Este verano he releído Dubliners, el clásico de James Joyce, como preludio a la escapada que disfrutamos en Irlanda.
La obra retrata la vida cotidiana de los dublineses a principios del siglo XX, convirtiéndose en una magistral muestra de la parálisis social y moral de la época y de las limitaciones de sus protagonistas, que conviven entre tradición, religión y costumbrismo.
Tras un par de días en Wicklow, el jardín de Irlanda, nuestra siguiente parada fue Dublín. Nada más llegar al hotel que fue nuestra casa durante las próximas dos noches, el recepcionista nos identificó como malagueños y enseguida nos derivó a su compañero José.
José es de Ciudad Jardín, tiene 28 años y es químico. Lleva cinco años viviendo en Dublín y esa semana estaban allí sus padres, visitándolo. Nos cuenta que vino persiguiendo a la que hoy es su mujer y también la estabilidad económica que no encontró en Málaga.
Cuando volvimos a verlo más tarde, pasamos un rato hablando y no puedo evitar preguntarle si echa de menos Málaga.
Me confiesa que está loco por volver.
Le contamos que en Málaga las cosas han cambiado mucho en estos cinco años. Que, aunque la vivienda está mucho más cara, también existen muchas más oportunidades laborales, tanto para retomar su profesión académica como para continuar en el mundo de la hostelería.
Sin embargo, él insiste en que en España no hay oportunidades y que ve muy complicado su retorno.
No puedo evitar recordar cuando vivíamos en Londres, hace ya más de veinte años.
El discurso entre los españoles que conocíamos era muy similar. Todos estaban convencidos de que volver a España era complicado, que no había dinero ni oportunidades. Siempre tuve la sensación de que muchos de ellos estaban atrapados en la vida acelerada de la gran ciudad y que el agotamiento diario no les permitía levantar la mirada y contemplar otras posibilidades.
Cuando regresamos a España, muchos nos miraban con escepticismo. Estaban convencidos de que nuestra situación económica y nuestras oportunidades nunca podrían superar las que teníamos en Londres.
Yo siempre pensé lo contrario.
Pensaba que la experiencia internacional, lejos de alejarnos de España, nos daría más herramientas para volver. Que conocer otras formas de trabajar, relacionarnos con otras culturas y enfrentarnos a otros entornos nos permitiría regresar con una mochila mucho más llena.
Y así fue.
Quizá por eso la conversación con José me resulta tan familiar.
Han pasado más de veinte años y, sin embargo, algunas conversaciones parecen repetirse.
Cambian las ciudades, cambian las circunstancias y cambian las generaciones, pero permanece una misma idea: la sensación de que las oportunidades están siempre en otro lugar.
En Dubliners, Joyce retrata personajes que, de una forma u otra, parecen incapaces de escapar de las circunstancias que los rodean. No siempre porque no existan alternativas, sino porque ellos mismos no son capaces de verlas, de enfrentarse a ellas o de dar el paso.
Joyce llamó a esa sensación de inmovilidad «parálisis».
Cuando me despedí de José, pensé que quizá algunas de las limitaciones que Joyce describía hace más de cien años siguen existiendo hoy.
Pero quizá la mayor de ellas no esté en Dublín, ni en Málaga, ni en España.
Quizá esté en nuestra propia cabeza.
Porque a veces no es la falta de oportunidades la que nos impide avanzar, sino la convicción de que no existen.