La semana pasada les conté cómo una inteligencia artificial me regaló superpoderes durante cuarenta y ocho horas y cómo un gobierno me los apagó. Hoy quiero mirar el reverso de aquella historia: no quién controla la inteligencia, sino dónde se está acumulando el dinero que la mueve. Y para eso conviene empezar por un cuadro.
En el Museo del Prado cuelga una de las imágenes más perturbadoras que pintó nunca un español: Saturno devorando a su hijo. Goya la pintó ya viejo y sordo, en la pared de su propia casa.
El dios, aterrado de que uno de sus hijos lo destronara como él había destronado a su padre, los devora uno a uno. Es el poder que, por miedo a ser superado, se come a su propia descendencia.
Me he acordado de Goya estas semanas, leyendo dos noticias que el mercado ha querido contarnos a la vez. Cuando ves El sueño de la razón produce monstruos y piensas en los destrozos que los iluminados salva patrias han hecho en defensa de la luz, la razón, el progreso y la ciencia. La Ilustración ha engendrado lo peor.
En defensa de la ciencia, la razón y progreso, se masacró la población francesa y luego media Europa, la Guerra de Vendée, aplastarlo todo por la razón y la nueva sociedad, qué miedo, guerras constantes, invasiones, ocupaciones, exacciones y represiones en países como España, Italia, Alemania, Países Bajos.
Pero allí sigue el campeón en Les Invalides. Esta semana, para colmo van y tiran otra vez más cada uno por un lado con lo del FCAS, el caza de combate europeo. Divide y vencerás. Hay que ser membrillo. La Ilustración promovió la idea de soberanía nacional (el pueblo, no el rey, como fuente de poder) y eso bien manipulado ayudó a los anglos a reventar todos los imperios multiétnicos, plurilingües, multiculturales, incluyendo Persia (están en ello) y Rusia (que resiste a duras penas mientras le desgajan trozos, ora Crimea, ora parte de Ucrania, ora Moldavia, ora las Bálticas).
Fomentó identidades cerradas y enemistades entre estados. El nacionalismo es hijo de la Ilustración, preparó el terreno para conflictos futuros (guerras del siglo XIX, y luego las grandes guerras del siglo XX), contribuyó a la exclusión de minorías, colonización y justificación de dominaciones.
El racionalismo mató el alma, el espíritu, lo trascendente, lo humano. Fomentó el materialismo y el utilitarismo. El ideal de razón universal aplicada sin suficiente respeto machacó tradiciones locales, culturas específicas, religiones, identidades históricas.
Y así se perpetraron masacres y genocidios con filipinos, con congoleños, con tanzanos, con armenios, con judíos, con apaches, sioux, comanches, aborígenes australianos, y ahora palestinos. Un soldado israelí ha disparado un tiro en la cabeza a un bebé de 7 meses en los brazos de su madre que viajaba de Belén a Hebrón. Un trayecto que yo mismo había hecho con mi familia hace 3 años.
En Francia y otros países, se intentó recrear la sociedad desde la razón, destruyendo estructuras antiguas de forma abrupta. Esto generó resistencias sociales, conflictos entre sectores tradicionales y modernos, sentimiento de imposición cultural desde el poder. A nosotros aun nos quedan afrancesados a los que todo lo de fuera siempre les parece mejor que lo propio.
Despotrican de nuestra casa, pero no callan ni se van ni con agua caliente. Esto es un asco, pero me quedo y me encanta. La idea de que la Ilustración y la “civilización” eran superiores a otras culturas se usó para colonizar territorios en América, África y Asia, presentar la dominación como una tarea de “civilizar” y “ilustrar”.
Y de ahí a llevar la democracia a Corea, Vietnam, Afganistán, Iraq, Libia, Serbia, Ucrania, Cuba, Filipinas y Puerto Rico, un lugar del que te pueden llamar a filas, pero no puedes votar, o recientemente Venezuela, Siria donde recortamos las barbas y ponemos corbata a los terroristas que nos sirvieron y donde Turquía (un país OTAN) e Israel (un país que manda en EEUU) se van a enfrentar. ¡Qué miedo!
Me decía mi admirado colega Benito de Congelados de Navarra que no quería hablar de IA que quería hablar de Geopolítica, yo le entendí, pero para mí era lo mismo.
Soy un fanático de la ciencia, la tecnología y la innovación, pero nunca serán un fin, el fin es el hombre, y la Creación, la meta humanista, la comunidad y el bien de las generaciones que nos suceden por encima del interés material o individual de esta. Tú como yo. Nosotros antes que yo. Nosotros como vosotros. Toda una comunidad. Que les den a Voltaire y a Rousseau que engendraron a Fouché y a todos los miles de emuladores que tiene.
