Después de la resaca de ayer por el ascenso del Málaga a Primera División, me he levantado con triple personalidad. Delante del café me he desdoblado en mi parte malagueña, malaguista y urbanista.
La Malagueña entra a la cocina sin llamar, abre la ventana y dice que aquí falta renovación del aire y las ideas. La Malaguista aparece con la bufanda al cuello, aunque estemos en junio, y pregunta cuánto falta para que empiece la Liga. La Urbanista no se sienta: despliega planos invisibles sobre la mesa, mira por dónde se mueve la gente, calcula tiempos, infraestructuras, y piensa en plazos de 10 en 10 años.
—¡Vamos a ver! —dijo la Malaguista, afónica aún tras la noche de celebración—. ¡Hemos subido a Primera! ¡Un poco de respeto al entusiasmo colectivo! Ahora no me vengáis con un funeral de tuberías, densidades y depuradoras.
—Perdona, hija —contestó la Malagueña—, pero una ciudad no se sostiene solo con entusiasmo colectivo. También hacen falta agua, energía, transporte, viviendas que no obliguen a la gente a hipotecar tres vidas y media, y un poco de sentido común para no echar del tablero a quienes mantienen la ciudad en funcionamiento.
La Urbanista, que cuando calla parece peligrosa, intervino con ese tono de quien no quiere aguarle la fiesta a nadie, pero tampoco está dispuesta a aplaudir una barbaridad estratégica.
—A ver si empezamos por separar los problemas —dijo—. Porque cuando se mezclan los afectos con las inversiones públicas, el pensamiento se vuelve muy blandito. ¡Y muy caro!.
La Malaguista frunció el ceño.
—¿Blando? ¿Caro? Hablas del Málaga Club de Fútbol como si fuera una afición de caprichosos y no un sentimiento compartido por todos los malagueños.
—No, mujer —respondió la Malagueña, más conciliadora—. Precisamente porque es un sentimiento compartido hay que tratarlo con respeto. Y tratarlo con respeto no es decirle que sí a cualquier cosa. También a los hijos se les quiere diciéndoles que no metan los dedos en el enchufe.
La Malaguista se quedó pensando un segundo.
—Yo quiero un estadio digno —dijo por fin—. Moderno, potente, preparado para que el club crezca. Quiero que el Málaga no vaya siempre con la lengua fuera y la escasez pegada al escudo. Quiero que esté a la altura de su afición, de su ciudad y del gran club que será ahora que ha conseguido sanearse por su buena gestión.
—Yo también —dijo la Urbanista.
—Y yo —añadió la Malagueña.
Hubo un pequeño silencio. De esos silencios útiles en los que se descubre que en realidad no hay desacuerdo en lo importante.
Porque el problema no es querer un gran estadio. El problema es creer que cualquier lugar vale, que cualquier fórmula de financiación vale y que cualquier prioridad pública vale, con tal de que la palabra MÁLAGA quede escrita grande y luminosa en una fachada nueva.
Y no. No todo vale.
—Un club no puede progresar si la ciudad que lo apoya no progresa al mismo ritmo. Y una ciudad progresa —retomó la Malagueña— cuando resuelve de manera inteligente las condiciones de vida de sus habitantes. Cuando piensa en términos de infraestructuras, movilidad territorial, agua, depuración y energía. Pero sobre todo, una ciudad progresa cuando trabaja para evitar que sus ciudadanos tengan que verse excluidos de ese progreso urbano. Porque si para trabajar en Málaga y no morir en el intento hay que pagar la mitad del sueldo en alquiler, o tener que heredar para poder comprar, entonces no se construye una ciudad, sino un filtro social con vistas al mar.
—Qué dramática eres —dijo la Malaguista.
—No. Dramático es tardar dos horas en ir y volver del trabajo porque no puedes vivir donde trabajas —respondió la Malagueña—. Dramático es que te hablen de desarrollo económico de la ciudad mientras te ves obligado a organizar la vida desde la fatiga. Dramático es que quienes trabajan en hoteles, atienden comercios, nos cuidan en los hospitales, forman a nuestros hijos, sirven cafés, levantan persianas cada mañana o encienden un ordenador, tengan cada vez más difícil seguir viviendo en Málaga y su territorio metropolitano.
