David, de espaldas, habla con Sergio, trabajador social del centro.

David, de espaldas, habla con Sergio, trabajador social del centro. A.R.

Málaga ciudad

David dormía en un autobús para no sufrir agresiones ni robos en la calle: "San Juan de Dios se convirtió en hogar"

Tras haberse visto sin comer y sin hogar, ya tiene trabajo y comparte piso gracias a este centro de acogida.

Los profesionales que lo acompañaron recorren su camino.

Más información: La humanización de la residencia San Juan de Dios de Antequera: salir a la playa o hacer pedidos en Shein

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Las claves

Las claves

David, tras perder a sus padres y tomar malas decisiones, acabó viviendo en la calle en Málaga, durmiendo en autobuses para evitar agresiones y robos.

La ayuda de una mujer y el centro San Juan de Dios cambiaron su vida, proporcionándole refugio, apoyo emocional y acceso a un empleo estable.

El centro San Juan de Dios en Málaga ofrece acogida, servicios de higiene y acompañamiento integral a personas sin hogar, ayudándoles a recuperar su autonomía.

La escasez de vivienda asequible y el estigma social dificultan la reintegración de las personas sin hogar, pese a que muchas ya tienen empleo.

David Martín, nombre ficticio, a sus 41 años, no ha tenido una vida fácil. Sus padres murieron cuando era un chaval y reconoce que las malas decisiones amorosas que ha ido tomando a lo largo de su vida no le han ayudado nunca. Cuando rompió con su última novia, tras la pandemia, se vio sin nada. "Me dejó roto", asegura.

"Todos me avisaron de que esa chica no me convenía. Pero no hice caso", asume. Cuando se vio sin nadie, volvió a la costa granadina con algunos de sus familiares lejanos, pero Málaga le "tiraba mucho" y decidió volver a la Costa del Sol sin red de apoyo. Poco a poco, sin darse cuenta, empezó a dormir en la calle.

No quiso pedir ayuda a sus amigos ni tampoco dinero a los desconocidos. "No asumía verme en la puerta de un Mercadona pidiendo", dice. Y nunca lo hizo. El momento en que David tomó conciencia real de su situación llegó un domingo, lo recuerda perfectamente, tras varios días sin comer.

Llevaba dos jornadas seguidas sin probar bocado ni asearse cuando una mujer lo encontró de madrugada, sentado en la calle. "Me dio un kebab y fue el mejor kebab que me haya comido nunca. Tantos días en un banco, tu vida se queda ahí", expresa.

Así, aunque le costó, fue a pedir ayuda a Puerta Única, la puerta de entrada a la red de atención a personas sin hogar en Málaga. "Es un paso importante reconocer que tienes que pedir ayuda. He hecho amigos en la calle que sé de sobra que jamás saldrán de ahí porque no quieren; hay adicciones malísimas".

Él solo pedía trabajar cuanto antes para recuperar una rutina que le diera "vida" de nuevo.

La vida en la calle es "un infierno", en sus propias palabras. Cuando se percató de la situación tan extrema que se producía entre cartones, decidió invertir el poco dinero que tenía para pasar las horas más complicadas del día sentado en el autobús descansando, sin miedo a que nadie le robara o le agrediera.

"Me pasaba horas dando vueltas. Yo no quería estar en la calle. Cogía los recorridos más largos, como el 3, de una punta de Málaga a la otra", repite. Dice que ahí fuera hay demasiado dolor y demasiado peligro como para exponerse a él, habiendo conocido "una vida normal".

Gracias a aquella mano que le tendieron hace ya más de tres años en un primer momento en Puerta Única, llegó al centro de acogida de San Juan de Dios, en el Centro de Málaga. David recuerda el primer día con una nitidez especial.

El hermano Julián le enseñó su cama y él, acostumbrado a dormir en autobuses y bancos, no daba crédito. "Dije, 'esto va a ser mi casa; esto es un paraíso'", cuenta. Y añade que sigue siéndolo, aunque ahora no viva en sus instalaciones.