Una avioneta sobrevoló San Francisco arrastrando una pancarta de tres palabras —«el software ha muerto»—, pagada por una empresa emergente de inteligencia artificial. No era solo una boutade. Las acciones de las grandes del software —Salesforce, Servicio, Workday, las que durante quince años se comieron el mundo— han caído un tercio en lo que va de año, y el conjunto del sector en el índice S&P 500 ha perdido una cuarta parte de su valor desde octubre.
Hace quince años, en un ensayo que se hizo célebre, Marc Andreessen proclamó que «el software se está comiendo el mundo». Y diría que el nuevo mundo, “todos somos IT”, se está comiendo al software.
El miedo de hoy, dicen en Silicon Valley, es que haya empezado a comerse a sí mismo: los agentes de inteligencia artificial no necesitan, como el software de siempre, pagar por cada usuario; atraviesan en horizontal los compartimentos que las grandes tardaron décadas en construir; y permiten que un bufete, un banco, o una pyme de alta tecnología como la nuestra se fabriquen en casa las herramientas que antes alquilaban.
El mayor despacho del mundo, Kirkland & Ellis, ha anunciado que invertirá quinientos millones de dólares en construir las suyas. Nosotros necesitamos mucho menos, ni un 1% de las ventas para multiplicar por 2 la productividad. Saturno, en la nube.
Conviene ver de dónde viene el ataque, porque no es uno solo. Los grandes laboratorios —los que fabrican modelos como el que a millones nos apagaron en 48 horas— ofrecen ya asistentes que cosen entre sí los programas y dejan a las viejas aplicaciones convertidas en simple fontanería.
Una camada de empresas nacidas con la inteligencia artificial ataca de frente cada feudo: Harvey, que fabrica herramientas legales y ya vale once mil millones de dólares, inquieta a los gigantes del software jurídico; Serval, con apenas dos años y mil millones de valoración, apunta a ServiceNow. Y el modelo de negocio sobre el que se levantó toda esta industria —cobrar por cada empleado que usa el programa, por cada «asiento»— se tambalea cuando el que trabaja es un agente que no se sienta en ninguna silla.
La que ayer parecía una herramienta deslumbrante corre el riesgo de volverse cañería. Un amigo y CEO de una empresa de la que soy consejero me decía que se cuestionaba si necesitaría SAP en el futuro. Así están las cosas.
La segunda noticia parece contradecir a la primera, pero la completa. El mismo mercado que defenestra al software acaba de coronar a SpaceX con la mayor salida a Bolsa de la historia: la venta del 5% de la compañía recaudó setenta y cinco mil millones de dólares, la valoró en torno a dos billones y convirtió a Elon Musk en el primer billonario del planeta.
¿La empresa? Una que el año pasado ingresó 18.700 millones y perdió cerca de cinco mil. Más de 90 veces las ventas. Una burrada. Huimos de quien gana dinero y nos arrojamos a los pies de quien lo pierde. Antes de gritar «burbuja» —el diagnóstico fácil, y puede que equivocado—, conviene hacerse la única pregunta que de verdad importa: si el valor abandona el software, ¿adónde demonios se están yendo?
Me preguntó mi colega Xoan, un empresario y líder gallego admirable, si yo iba a suscribir en la IPO de SpaceX. Rotundamente no querido Xoan. Me acordé de NTT (febrero 1987) — el caso de manual que confirma el dicho (IPO = Its Probably Overvalued). Es la advertencia perfecta. Salió en plena burbuja japonesa y las acciones se dispararon tras empezar a cotizar en febrero de 1987, más que duplicándose para abril y tocando en mayo un máximo de unos 348.000 millones de dólares — convirtiéndola en la empresa más valiosa del mundo, por encima de IBM.
El PER rondaba los 200 veces beneficios, lo que delataba una burbuja masiva. Quien compró en la colocación o en el pico nunca recuperó: el Nikkei tardó ¡¡¡16 años!!! en volver a niveles de 1989, y NTT jamás recuperó aquella valoración.