La Urbanista asintió con esa gravedad de listilla que tiene la mala costumbre de llevar razón.
—La movilidad —dijo— es la forma más silenciosa de desigualdad. La ciudad que obliga a los suyos a vivir lejos y a emplear demasiado tiempo en atascos y desplazamientos individuales está fabricando desigualdad. El tiempo en desplazamientos es tiempo que no se invierte en formarse más y mejor, en conciliar, en descansar y en aspirar a algo más que sobrevivir. Dos horas diarias dan para estudiar unas oposiciones o un MBA y mejorar laboralmente.
La Malaguista bufó, pero ya sin furia.
—Muy bien. Todo eso está muy bien. ¿Y el estadio qué? Porque tampoco me vais a pedir que el Málaga juegue en un estadio que se le ha quedado pequeño. Hay más lista de espera para sacarse un bono que para una VPO.
—No —dijo la Urbanista—. Lo que le pedimos a la afición es que no juegue en fuera de juego.
Y entonces llegó la cuestión que las tres llevaban rato rodeando, como quien da vueltas a una farola para no darse de frente con ella.
La Rosaleda.
O, mejor dicho, la idea de que La Rosaleda del siglo XX, incrustada donde está, deba seguir siendo la respuesta al equipo del siglo XXI.
—Mira, yo entiendo el arraigo —dijo la Malagueña—. Lo entiendo perfectamente. Hay sitios que no son solo sitios. Son memoria. Son biografía. Son domingo. Son padre, hermana, bocadillo, ascenso, descenso y esa educación sentimental que solo dan los estadios cuando una ciudad aprende a reconocerse en ellos.
—Gracias —dijo la Malaguista, llevándose la mano al corazón.
—No he terminado —contestó la Malagueña—. Precisamente porque lo entiendo, sé que no se puede usar el arraigo como argumento absoluto. Hay edificios que pertenecen tanto al pasado, que honrarlos bien consiste en dejar de exigirles funciones que ya no pueden cumplir sin castigar a la ciudad y su futuro.
La Urbanista recogió la idea al vuelo.
—Los estadios de hoy ya no son solo estadios. Son infraestructuras complejas. Mueven personas, mercancías, eventos, logística, seguridad, aparcamientos, transporte público, actividad económica y fricción urbana. Para que no sean un pozo sin fondo para quien los financie, tendrán que funcionar muchos más días que los de partido. Y para eso necesitan una localización compatible con esa intensidad.
—¿Hablas de Teatinos? —preguntó la Malaguista.
—Hablo de Teatinos —respondió la Urbanista—. O, si te gusta más el lenguaje administrativo, la parcela dotacional de la ampliación de la Universidad. Es una ubicación que se sitúa en el área de crecimiento natural de la ciudad. Un lugar con mejores condiciones para pensarse estratégicamente, desde la movilidad, las conexiones y la ciudad del futuro.
—Te conozco como si fueras yo misma—dijo la Malagueña—. Tú tienes algo en la cabeza….
—Puñetera —respondió la Urbanista—. Pues mira, sí que lo tengo. ¿Tú sabes cuál es una opción que siempre he pensado que estaría a la altura de los retos de una ciudad como la nuestra? Los Asperones.
—¡¿Los Asperones??!!! —saltaron las otras dos sorprendidas.
—Pues mira, sí —respondió la Urbanista—. Una ciudad como Málaga, que aspira a ser capital de muchas cosas, no puede permitirse un núcleo chabolista como los Asperones. Abordar ese reto urbano y social, exige un pensamiento a la altura del problema. Los Asperones están en una zona muy bien conectada. Ahora que se está redactando el nuevo Plan General de Ordenación Municipal, se pueden contemplar las infraestructuras necesarias para extender allí el transporte colectivo de alta capacidad, además de mejorar los accesos y la conexión con el entorno. A fin de cuentas, el suelo de la actual Rosaleda es público y, ¿qué mejor lugar para ubicar vivienda protegida, integrada con otros usos, para quienes más lo necesitan? Es solo una opción…ahí lo dejo.
La Malaguista, que no es tonta, fue rápida.
—¿Y la afición? ¿La vas a sacar de su estadio de toda la vida?