"El día que me hicieron fijo en el trabajo, yo llamé a mi trabajador social. Me di cuenta que todo lo que tengo fue gracias a él y a San Juan de Dios, era el primero y el único con el que quería celebrar. No tenía a otra persona que me cogiera el teléfono y que se alegrara por la noticia", declara.

El techo, lo material, dice, es lo de menos. "Me han hecho sentirme querido. Me llaman hasta en los cumpleaños. Se acuerdan de mí, se preocupan por mí. Es algo impagable", sostiene.

Una orden con 500 años de historia

San Juan de Dios es una orden religiosa nacida en Granada hace cinco siglos, según explica Marina Fernández, responsable de Comunicación y Obra Social del centro malagueño. Está presente en 52 países y cuenta con 80 centros solo en España.

En Málaga capital tiene tres: el centro asistencial de Ciudad Jardín, la residencia de Antequera y el centro de acogida del Centro de Málaga. Ninguno es igual a otro, apunta Fernández, porque cada centro nace de una necesidad concreta detectada por los hermanos entre los colectivos más vulnerables.

Es una entidad sin ánimo de lucro que Fernández compara con un hospital privado en su funcionamiento, con la diferencia de que aquí los excedentes se reinvierten en atender a más personas y poner en marcha nuevos programas.

No hay accionistas. "Los hermanos de la orden, muchos de ellos psicólogos o enfermeros, se reparten según su especialización entre los distintos centros", revela.

El centro de acogida está en marcha desde abril de 1991 y desarrolla dos grandes programas. Por un lado, el de acogida integral, con 27 plazas para hombres mayores de edad y hasta 65 años que viven de forma permanente en el centro.

Un momento en el que sirven comida.

Un momento en el que sirven comida. Amparo García

Por otro, el servicio de higiene, vestuario y lavandería, dirigido a personas que continúan viviendo en la calle y que acuden a ducharse, lavar su ropa o recibir prendas nuevas. A este segundo programa se acogen 54 personas cada semana, repartidas en dos grupos según los días.

Todo está rigurosamente organizado. Los que se duchan un lunes, vuelven el miércoles y reciben la ropa limpia del lunes. "Muchos nos decían que no tenía sentido ponerse una ropa sucia por muy limpios que estuvieran, y llevaban razón", sostiene Fernández.

A esas 27 plazas del centro se suman otras seis en pisos gestionados por la entidad junto a La Goleta, un paso intermedio hacia la independencia de estas personas en situación de vulnerabilidad. Y otros pisos que los propios usuarios ya pagan de su bolsillo, pero que siguen contando con el acompañamiento y la supervisión del equipo.

Alquileres asequibles

En uno de esos segundos pisos, ya con alquiler propio a precio reducido, vive David desde hace tiempo.

Fernández señala la vivienda como el principal obstáculo al que se enfrenta el centro en Málaga.

Cada vez más personas de las que atienden tienen ya un empleo, pero no logran encontrar un piso que puedan costearse en la capital, lo que obliga a ampliar la búsqueda hacia municipios más alejados, siendo igualmente complicado localizar una opción "económica".

El centro cuenta con un grupo reducido de propietarios dispuestos, precisamente, a alquilar a personas sin hogar como David, algo que Fernández describe como una suerte poco habitual dentro del sector. "No todo el mundo se atreve por el estigma que hay, y nosotros nos consideramos unos afortunados por el hecho de que estas personas les hayan dado la oportunidad; porque encima lo hacen con precios asequibles en comparación con el sector", sostiene.

David asiente, conocedor del sistema, con su propia experiencia. Comparte piso con tres compañeros, entre ellos un hombre con un proceso oncológico al que el centro también da apoyo, y asegura que sin la intermediación de San Juan de Dios no podría vivir en Málaga.

Las fianzas y los avales que suelen exigir los propietarios son, dice, la barrera que deja fuera a quien ya tiene trabajo, pero no ahorros ni red familiar. "Sin ellos, yo no podría haber avanzado ni salido de la calle, estoy más que agradecido. Siempre que me necesiten, me tendrán", declara.