La IPO de NTT, de hecho, se interpreta hoy como el detonante del frenesí minorista que precedió al pinchazo. Me acordé de cuando MbS decidió invitar al mundo a invertir en su joya. Saudi Aramco (diciembre 2019). Colocó a 32 riyales por acción (8,53 dólares), valorando la compañía en 1,7 billones, por debajo de los 2 billones que quería MbS. Fue una IPO esencialmente doméstica: la mayoría de los analistas e inversores internacionales no creían que valiera 1,7 billones, por lo que dieron un rotundo "no, gracias" a la oferta. A comienzos de 2026, las acciones cotizan en el rango de 25-30 SAR, por debajo del precio de IPO de 32 SAR y muy por debajo del máximo post-IPO de ~38 SAR. En precio puro está en negativo siete años.
¿Se acuerdan de “Antes alemana que catalana”? Pues el Sr Rato (que pagó el pato) y sus colegas que participaron y se salieron de rositas, vendieron Endesa a Enel que había salido a bolsa en noviembre 1999 — mediocre, confirma en lo esencial. Las acciones se colocaron a 4,30 euros en la mayor privatización italiana. La rentabilidad total (con dividendos reinvertidos) era de +31% en euros a mayo de 2026 desde el precio de colocación ajustado. Suena positivo hasta que lo anualizas: ~1% al año durante 27 años, destruyendo valor frente a la inflación y muy por debajo de su índice. A cinco años, Enel estaba un 16% por debajo. Otra decepción para el pequeño accionista.
Me acordé de Cisco antes de marzo del 2000. Juntando ambos análisis: el historial de Musk dice que es capaz de generar el mayor retorno de IPO de la era moderna (Tesla), pero también que mezcla su patrimonio entre vehículos (SolarCity→Tesla, xAI→SpaceX) y que su control total reduce los contrapesos.
SpaceX combina lo mejor (dominio real del lanzamiento, Starlink ya rentable) con lo peor según las bases históricas: capital-intensiva, valoración que descuenta una narrativa de IA orbital aún no probada, y una valoración de ~2,1 billones para una empresa con ingresos de 18.700 millones y pérdidas netas de 4.900 millones el año pasado. No lo veo.
Llamadme sinófilo, pero hay dos IPOs que no han engañado al inversor. Alibaba (septiembre 2014). Quien entró al precio de colocación de 68 $ (institucionales) lo hizo razonablemente bien: la acción tocó 312,87 $ en octubre de 2020 y hoy ronda 130-140 $, todavía cómodamente por encima de 68.
ICBC (2006) El banco chino es uno de los mejores resultados de las mega salidas: los cinco con mayor rentabilidad total —Visa, Meta, AIA Group, ICBC y General Motors— son todos financieras, tecnológicas o consumo, mientras que los cuatro peores abarcan energía, telecomunicaciones y utilities. ¿Podría ser porque los chinos, perversos antidemócratas, ponen el interés general por encima del particular y no van a colar un gol al pequeño ahorrador despistado?
Hagamos justicia a la prudencia. No todo el desplome del software es culpa de la inteligencia artificial. Buena parte es simple resaca: tras el atracón de gasto digital de la pandemia, la inversión empresarial en software bajó del doce por ciento anual al ocho. El código que escriben las máquinas es todavía, con frecuencia, lo que un ingeniero llamó con sorna slopware, chapuza presentable.
Y los gigantes destronados tienen tesoro: Salesforce, SAP, ServiceNow y Workday generaron juntos casi treinta mil millones de dólares de caja el año pasado. Hay incluso una paradoja que lo cambia todo. En 1865, el economista William Stanley Jevons observó que las máquinas de vapor más eficientes no redujeron el consumo de carbón: lo dispararon, porque abarataron su uso.
Lo mismo puede ocurrir con el software: si la inteligencia artificial abarata radicalmente fabricarlo, puede que el mundo compre muchísimo más, no menos. La «muerte del software» podría ser, en realidad, su mayor festín. Pero —y aquí está la clave— no para todos por igual.
Porque lo que de verdad está pasando no es una muerte ni una burbuja: es una mudanza. El valor se desliza hacia abajo, por las capas de lo que en la jerga llaman «la pila». Se abarata la aplicación, el programa listo que usábamos; sube el valor hacia los modelos, hacia los laboratorios que fabrican la inteligencia; y, sobre todo, baja hacia el sustrato físico de todo: el cómputo, el chip, la refrigeración, la energía.
La prueba está en las cotizaciones. Mientras Salesforce cae un tercio, los tres grandes de la ciberseguridad —CrowdStrike, Fortinet, Palo Alto— suben de media un cincuenta y dos por ciento, porque las empresas gastan más para defenderse de los piratas que también usan inteligencia artificial. Snowflake, que gestiona datos, subió un treinta y seis por ciento en un solo día. El dinero abandona lo ingenioso y abraza lo escaso.
