Estamos viviendo una efeméride que los españoles no deberíamos pasar por alto. Me refiero al V Centenario de la Escuela de Salamanca. Esta conmemoración representa una oportunidad única para recordar y proyectar uno de los hitos intelectuales más influyentes de la historia del pensamiento occidental.

La Escuela de Salamanca nació en el siglo XVI, en el seno de la Universidad de Salamanca, y se considera una corriente renovadora del saber que transformó la teología, el derecho, la economía y la filosofía moral. Sus pensadores contribuyeron a sentar las bases de conceptos modernos como los derechos humanos, el derecho internacional o la libertad de conciencia.

Hablar de la Escuela de Salamanca no significa únicamente volver la mirada hacia una página brillante de nuestra historia académica e intelectual. Supone, sobre todo, rescatar una forma de pensar. Si nos centramos en la economía, nos sorprenderá comprobar cómo aquellos ilustres pensadores se adelantaron a su tiempo.

A pesar de ello, con frecuencia olvidamos los postulados de esta escuela. Vivimos una época trepidante, dominada por titulares sobre indicadores macroeconómicos. Nos obsesiona, principalmente, que el PIB crezca y, cuanto más, mejor. Sin embargo, la economía trata de responder a una pregunta profundamente humana: ¿cómo organizar unos recursos escasos para atender necesidades ilimitadas?

Debemos tener cuidado con ese concepto de necesidades ilimitadas, pues su satisfacción no puede justificar que esquilmemos los recursos naturales. El ser humano debe aprender a contenerse y a valorar otros aspectos tan importantes, o incluso más, que el consumo permanente.

Ahora más que nunca, debemos añadir que el progreso económico ha de alcanzarse de manera equilibrada, en libertad y sin perder de vista la dignidad de las personas. Pues bien, todas estas consideraciones ya fueron tenidas en cuenta por los pensadores de la Escuela de Salamanca.

La Universidad de Salamanca sitúa el origen de esta corriente en torno a Francisco de Vitoria y sus discípulos, quienes abordaron problemas reales de su época, como el comercio, el dinero, la propiedad, la guerra, la dignidad de los pueblos del Nuevo Mundo y los límites del poder político.

Ciertamente, constituían una escuela de pensadores que no perdían el tiempo en disquisiciones abstractas, sino más bien conformaban una inteligencia colectiva puesta al servicio de los grandes dilemas de su tiempo, muchos de los cuales siguen siendo perfectamente extrapolables al siglo XXI.

La conmemoración del V Centenario nos ofrece una magnífica oportunidad para reivindicar las figuras de Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Martín de Azpilcueta, Luis de Molina, Francisco Suárez, Tomás de Mercado, Juan de Mariana o Diego de Covarrubias, entre otros. Como señala un artículo publicado en Éxito Educativo, sus aportaciones anticiparon debates económicos que, siglos después, serían desarrollados por la escuela clásica y por otras corrientes de pensamiento económico.

La Escuela de Salamanca no entendía la economía como una simple fórmula para maximizar beneficios, sino como una ciencia social integrada en la vida moral. Defendía el intercambio, el valor de los contratos, la propiedad y la libertad económica, pero no como dogmas absolutos, sino como realidades sometidas a la justicia, al bien común y a la responsabilidad de quienes participan en el mercado.

En mi libro de Economía para 4.º de ESO destaco que esta disciplina debe explicarse como una ciencia social que estudia el comportamiento humano, la escasez, la elección y la asignación eficiente de los recursos. También analizo cómo las distintas escuelas de pensamiento económico —el mercantilismo, la fisiocracia, la escuela clásica, el keynesianismo o el monetarismo— han intentado dar respuesta a los problemas de cada época.

El mercantilismo puso el foco en la acumulación de riqueza y en la intervención del poder político. La fisiocracia consideró la tierra como la principal fuente de prosperidad. La escuela clásica confió en los mercados, la división del trabajo y la libertad económica. Keynes recordó la importancia de la intervención del Estado cuando la economía se bloquea, mientras que el monetarismo subrayó el papel del dinero y de los bancos centrales.

Todas estas corrientes aportaron elementos valiosos. Sin embargo, la Escuela de Salamanca incorporó una dimensión que hoy continúa resultando imprescindible y nos referimos a la ética. Además, las escuelas mencionadas son muy posteriores a la salmantina, cuyos pensadores ya se formulaban preguntas esenciales sobre el precio justo, el valor, el dinero, los intercambios y la legitimidad de la actividad económica.

Conviene recordar a Tomás de Mercado, de cuyas palabras se desprende una verdad insoslayable sobre los oferentes en un mercado: «Están obligados todos a vender en conciencia, porque es su oficio apreciar y dar valor a todas las cosas que sirven a la vida humana (…)».

No se trata de idealizar el pasado ni de presentar a aquellos autores como economistas modernos. Sería un anacronismo. Pero tampoco podemos seguir aceptando que el año cero de la economía como ciencia social comience con Adam Smith, como si antes de él no hubieran existido reflexiones profundas sobre el mercado, el dinero, los precios o la libertad de intercambio.

La ciencia económica, bien entendida, no debe limitarse a analizar curvas de oferta y demanda. Debe ayudarnos a tomar mejores decisiones. También debe enseñarnos a distinguir entre crecimiento y desarrollo, entre riqueza y bienestar, y entre beneficio legítimo y abuso especulativo.

Una economía sin empresas competitivas se empobrece. Pero una economía sin principios termina por deshumanizarnos y también acaba empobreciéndonos, no solo en el bolsillo, sino también en el plano moral.

Por todo ello, recuperar la esencia de la Escuela de Salamanca constituye un ejercicio necesario en nuestro tiempo. Nuestros libros de texto y nuestros alumnos deberían saber que España no solo aportó poetas, dramaturgos, pintores, teólogos y humanistas, sino también pensadores que contribuyeron a fundar una manera moderna de entender la economía, inseparable de la conciencia moral.

En tiempos de inflación persistente, deuda pública creciente, desigualdad y populismo económico, volver a la Escuela de Salamanca significa volver a formularnos las preguntas importantes. Y quizá ahí radique su grandeza, al enseñarnos que la economía, cuando olvida a la persona, deja de ser una verdadera ciencia social y se convierte en un conjunto de magnitudes al servicio de los poderosos.