Cuando era pequeño, esto es, hace 40 o 50 años, salir de Málaga capital rumbo a la Costa del Sol era un viaje a Europa. A mis padres siempre les gustó viajar, así que en vez de comprar el típico apartamento en el Rincón de la Victoria, como hicieron muchos malagueños de clase media, prefirieron conocer Londres, París o Roma, en compañía de mis tíos Berta y Pepe, disfrutando de la vida.
Así que los domingos enfilábamos la Costa, porque a mi madre le gustaba pasear y a mi padre conducir, y recuerdo con gratitud aquellas excursiones a Fuengirola, cuyo paseo marítimo les encantaba a ellos y a mi tía Anichi, y donde un pequeño pero curioso chaval de 8, 9 ó 10 años siempre obtenía alguna recompensa.
Mis padres veranearon en Los Boliches antes de que yo naciera, así que les gustaba Fuengirola mucho más que Torremolinos o Benalmádena. A Benalmádena sólo íbamos al Tívoli, en aquella Málaga que atraía turistas de toda Europa en verano, a ver conciertos y subirnos a sus atracciones.
Era maravilloso ver aquellos jardines tan bien cuidados, los pavos reales, escuchar los gritos nítidos procedentes de la montaña rusa, subir a los coches de época. Teníamos tan pocas cosas en Málaga que ir al Tívoli era un acontecimiento, y ahora que le espera un futuro inmobiliario no deja uno de pensar en todo lo que disfrutamos y sentimos en aquellas noches de veranos templados y ganas de vivir.
A Torremolinos nos acercábamos porque había restaurantes de comida internacional. Allí fuimos a uno de los primeros restaurantes chinos que se abrieron en Málaga, es decir, en Andalucía. Mi madre, con su desparpajo habitual, llamaba al dueño Pablito, y en nuestra primera visita, con mis hermanos y sus parejas, todos en caravana, se me ocurrió pedir huevos fritos con patatas, porque yo era muy delicado y penoso para comer y aquella carta me sonaba a chino, nunca mejor dicho.
Así que cuando Pablito me trajo unos “huevos fritos con patatas chinos” mi familia celebró con regocijo aquel inesperado sentido del humor del dueño, mientras probaban todos esos platos entonces inéditos y que ahora forman parte de la cultura gastronómica popular: rollito primavera, arroz tres delicias, cerdo agridulce.
Muchos años más tarde, mi mujer y sus amigas conocieron a un joven chino en Torremolinos, donde pasaban cada año alguna semana en el apartamento de los padres de una de ellas. El chico se les emperchó hasta el punto de presentarse un día sin avisar en el pueblo, Villanueva de Córdoba.
Posiblemente fuese el primer oriental en pisar aquella zona, y las chicas jarotas no sabían qué hacer con aquella visita tan sorprendente como difícil de esconder o camuflar. El joven enamorado se llamaba Pablo, y cuando supe de la historia no dudé en convertir al joven Pablo en el hijo del dueño del restaurante chino Pablito, una hipótesis probable y divertida. Ojalá algún día salgamos de dudas, pero mientras tanto defenderé mi propuesta a capa y espada.
En Fuengirola había un buffet libre autoservicio que era una delicia. Copado por turistas, el placer de comer todo lo que uno quisiera a un precio fijo y establecido de antemano me permitía atiborrarme de macarrones, mi comida favorita, beberme dos coca colas y repetir postres.
Unos años más tarde, en un viaje a París organizado por el Ayuntamiento, entré en un autoservicio creyendo que también se trataba de un buffet libre. Cuando estaba a punto de saciar el hambre de un muchacho de 19 años que había viajado dos días en autobús desde Málaga, observé que cada plato tenía su correspondiente precio. No sé cómo pude comer el resto del viaje, pero aquello me sirvió de experiencia para evitar futuras catetadas en el extranjero. No hay mal que por bien no venga.
Pero la joya de la corona de la Costa era sin duda Puerto Banús, lugar de peregrinaje de malagueños curiosos, destino al que llevábamos sin discusión y para impresionarlas a todas las visitas que llegaban a Málaga y que se quedaban en casa o cerca de casa. No había tantos hoteles como ahora, ni alojamientos turísticos, claro, y se hacía un turismo interior económico, familiar, en coche y con mucha paciencia.
Entonces, cogíamos a esos familiares de Mérida, o a las amistades de Canarias o Pamplona, y allá que nos íbamos a Puerto Banús, a pasear sin gastar, a ver los yates de los jeques árabes y los coches de lujo que sólo salían en las pantallas de nuestros televisores, en telediarios o series americanas de familias millonarias mal avenidas.
Volvía uno a Málaga con una mezcla de emociones: por una parte, se pasaba un buen rato y muchos de mis compañeros de clase en el colegio nunca hacían ese tipo de excursiones, pero por otra parte ya comenzaba a prosperar una cierta conciencia sobre la desigualdad, la opulencia y la buena vida de unos pocos, afortunados por haber nacido sobre un gigantesco yacimiento de petróleo.
Ya no hace falta ir a Puerto Banús para ver esos yates insultantes y fastuosos: los tenemos en el Muelle Uno, aquí al lado. Al panorama habitual de turistas con la piel quemada, hordas en chanclas y camisetas de tirantes, se une ahora ese escenario de fondo de la riqueza multimillonaria inalcanzable, sostenida sobre quién sabe qué cimientos.
Toda Málaga es ahora Puerto Banús, el paseo se repite con cucuruchos de helados italianos de diseño, admirando esa ostentación innecesaria, ahora escoltada por dos esculturas de bronce de dudoso gusto y estética de cartón piedra.
Toda la ciudad es, digo, un escenario de película veraniega, un decorado a gran escala, donde se gasta menos de lo que se quisiera, pero donde se admira el fruto brillante y podrido del ejercicio del poder económico y empresarial, como si los dueños de esos yates “ostentóreos”, que diría Gil y Gil, fuesen los nuevos Neptuno y Venus, tan de moda en la ciudad.
Hace 50 años éramos más ingenuos, pero sabíamos todos de dónde veníamos, a qué podíamos aspirar, y también que Puerto Banús estaba bien para una visita, pero que no era ni sería nunca nuestro sitio.
Ahora que Málaga sufre ese Síndrome de Puerto Banús, espoleada por sus autoridades más ínclitas y los fondos de inversión, ya sabemos que esta ciudad está muy bien para hacer una visita, pero que no es nuestro sitio ni lo volverá a ser. Siempre nos quedan los helados italianos, a precio de Puerto Banús, eso sí.