Y nadie lo confiesa con más claridad que SpaceX, aunque sea sin querer. ¿Qué compran los inversores que pagan dos billones por una empresa que pierde dinero? Compran, sobre todo, una promesa: la de poner centros de datos en órbita. El argumento es revelador. Los gigantes de la nube gastarán este año unos ochocientos mil millones de dólares en construir centros de datos en tierra, y se topan con un muro: faltan electricidad y maquinaria, los vecinos protestan y varios estados de Estados Unidos prohíben ya levantar nuevos.
En el espacio, dice Musk, el sol es abundante y no hay vecinos a quienes molestar. Tradúzcanlo: la mayor apuesta del mercado en inteligencia artificial no es un algoritmo, es un enchufe. El cuello de botella de la era que viene no es el ingenio: es el megavatio. No es la primera vez que se sueña con dar servicios desde la órbita; en la burbuja puntocom varias empresas intentaron llevar internet al cielo, como Iridium, y todas quebraron. Puede que esta vez sea distinto, o puede que sea la tulipomanía de 1637 con cohetes; ya saben que hasta Newton perdió una fortuna en la Compañía de los Mares del Sur y dijo que sabía calcular el movimiento de los astros, pero no la locura de los hombres.
Lo interesante para nosotros es lo que esa mudanza significa. Si el valor se hunde hacia la energía, el juego se traslada por fin a un terreno donde España tiene cartas. No vamos a fabricar el próximo Salesforce; en la capa de aplicación, Europa apenas existe. Pero sol, viento, suelo y una red capaz de dar electricidad abundante y barata, eso sí lo tenemos.
Y el capital ya lo ha visto: Amazon ha elevado a 33.700 millones de euros su inversión en centros de datos en Aragón —la mayor inversión extranjera de la historia de España, anunciada en marzo en Barcelona—; Microsoft levanta una primera fase de 300 megavatios, Blackstone un campus de 500 en Zaragoza, Repsol comprometió otros cuatro mil millones. Lo que SpaceX quiere ir a buscar a la órbita —energía sin vecinos enfadados— lo tenemos en los Monegros si resolvemos de una vez el almacenamiento.
Pero conviene no confundir la mina con la fortuna. El imperio español sacó de Potosí la mayor veta de plata del mundo, y el valor —la banca, la manufactura, la industria— se acumuló en Génova, en Amberes, en Londres, no en Castilla. Fuimos riquísimos en materia prima y pobres en lo que con ella se construía. El riesgo de hoy es idéntico, y tiene nombre: ser la colonia de centros de datos de Europa, poner la luz, el suelo y el agua para que el valor —los modelos, el software, los datos, los beneficios— se capture, otra vez, en otra parte. Hospedar los servidores del mundo no es tener una economía digital: puede ser la forma más cara de no tenerla.
¿Qué hacer, entonces, para que la plata se quede a fabricar algo aquí? Tres cosas. Vender la energía como lo que es —no «tenemos sol», sino «tenemos el enchufe que a California le falta»— y convertirla en política industrial, no en folleto.
Acompañar cada gran inversión en el «ladrillo» de los centros de datos de una contrapartida que nos suba por la pila: cómputo reservado para empresas y universidades españolas, formación de ingenieros, investigación, propiedad intelectual propia. Y no comprar el titular fácil del inversor. La salida a Bolsa de SpaceX se diseñó con una proporción inusual de pequeños ahorradores, y los índices han cambiado sus reglas para que los fondos compren la acción casi en automático: parte de su pensión, lector, depende ya de los sueños de Musk. Distingan siempre el valor real —la tubería que cobra peaje, la energía, el dato— del relato deslumbrante.
Goya pintó a Saturno comiéndose a sus hijos por miedo a ser destronado; el viejo software se devora a sí mismo por la misma razón, y puede que sobreviva, porque cuanto más barato sea fabricarlo, más se comprará.
Pero el dinero ya no mira la cara amable del programa: mira el enchufe. Cuidado con los iluminados y el sueño de la razón. SpaceX quiere irse a la órbita a buscar la electricidad que en la Tierra se ha vuelto oro, y España tiene esa electricidad, barata si la almacena. La cuestión, la de siempre, es si esta vez nos quedaremos con algo más que el papel de mina. Porque tener Potosí no fue nunca lo mismo que tener la fortuna, y el reino del kilovatio solo será nuestro reino si, además de la luz, aprendemos a almacenarla masivamente y encender el fuego.