Cumplimos nuestra palabra y vimos el partido de la selección española de fútbol con nuestras camisetas recién llegadas de China o de Vietnam, quién sabe.

Estábamos en Olsztyn, la ciudad polaca en la que pasará este curso el mediano de la familia, de Erasmus, y me aseguré de tener local y sitio reservado para ejercer de españoles por el mundo en aquella ciudad polaca tan desconocida antes, tan maravillosa ahora, porque uno es previsor y veterano, y sabe más por viejo que por diablo, y eso es algo que los jóvenes tan sólo equiparan a pesadez, a aburrimiento, a viejunismo.

Así que teníamos sitio, sí, pero de rebote. La primera noche en la ciudad, con el estudiante ya instalado en su residencia universitaria, convertida su habitación compartida en una suerte de barco de Chanquete del que sería difícil moverlo pese a nuestros cantos de sirena familiares, me preocupé de localizar un bar con pantalla gigante, y de apalabrar, con mi inglés turístico cargado de expresividad y entusiasmo, la programación del Inglaterra-España de la noche del sábado 27 de septiembre, desde Wembley, señoras y señores, un espectáculo épico que no podíamos perdernos por nada del mundo.

Habíamos volado de Málaga a Gdansk la noche del martes al miércoles, habíamos llegado a Olsztyn cansados y felices, habíamos visto la residencia, el campus, las pistas deportivas, las zonas verdes, el supermercado, las instalaciones recreativas.

Habíamos saboreado ya la comida polaca, contundente y barata, y los acompañantes y secundarios habíamos tomado posesión de un apartamento muy céntrico, confortable, acogedor y con vistas a un bosque y al río de aguas transparentes que atraviesa la ciudad.

Un paraíso, lejos del calor cordobés y de las rutinas cotidianas. Y por supuesto recorrimos la calle principal, muy turística, porque en Olsztyn hay lagos y se nota que atrae turismo lacustre -esto lo he tenido que buscar en internet-, además de ser una ciudad universitaria de cierto nivel.

Instalados y descansados, lo primero fue acomodar al estudiante, al que incluso le compramos una freidora de aire, una air fryer, por sugerencia directa de su compañero de habitación, Marcos, un chaval encantador, salmantino que estudia veterinaria en Cáceres, y que nos acompañó durante la tarde que dedicamos a la logística doméstica.

Mientras ellos miraban vajillas, mantelerías y cubiertos, me di una vuelta por el hipermercado, por curiosidad. Mucho fiambre español, chorizo, salchichón y algo etiquetado como jamón ibérico o serrano, pero de escasa garantía. Horror en el ultramarinos, pero la cosa cambió con la presencia de botellas de cervezas San Miguel y Victoria en la interminable galería dedicada a las cervezas en cualquier hipermercado polaco.

Me llamó la atención. También que el aceite de oliva que compró mi mujer para nuestro coqueto apartamento fuera de Málaga, de HUTESA, y estuve a punto de mandarle un mensaje a mi querida Mari Paz Hurtado para contárselo, pero no lo hice.

Con la estudiantada bien surtida de utensilios de cocina y de herramientas tecnológicas de última generación, la exploración de la ciudad se convirtió en el siguiente paso natural. Y eso hice con mi hijo mayor, Daniel, al que elegí de acompañante para dar una vuelta por los diferentes garitos que me había preocupado de ubicar durante nuestros paseos diurnos, porque uno es perro viejo y sabe que al día sigue la noche, y que más temprano que tarde saldríamos en busca de algunas copas para celebrar con españolas maneras que todo iba bien.

La expedición fue el jueves por la noche. Entramos al garito más prometedor, y cuando estábamos recién sentados apareció una chica rubia muy guapa, agradable y simpática que le dijo a la camarera que nos pusiera unos chupitos (shots), porque no le gustaba beber sola. Pocas noches de mi vida han comenzado tan bien, lo confieso.

Así que entablamos una conversación muy amena en inglés de barra de bar de copas con aquella chica tan guapa, Alexandra, nos hicimos selfies con ella, y seguimos ruta hacia el fin de la noche, que llegó en la cuarta parada: un karaoke instalado en un local indescriptible, más parecido al salón de una casa cualquiera que a un local homologado con la correspondiente autorización municipal.