Yesenia Cortés, trabajadora social del centro, explica cómo se organiza la derivación de casos. Puerta Única, en marcha desde 2008, junto al Ayuntamiento de Málaga, centraliza la atención a personas en situación de calle, ya sea porque acuden por iniciativa propia o porque son detectadas por una unidad móvil que recorre la ciudad.

Desde entonces existe una base de datos compartida entre entidades que permite conocer el historial de cada persona, algo que antes no era posible.

Cortés explica que el centro aún no acoge a mujeres porque, cuando el centro nació en 1991, la proporción de mujeres sin hogar era mucho menor, y porque la experiencia de otras ciudades con centro de San Juan de Dios que sí lo hacen desaconseja alojarlas en dispositivos grandes cuando su situación suele estar marcada por la violencia de género y otros traumas.

"En esos casos, el trabajo se orienta mejor desde la vivienda individual", declara.

Una trabajadora prepara el comedor.

Una trabajadora prepara el comedor. Amparo García

El objetivo del equipo, insiste Cortés, no es solo cubrir necesidades básicas. Es ayudar a cada persona a identificar la raíz de lo que la llevó a la calle y trabajar con ella por objetivos concretos hasta lograr la salida. Hacen un acompañamiento total a cada persona.

Donaciones

El centro recibe subvenciones públicas, pero Fernández precisa que gran parte de su sostenimiento depende de fondos propios de la orden, de donaciones de empresas y particulares, y de una tienda solidaria cuyos beneficios íntegros se destinan a los acogidos.

"La ropa que llega al centro se clasifica primero en la ropería interna para cubrir las necesidades de quienes viven allí o acuden al servicio de higiene, y solo después, la que sobra, se vende en la tienda", añade.

Desde San Juan de Dios hacen un llamamiento a empresas y particulares malagueños para que doten al centro de más donaciones, especialmente en los cambios de temporada, y reclama también más voluntariado, uno de los recursos más escasos y necesarios para sostener el centro, desde el comedor, la tienda y pasando por el propio servicio de higiene.

Una crisis habitacional que empuja

Sergio Cubero, trabajador social desde hace cinco años, observa que el perfil de personas atendidas no ha cambiado de forma drástica en los últimos años. Sí ha crecido, en cambio, el número de quienes llegan a situación de calle después de haber tenido empleo, empujados por la crisis de la vivienda.

"No es extraño que alguien pida una ducha excepcional para acudir aseado a una entrevista de trabajo, o que continúe trabajando sin contar a su empresa que duerme en la calle", añade.

Una voluntaria prepara ropa en la ropería.

Una voluntaria prepara ropa en la ropería. Amparo García

De la gestión del servicio de higiene, vestuario y lavandería se encarga, junto a otra compañera, Israel Aguilar, integrador social con 24 años en el centro. También atienden, cuenta, casos derivados directamente por la unidad móvil de calle cuando encuentran a personas especialmente cronificadas en esa situación.

El Observatorio de la Universidad de Málaga realiza recuentos anuales de personas sin hogar que, según Cortés, combinados con los datos de Puerta Única, "ofrecen una fotografía más completa" de la realidad malagueña que la que puede aportar un solo centro, aunque no lo suficiente.

"Muchas cifras se quedan en el aire. Hay quien vive en portales, quien pasa días en las urgencias de Carlos Haya refugiándose del frío o del calor... Eso pasa en Málaga", denuncia Fernández.

El estigma y la aporofobia

Preguntado por el rechazo social hacia las personas sin hogar, Cubero lamenta la existencia en pleno 2026 de la palabra aporofobia, "el miedo o rechazo hacia las personas pobres", y su compañero Israel señala también a cómo desde algunas instituciones optan por el denominado mobiliario hostil.

Bancos que están partidos en dos, "que ya no son bancos largos", una barrera más que las propias ciudades imponen sin ofrecer alternativa.

Así, Cortés reclama más inversión pública. "Que pueda ayudar a centros como este a dotarnos mejor, con más cobertura y más profesionales", pide. También más voluntariado, insiste, porque "es muy importante" para sostener la atención.

