De un tiempo a esta parte, los sufridos habitantes de la ciudad de Málaga han notado la proliferación de supermercados en su centro histórico. Distintas marcas están colonizando locales comerciales y espacios en los que antes había tiendas, oficinas bancarias, bares, todo tipo de actividades económicas que daban variedad a los paseos por el centro y proporcionaban distintos servicios a ciudadanos y turistas.
Pero la sustitución de los primeros por los segundos y la apatía municipal han hecho que ya nada importe en el centro histórico de Málaga, que el propio ordenamiento urbanístico municipal sea papel mojado -lo es desde hace años- y que la parte más visible de la ciudad se haya convertido en una zona de gran afluencia turística, una zona en la que ya sólo hay bajas emisiones de buen gusto y buena educación.
Como en aquella película que tanto me impresionó en mi infancia tardía, La invasión de los ultracuerpos, la cadena Carrefour ha ido expandiéndose en silencio por toda esta zona. Primero nos sorprendió con el local de la Plaza de la Constitución, antigua joya de la corona de Málaga, colonizada ahora por cervecerías internacionales de dudoso gusto y multinacionales voraces.
Luego nos enfadó el cierre de la Tetería de San Agustín, un negocio maravilloso que trajo a Málaga nuevas formas y nuevos productos, y que cierra tras más de treinta años de actividad para ser sustituida por otro de estos establecimientos de refrescos fríos, sándwiches, paquetes de salchichas y suministro de urgencia para turistas.
Y en los últimos días, también hemos sabido de las nuevas aperturas en la calle Nueva y en la calle Martínez, ocupando el espacio donde antes operaban zapaterías, tiendas de ropa y similares.
Hace muchos años, cuando intenté servir a los intereses de mi ciudad, estudié el tema del urbanismo comercial. También en esto la denostada Cataluña nos ha llevado ventaja siempre. En el entorno del Museo Picasso de Barcelona, el Ayuntamiento intervino a través de una ordenanza municipal para evitar que surgieran locales de estética discutible o que se instalaran tiendas de souvenirs de medio pelo en los alrededores inmediatos de uno de los atractivos culturales más potentes de la ciudad.
En Málaga, nadie impidió que abriera un comercio de papas asadas en la esquina más próxima al Museo Picasso, cuando ya se sabía de su apertura y el acontecimiento merecía más cuidado y celo por parte de nuestras autoridades urbanísticas municipales.
La situación sólo ha empeorado desde entonces. Los que estudiamos el PEPRI Centro sabemos que se ha actuado a medida de los intereses de los inversores que han ido llegando.
El éxito de la calle Larios, cuya peatonalización fue un acierto decisivo, se mide en función del precio del metro cuadrado, pero no se ha vigilado ni la reserva de uso residencial ni mucho menos el respeto a las alturas vigentes, y cada cual ha hecho de su capa un sayo, no ya con la pasividad municipal, también con su complicidad o incluso con su apoyo.
En Málaga se ordena para desobedecer, lo que constituye un ejemplo a evitar, por mucho que se aplauda un éxito basado en el todo vale y en la ausencia de fiscalización, sea periodística, política o institucional.
La proliferación de supermercados, sean de la marca que sean, tiene, además otra lectura no menos importante: la deriva de un modelo turístico que se desliza hacia el low cost, un turista que viene a la ciudad a gastar lo menos posible, y que prefiere comprar comida para llevarla a la playa o cenar en el hostel o el apartamento antes que rascarse el bolsillo en un bar, en un restaurante internacional o incluso en alguna franquicia de comida rápida.
Quienes frecuentamos el centro de Málaga vemos las terrazas llenas, pero también observamos el éxito de las pizzerías, el consumo desmedido de cerveza y alcohol, el turismo descamisado a pecho descubierto, los bikinis y las chanclas.
El centro de Málaga es ahora un resort caribeño, por el que los propios paseamos incómodos cuando no tenemos más remedio, y en el que los extraños campan a sus anchas, porque al turismo hay que ofrecerle siempre una sonrisa, aunque venga a emborracharse, practicar el vandalismo con el mobiliario urbano y mear en las esquinas.
La pregunta a estas alturas es si esto tiene remedio o si la situación es ya irreversible. Un mapa comercial de la zona más saturada de la ciudad habría permitido un cierto ordenamiento, otorgar licencias en función de los usos, propiciar la llegada de nuevas tiendas y nuevas marcas, diversificar la oferta comercial y de servicios del centro.
Es inevitable que se pongan de moda los locales de tartas de queso, de bubble teas, de sushi para llevar, de ramen, de lo que sea, porque viene turismo de todo el mundo y hay gente para todo, incluso para meterse un buen plato de ramen hirviendo en pleno mes de julio, Dios les bendiga el estómago.
Pero este tipo de locales añaden diversidad culinaria y no colonizan toda la ciudad, todas sus calles, sino que se reparten y animan a probar esos productos que antes sólo veíamos cuando nosotros mismos viajábamos al extranjero. ¿Heladerías italianas? Bienvenidas. Nada de esto hace daño a quien ha decidido vivir del turismo y ofrece una multitud de opciones para elegir.
Pero si se apuesta por el bajo coste, quizás haya que pensar en las consecuencias. Ya en 2013 avisé, en una conferencia en el Colegio de Economistas de Málaga, que en tiempos de crisis los apartamentos turísticos se convertirán en competidores desleales de la planta hotelera, mucho más exigida normativamente, más cara, pero generadora de empleo estable y regulado.
Málaga primero expulsó a sus propios residentes, y va de camino a morir de éxito y cavar su propia tumba si no es capaz de pensar durante diez minutos en su presente y su futuro, en lo que es y en lo que puede convertirse si se sigue gestionando la ciudad pensando sólo en el corto plazo, en hacer ganar dinero a los fondos de inversión, y en regalar la ciudad a las franquicias, incluso a las de supermercados.
Y no, no se trata de ser un agorero: la verdadera lealtad consiste en decir lo que se piensa, porque el silencio sólo es señal de complicidad, de cobardía o de desidia. Y eso todo el mundo lo sabe.