—El primer campo de fútbol de Málaga estaba en los Baños del Carmen, te lo recuerdo—dijo la Urbanista—. Si no se hubiera cambiado su ubicación, el primer Club de Fútbol no habría pasado de un equipo local de aficionados. Para tener deseos ambiciosos hay que tener pensamientos ambiciosos. Lo que sería un disparate es seguir forzando, en la ubicación actual, un modelo de estadio que pide otra escala, otro encaje y otra lógica territorial.
La Malagueña entró entonces donde más le dolía el asunto, porque era ella, como contribuyente, la que pagaba la fiesta.
—Y además hay una cosa que me reconcome… el bolsillo. Yo no quiero que Ayuntamiento, Diputación y Junta de Andalucía pongan cerca de 300 millones de dinero, que pago con mis impuestos, para generar unas plusvalías futuras que puedan acabar capitalizando propietarios privados del club, sean los actuales, los venideros o los reencarnados. No quiero que el dinero público haga de agencia de revalorización de unos accionistas mientras a los ciudadanos se nos pide paciencia para todo lo importante.
—¡Pero el Málaga es de la ciudad! —replicó la Malaguista.
—El sentimiento, sí —respondió la Malagueña—. La propiedad, no. Y conviene no confundir una cosa con la otra.
Aquello dolió, porque era verdad.
—A ver, chicas, no os enfrentéis, porque aquí se trata de que cada uno asuma su responsabilidad. Las administraciones están para servir al interés general. Si las tres Administraciones propietarias del estadio tienen los 300 millones que dicen que tienen para la renovación del campo de fútbol, que dejen de hacerle el trabajo al Club y los comprometan en inversiones concretas en aquello que solo los organismos públicos pueden hacer: infraestructuras, movilidad metropolitana, y política de vivienda. Que inviertan en coser el territorio. ¿Quién lo hará si no? Que trabajen para los malagueños. Por su parte, que el Club trabaje para su afición, creando un proyecto de negocio para una nueva instalación que, si ha de ser moderna y rentable, tendrá que encontrar también fórmulas propias de explotación y retorno. Porque si el modelo no fuese rentable…¿qué sentido tiene que lo financien los contribuyentes? Los retos que afrontamos como ciudad exigen análisis responsables que no mezclen las churras con las merinas. Afición con financiación.
—O sea —resumió la Malaguista—, que me estás diciendo que sí al estadio, pero no así.
—¡Exactamente! —dijeron las otras dos al mismo tiempo.
Y en ese momento pasó algo importante: dejaron de discutir sobre si querían cosas distintas porque en realidad, las tres querían lo mismo. Todas querían futuro.
La Malaguista quería futuro para el club.
La Malagueña quería futuro para la ciudad.
La Urbanista quería que ninguno de esos futuros se construyera a costa del otro.
—Un club fuerte necesita una ciudad fuerte —dijo la Malagueña, ya más tranquila—. Una afición movilizada necesita un territorio que funcione. Un estadio del siglo XXI necesita una Málaga del siglo XXI, no una foto retocada de lo que fuimos.
—Y una ciudad abierta —añadió la Urbanista— no es la que dice sí a todo, sino la que sabe distinguir entre deseo, necesidad y prioridad. Málaga ha sabido crecer porque ha tenido ambición. Ahora necesita demostrar que también tiene criterio para establecer una jerarquía justa ante los retos que debemos afrontar.
La Malaguista miró por la ventana, como si pudiera verse desde allí el estadio ideal.
—Creo… —dijo despacio— que la afición merece un club, a la altura de la ciudad que lo hizo renacer. Y el club necesita una ciudad, a la altura de su proyecto empresarial.
—¿Ves cómo estamos de acuerdo? —dijo la Malagueña.
—No te acostumbres —contestó la otra.
Nos reímos las tres. Porque sí, aunque parezca mentira, una puede reírse en plural.
La Malaguista fue la última en terminar su café.
—Que conste que yo sigo queriendo un estadio espectacular.
—Y yo —dijo la Malagueña.
—Y yo —dijo la Urbanista.
Entonces nos quedamos calladas. No por falta de argumentos, sino porque teníamos claro aquello a lo que las tres aspirábamos: un club con proyecto, y una ciudad con criterio.
Quizá la mejor manera de apoyar al equipo del Málaga, y de respetar a la sociedad de Málaga, no consista en gastar a lo grande, sino en pensar a lo grande.