Juliano “el Apóstata” se crió entre dos fuerzas irresistibles: una, la de su primo el emperador Constancio, que lo mantuvo en prisión domiciliaria durante toda su niñez, prohibiéndole incluso las visitas.

La otra, la Iglesia, recién elevada por Constantino el Grande, que le dio una educación cristiana y agresivamente antipagana. De resultas, Juliano se las ingenió para leer a los filósofos griegos e incluso para tener profesores neoplatónicos a escondidas, y cuando ascendió al trono después de enfrentarse a Constancio, restauró el paganismo.

No duró mucho la aventura, porque Juliano murió joven, pero aquello era un hereje. ¡Uno de verdad! Y la Historia nos ha dado agitadores de la fe incluso más célebres, como Darwin o Galileo, aunque la tenacidad y la honestidad de Juliano entre creencias y obra tienen un tinte romántico irresistible.

Como en los malos divorcios, la Iglesia ha estado desde el principio enfrentada a la ciencia. Durante cientos de años ambas lucharon por la atención de la Humanidad, y en esa pugna siempre hubo herejes que amenazaban con difundir ideas propias y con sus concepciones novedosas del Universo.

Pero esta batalla, que nunca fue entre el bien y el mal, se apaga. Porque a los ciudadanos de a pie les fascinan igual de poco el traslado de los restos de un santo que los avances contra la progeria. Así que lo que no han conseguido epidemias, guerras ni oraciones lo ha propiciado, a una velocidad de vértigo, el avance tecnológico.

El papa León XIV ha presentado su primera encíclica sobre inteligencia artificial, un documento titulado Magnifica Humanitas, centrado en “salvaguardar a la persona humana en el tiempo de la IA”.

A tener en cuenta que no es un texto de advertencia tardía ni una condena exaltada, y que no lo hizo solo, porque sentado en primera fila estaba Christopher Olah, representante de Anthropic, la misma empresa tecnológica que contrató a un sacerdote para ayudar a escribir la Constitución de Claude, su modelo de IA.

Esto supone un cambio trascendente, y probablemente no solo de imagen. Si el gran conflicto del siglo XIX y buena parte del XX fue entre religión y ciencia, entre fe y razón, entre el dogma y el método experimental, ahora la cuestión se dirime entre quienes creen que la aceleración tecnológica es un valor en sí misma y quienes piensan que hay cosas que no pueden ni deben optimizarse.

Se trata del humanismo, en su sentido más amplio, frente al aceleracionismo. Y en ese segundo bando conviven, sin duda con reparos y cierta resignación, tanto la tradición religiosa como buena parte del pensamiento laico crítico.

Frente a gobiernos que van varios pasos por detrás de esa tecnología que intentan regular y grandes tecnológicas demasiado comprometidas con sus propios resultados como para arbitrar el proceso, el Vaticano se ha postulado con decisión para ocupar el espacio de la reflexión moral de largo alcance. De hecho, ya actúa internamente: sus directrices sobre IA entraron en vigor en 2025 y obligan a identificar los contenidos generados por inteligencia artificial, prohibiendo usos contrarios a la misión de la Iglesia.

Para los creyentes, es un movimiento esperanzador. Para los laicos, al menos una declaración de intenciones, especialmente en lo que se refiere a su acercamiento a Anthropic, la empresa que defiende modelos de IA basados en límites y prudencia ética.

Al final, lo que no lograron la Ilustración ni el racionalismo lo ha conseguido un algoritmo: que la institución que durante siglos consideró herejes a quienes afirmaban que la Tierra es redonda ahora salga en defensa nada menos que del pensamiento.

La que prohibió enseñar a los filósofos de Atenas, advierte ahora contra las máquinas que escriben libros sin entenderlos, reivindicando que seamos nosotros, profundamente humanos y falibles, quienes confiemos en nuestras propias ideas.

Nos estamos quedando sin herejes. Con lo que no contábamos, es con que la Iglesia fuera la primera en echarlos de menos.