La demanda supera la capacidad del centro, a todos les gustaría poder ayudar aún más de lo que lo hacen, pero dan para lo que dan. Fernández reconoce que existe lista de espera y que buena parte de la presión llega de menores extranjeros no acompañados que, al cumplir la mayoría de edad, salen de los recursos de protección y se van allí a pedir, al menos, una ducha. "Ellos nos recomiendan entre ellos", dice.

Trabajadores del centro de San Juan de Dios.

Trabajadores del centro de San Juan de Dios. Amparo García

Dentro del centro, insisten Israel, Sergio y Marina, no se discrimina a nadie por sexo, ideología política o religión, pese a tratarse de una orden religiosa. Cuando coincide el Ramadán, los acogidos musulmanes lo celebran y se les adapta el horario de las comidas.

También celebran juntos la Navidad, el día de San Juan de Dios y la Nochevieja, con la mesa decorada y una cena especial, eso sí, "siempre sin alcohol".

Los peligros reales de la calle

Yesenia Cortés recuerda con crudeza algunos de los casos que ha visto con sus propios ojos, como el de varias chicas que mantenían relaciones sexuales a cambio de que otras personas que dormían en la calle las protegieran durante la noche.

Fernández insiste en que ese tipo de situaciones ocurren en Málaga "en cualquier esquina". Y la ciudad, dice, no debe mirar hacia otro lado. Como cuando hace un año trataron de prender fuego a una persona sin hogar. "Estas cosas tienen que ser intolerables", declara.

Sobre el peso de la salud mental y las adicciones entre las personas atendidas, Yesenia prefiere no hablar de una sola causa o etiqueta concreta. "Siempre decimos que hay problemáticas encadenadas: rupturas amorosas o personales, económicas, laborales, y de vivienda que se acumulan hasta desembocar, muchas veces, en un cuadro depresivo o en una adicción", sostiene.

Fernández lo resume de forma directa: vivir en la calle, con miedo constante a ser agredido o robado, genera depresión o ansiedad casi por definición, y caer en una adicción en esas condiciones es, dice, mucho más fácil de lo que parece desde fuera.

David charla con Sergio antes de la entrevista.

David charla con Sergio antes de la entrevista. Alba Rosado

Historias que marcan

Hay una historia que Fernández cuenta con especial cariño: una persona llegó al centro en una dramática situación de calle y, con el tiempo, acabó formando parte de la plantilla. Trabajó allí durante años, hasta que llegó su jubilación. "Es el mejor ejemplo de hasta dónde se apuesta por alguien en este centro", dice.

Así, también menciona cómo uno de los hombres acogidos en San Juan de Dios, compañero de David en su vivienda, atraviesa un proceso oncológico avanzado y donde una voluntaria que es médica jubilada le hace un seguimiento semanal.

"Tienen pasión con ella porque aunque hace tiempo que le tocó jubilarse, es todo corazón", relata. David habla de ella con pasión: "No las hay mejores".

La que más emociona a Cortés, y se le nota al contarla, es la de un hombre que había hecho un proceso de rehabilitación ejemplar en el centro y que, ya instalado en uno de los pisos, recibió un diagnóstico de cáncer de pulmón terminal.

Cortés lo acompañó a la cita con la oncóloga el día en que le dieron los resultados. Todo fue muy rápido a partir de ahí. Lo trasladaron de vuelta al centro para que pasara sus últimos meses rodeado de quienes lo conocían. Un empeoramiento repentino lo llevó finalmente al hospital, donde falleció.

Una imagen de los tres trabajadores sociales.

Una imagen de los tres trabajadores sociales. A.R.

Antes de morir, el equipo logró algo que él mismo se resistía a permitir, contactar con el hijo del que llevaba años separado y con la mujer de la que nunca llegó a divorciarse formalmente. Él se sentía culpable, decía que le había hecho daño a su familia y que no merecía volver a verla.

El equipo insistió, le recordó que su hijo tenía derecho a decidir por sí mismo, y finalmente lograron el reencuentro. "Nos encontramos a una mujer que lo adoraba y el hijo también quiso volver a verlo. Ambos llegaron a tiempo de despedirse de él. Se me ponen los vellos de punta recordando ese momento", dice Yesenia.

