segundo. Interactúa, improvisa, provoca, responde. Convierte al espectador en cómplice de una función que ella conduce con toda naturalidad. Hacer reír no es contar algo gracioso: hay que escuchar, medir los tiempos, cazar una mirada al vuelo y convertir una ocurrencia en algo que no se repetirá nunca. Ahí Tati Cruz juega en otra liga.

En algún momento ella misma habla de su propio karma. Si yo formara parte del tribunal celestial, lo tendría claro: absuelta. Sin cargos y con honores.

No porque no haya cometido errores, como cualquiera, sino porque tiene algo que no se aprende en una escuela, ni se gana ensayando, ni se compra: vis cómica. De la natural. La que saca la carcajada sin proponérselo, la que convierte una palabra o un gesto en comedia. Se tiene o no se tiene, y Tati la tiene.

Pero sería injusto quedarse solo con la actriz que hace reír. Detrás hay una trabajadora incansable, de las que no paran de inventar y de probar cosas nuevas en las artes escénicas. En esta profesión el talento no basta; hay que sostenerlo con trabajo, con resistencia y con una pasión capaz de aguantar los días buenos y, sobre todo, los malos. En ella se nota, y no solo sobre las tablas.

Por eso, mientras la Virgen del Karma revisa expedientes y reparte destinos, yo le pediría una excepción. Que deje tranquila a Tati Cruz. Que no le pase más facturas. Que dé por saldada la deuda y, ya puestos, le añada una recompensa. Arrancarle una carcajada a alguien que entra al teatro cargado de preocupaciones es, si el universo tiene algo de justicia, una forma de hacer el bien.

Que la Virgen firme el indulto y que Tati Cruz siga regalándonos ese bien tan escaso que es la risa. Amén.