El karaoke, sí. La noche del sábado fuimos antes de cenar al local apalabrado, porque uno es veterano y todo eso, pero había un partido de voleibol entre las selecciones de Polonia y Francia a la misma hora que nuestro fútbol y nos dieron con queso. Con mucha amabilidad, eso sí, y con los traductores de los móviles funcionando a pleno rendimiento.

Pero uno, que es previsor, que es veterano y que sabe más por viejo que por diablo, había visto con sus propios ojos una puerta oscura casi escondida en la calle principal de la ciudad, una puerta con un letrero luminoso casi invisible que indicaba que aquel espacio subterráneo albergaba un sports & drinks bar, y allá que arrastré a toda la familia, diligente, en busca de la pantalla perdida. Y sí, nos atendieron muy bien y nos prometieron programar el fútbol en una de las pantallas, porque había voleibol y era prioritario, y nos reservaron un par de mesas. Y cumplieron.

Cenamos de lujo y volvimos para ver el partido, y cantamos los goles de España, y también los puntos polacos, claro. Había una perfecta comunión de intereses deportivos en aquel sótano con mesas de madera, con más espacio aún en un subsuelo todavía más cercano al infierno.

Conocimos a Jorge, un cacereño estupendo que imparte clases de español en Olsztyn, y a su colega Johnny, de Irlanda del Norte, rubio y parlanchín, que iba por supuesto con España y contra Inglaterra, con los que charlamos durante todo el partido.

En la barra, además, un boliviano pegó la hebra con nosotros: Arturo, que había llegado a Polonia en 1988, antes de la caída del muro de Berlín, y que tenía un café con sobremesa larga y algún que otro whisky con hielo, en vaso de cristal tallado. Pero nunca lo pudimos tomar.

Ganamos, celebramos los goles, chocamos las palmas con los polacos que también veían el fútbol y que también aplaudían a España, y salimos en busca de aire fresco, con nuestras camisetas de Pubill, de Cucurella, de Dani Olmo y de Ferrán Torres.

Hice una foto a un escaparate de Mayoral y se la envié a un amigo. Yo iba eufórico, por las cervezas, por las conversaciones, por la victoria, y me fui directo a un bar esquinado en el que también había observado noches atrás, porque uno es perro viejo, veterano y previsor, que las cervezas y los chupitos circulaban a velocidad eslava. Y nada más entrar, dos clientes en la treintena me ven, sonríen y se levantan a saludarme, y yo, que iba con la cazadora desabrochada, desafiando el fresco y exhibiendo con orgullo mi camiseta de la selección española, les sonreí y les di la mano y les dije: ¿sois españoles?

Pero no, no eran españoles. Eran los del karaoke, según me dijeron ellos mismos y según me informó mi propio hijo, que entró justo detrás de mí. Ni puta idea, señoras y señores. La noche del jueves esos tipos tan simpáticos llevaban el karaoke de aquella sala de estar clandestina, en la que canté con mi hijo una de Los Chichos, y en la que debí invitar a varias rondas de chupitos de Soplica y de Zubrówka a todo el bar, según los extractos de mi tarjeta de crédito, y en la que debí de beber a mansalva, a juzgar por la mañana del viernes, cuando la lluvia me salvó de males mayores, porque nos quedamos todos a resguardo en nuestro maravilloso y acogedor apartamento.

Olsztyn, qué maravilla. Mis hijos siguieron de fiesta la noche del sábado y los chicos treintañeros del karaoke los invitaron a chupitos en la discoteca de la calle principal. Un detalle de categoría.

De los lagos, la comida, las terrazas en las que la gente no fuma y no pasa nada, y de la frondosa naturaleza que convierte a esa pequeña y desconocida ciudad polaca en un verdadero paraíso, hospitalario y seguro, ya hablaremos en otra ocasión. Porque lo mejor del viaje fue aquella canción de Los Chichos, sin duda, y todo lo que pasó antes y después. Una noche inolvidable, una experiencia irrepetible.