A Aguilar lo marcó un chico de poco más de 20 años que llegó al centro con un historial de consumo y de violencia muy graves, recién salido de prisión. Nadie sabía muy bien dónde colocarlo.

Fue tirando del hilo de su historia como Aguilar empezó a entender de dónde venía toda aquella revolución: unos padres consumidores, una madre que se prostituía para sostener el consumo de ambos, y un chico que a los 12 años decidió que ya no podía seguir viviendo así y se marchó de casa.

Recuerda el primer choque que tuvo con él, a la hora de comer, cuando descubrió que el chico no sabía usar una cuchara. "Era, digamos, un poco bruto comiendo. Se le llamó la atención, pero después supe que era porque jamás nadie le había enseñado algo tan simple como comer con cucharaa".

Por qué eligieron este trabajo

Los tres profesionales derrochan pasión y vocación mientras hablan de su rutina en el centro de acogida San Juan de Dios.

Cortés, que lleva 19 años en el centro, sitúa el origen de su vocación en su adolescencia. Conoció entonces a una trabajadora social cuya labor la marcó "muchísimo" y decidió que quería seguir su ejemplo. "Lo tenía clarísimo", repite.

Lo que no imaginaba, dice, es lo que iba a descubrir ya trabajando en el centro, que las personas a las que de joven veía sentadas en la puerta de un banco, y a las que ni siquiera miraba, tenían detrás una historia, casi siempre muy dura.

Cortés defiende la importancia de centros capaces de ayudar a esas personas a recuperar una vida digna. "Puede ser tu padre, tu hermano, tu sobrino, tu tío", dice. "Puede ser cualquiera de nosotros".

Los tres trabajadores sociales, en la puerta de San Juan de Dios.

Los tres trabajadores sociales, en la puerta de San Juan de Dios. A.R.

El propio David asegura que "nadie sabe lo que es pasar por aquí, hasta que lo vive de cerca". "Cuando yo trabajaba en El Corte Inglés, no me fijaba casi ni en el trabajo de mis compañeras limpiadoras. Ahora valoro cada detalle. Ayudo a todo el que puedo. Es muy doloroso", añade.

Cubero, con cinco años en el centro, tuvo clara su vocación de servicio desde niño. Cuando le preguntaban qué quería ser de mayor, descartaba de entrada cualquier trabajo de oficina. "Yo tenía claro que no quería un trabajo en el que tuviera que estar sentado sin trabajar con las personas", cuenta.

Hoy tiene mesa, despacho y ordenador. Pero asegura, con todo, que apenas los pisa durante su jornada laboral. "Mi trabajo es subir, bajar, salir a buscar a uno, sentarme a hablar con otro. Es exactamente lo que buscaba", añade.

Aguilar, el que más tiempo lleva en el centro, 24 años, llegó casi por casualidad. Estaba decidiendo qué estudiar, con la idea de orientarse hacia la rama biosanitaria, cuando le salió la oportunidad de trabajar en San Juan de Dios.

Se sacó su titulación mientras ya estaba dentro y lo que le enganchó, explica, fue descubrir que su propia experiencia, marcada por episodios complicados en su vida personal, podía convertirse en una herramienta para ayudar a otros.

Voluntarias organizan la despensa.

Voluntarias organizan la despensa. Amparo García

Haber pasado por dificultades similares, dice, le ayuda a ponerse en el lugar de quien tiene delante. Se ha quedado porque nunca pierde de vista que él mismo podría estar en la situación de cualquiera de los hombres a los que atiende en cuestión de minutos. "Me hace recordar de dónde vengo", confiesa, "y a dónde voy".

Tres años después de entrar por primera vez en San Juan de Dios, David tiene trabajo fijo, comparte piso y sigue definiendo al centro como su casa. A quien hoy vive lo que él vivió, dando vueltas en autobús para aguantar el calor, el frío o el miedo a la oscuridad de la calle, David solo le pide una cosa: que confíe en que, con ayuda y mucho trabajo, "se puede salir". "Si yo puedo ayudar a alguien, aquí me tiene", concluye.