Aquella farmacia era uno de esos establecimientos de barrio donde, además de medicamentos, parecía dispensarse tranquilidad. Carmen entró con paso apresurado. Llevaba la receta doblada en el bolsillo del abrigo y una mezcla de esperanza e incertidumbre en la mirada.
El farmacéutico la saludó por su nombre. Era una de esas relaciones que solo nacen después de muchos años compartiendo pequeñas conversaciones sobre resfriados, alergias, tensiones arteriales y consejos cotidianos.
Mientras preparaba la medicación, Carmen observó la larga estantería repleta de cajas de todos los tamaños y colores.
Debe de haber miles de medicamentos diferentes, comentó casi para sí misma.
El farmacéutico sonrió. Y muchos más de los que vemos aquí, guardó unos segundos de silencio antes de añadir: “Y, sin embargo, todavía hay demasiadas enfermedades para las que seguimos sin tener la caja que muchos están buscando”.
Aquella frase quedó suspendida entre ambos.
Carmen volvió a recorrer con la mirada las estanterías. Hasta ese instante nunca se había detenido a pensar en todo lo que representaban. Siempre había visto medicamentos. Remedios. Soluciones. Nunca había pensado en las ausencias. En los huecos invisibles. En las cajas que todavía no existían. En las familias que seguían esperando una respuesta que nadie podía entregarles.
Pagó la receta, dio las gracias y salió a la calle.
Todo parecía funcionar con absoluta normalidad. Quizá porque, cuando la medicina consigue responder a nuestros problemas, apenas pensamos en ella.
Carmen siguió caminando unos metros con la bolsa en la mano. Sin darse cuenta, empezó a observar a las personas que se cruzaban con ella de otra manera. Un hombre mayor paseaba despacio apoyándose en un bastón. Una joven empujaba un cochecito de bebé mientras hablaba por teléfono. Un repartidor zigzagueaba entre los coches con la prisa de quien vive pendiente del reloj.
Pensó que cualquiera de ellos podía estar tomando un medicamento descubierto hacía décadas. Un antibiótico. Un anticoagulante. Una insulina. Un tratamiento contra el cáncer. Una vacuna. Tal vez ninguno de ellos fuera consciente de que su aparente normalidad descansaba sobre miles de horas de trabajo realizadas por personas a las que nunca conocerían.
Y, sin embargo, bastó recordar la frase del farmacéutico para que otra idea empezara a abrirse paso. No todas las estanterías están completas.
Todavía existen enfermedades para las que no hay respuesta. Patologías raras que esperan durante años un tratamiento. Tumores frente a los que la medicina continúa buscando alternativas. Enfermedades neurodegenerativas cuyo avance todavía no sabemos detener. Infecciones que desarrollan resistencias a los antibióticos. Nuevos virus que aparecen cuando creemos haber aprendido todas las lecciones.
La investigación biomédica suele medirse por sus éxitos, pero pocas veces pensamos en el precio de aquello que aún no ha conseguido resolver. Y ese precio no aparece en ningún balance contable. Se mide en tiempo, en incertidumbre, en sufrimiento, en familias que viven pendientes de una llamada, en padres que escuchan que todavía no existe un tratamiento eficaz para su hijo, en personas que aceptan participar en un ensayo clínico porque saben que quizá no les beneficie a ellas, pero sí a quienes vengan después.
Cada enfermedad que todavía no sabemos curar nos recuerda que la ciencia tiene límites, pero también nos recuerda que esos límites nunca se han ampliado esperando a que el tiempo hiciera el trabajo por nosotros. Siempre los ha ampliado alguien que decidió investigar.
Existe una idea equivocada, aunque muy extendida, según la cual la investigación es un lujo propio de los países desarrollados. Algo conveniente cuando todo lo demás funciona. La historia demuestra exactamente lo contrario. Las sociedades que investigan no solo generan conocimiento. También desarrollan mejores sistemas sanitarios, atraen talento, crean innovación, fortalecen su economía y responden con mayor eficacia cuando aparecen desafíos inesperados.
La pandemia nos dejó una lección difícil de olvidar. Durante aquellos meses todos aprendimos, quizá por primera vez, que los laboratorios no eran lugares lejanos reservados para científicos de bata blanca. Eran una parte esencial de nuestra seguridad colectiva. De ellos dependían diagnósticos, vacunas, tratamientos y decisiones capaces de cambiar el rumbo de millones de personas.
Cuando la ciencia llega a tiempo, el mundo apenas repara en ella. Cuando llega tarde, todos comprendemos lo que cuesta su ausencia. Quizá ese sea el verdadero precio de no investigar. No consiste únicamente en retrasar un descubrimiento, consiste en retrasar la esperanza de alguien. Y esa es una factura que nunca paga quien toma una decisión en un despacho. La pagan, casi siempre, personas con nombre y apellidos que jamás llegarán a aparecer en los titulares.
Carmen llegó a casa, dejó la bolsa sobre la mesa de la cocina y guardó el medicamento en el botiquín. Cerró la puerta despacio. Entonces volvió a recordar las palabras del farmacéutico. Había pensado toda la vida que aquellas estanterías estaban llenas.
Aquella mañana descubrió que lo verdaderamente importante era todo lo que todavía faltaba por colocar en ellas. Porque la investigación tiene un coste, pero no investigar siempre termina teniendo un coste mucho mayor.