Pedregalejo fue un barrio marinero hasta que dejó de serlo. Hasta que la pesca artesanal de los marengos que lo construyeron fue inviable y, a comienzos de los años ochenta, se construyó el paseo marítimo y los espigones que protegen la estrecha playa que había quedado delante de sus casas, batidas por el mar al menor temporal de Levante.
Después de esto, la actividad marinera quedó reducida a los club de remo con base en sus calas, la práctica del pádel surf, y un señor que lleva once años construyendo una réplica del bergantín Gálveztown en la esperanza de acabarlo antes de que Trump le declare la guerra al Reino Unido.
Desde entonces, Pedregalejo ha ido experimentando una constante y cada vez más acelerada transformación hacia un barrio de uso turístico, donde los tradicionales chiringuitos sobre la arena han sido sustituidos por los bares y restaurantes que ocupan las casas de sus antiguos moradores.
Nadie es tonto y muchos han visto la posibilidad de hacer negocio con unas viviendas construidas donde y cómo se pudo, y en las que a ninguno de esos guiris que se sienten atraídos por el pintoresquismo de esas humildes edificaciones se les ocurriría pasar un invierno.
De los aproximadamente cien edificios que ocupan la primera línea de playa entre los Baños del Carmen y el arroyo Jaboneros, treinta y cuatro son bares o restaurantes, que ya no están vinculados a la desaparecida pesca artesanal.
Paralelamente al cambio de uso, las antiguas viviendas también se han ido transformando. La antigua ley sobre Costas de 1969 declaró la titularidad pública de las playas, pero no reguló gran cosa; lo que permitió que muchos de los propietarios de esas viviendas, o sus herederos, aprovecharan la mejora de sus condiciones económicas para echar abajo sus insalubres casitas de pescadores y construir otras más amplias y habitables.
De este modo, todo el barrio empezó a aumentar su altura al amparo del Plan General de 1983 y se fue renovando con edificaciones de planta baja más una. Y, dependiendo de los gustos de los propietarios y el arquitecto, cubierta inclinada o casetón de salida a la cubierta.
Casetón que no es una segunda planta y que, a poco que realicemos una inspección con Google Maps, poseen el 90% de las edificaciones para aprovechar la terraza como solárium.
Empezando, y solo por poner un ejemplo, por los apartamentos turísticos de la segunda línea de playa que se anuncian con terrazas con vista al mar, mientras que en el solar de la miserable casa de pescadores de 1930 que tienen delante no le construyan nada que pase de los escasos dos metros y medio de altura actuales.
Y es que esta es otra circunstancia que también ha cambiado. En el barrio de pescadores de Pedregalejo, de tradicional vocación marinera, no había existido una mísera fonda hasta los años ochenta.
Pero hoy, una búsqueda en el portal de Booking, arroja 68 ofertas de apartamentos turísticos en la zona situada por debajo de la calle Bolivia entre los Baños del Carmen y el arroyo Jaboneros. A casi trescientos euros la noche en temporada alta, ya lo habrían querido ver los marengos de antaño.
¿Qué queda entonces de aquel barrio original? Una trama urbana singular, de calles estrechas y paralelas a la orilla del mar a una distancia que hoy en día sería imposible. Una configuración urbana que debe ser preservada porque es la realmente representativa de la idiosincrasia de ese barrio, aunque la vinculación a la actividad pesquera de antaño haya desaparecido.
Con todo esto, al amparo de la Ley de 1988 se estableció el deslinde marítimo terrestre en la zona de Pedregalejo y la primera línea de edificios quedó dentro de la zona de servidumbre de protección, donde no está contemplado el uso residencial y mucho menos el aumento de volumen, altura o superficie de las viviendas anteriores a la ley.
En consecuencia, si preguntas si puedes ampliar la casita que has heredado dentro de dicha zona de servidumbre, la respuesta es no, y nadie te está engañando.
Pero, si la pregunta es si puedo construir una instalación hostelera vinculada a la actividad que se desarrolla en la playa (tomarte las cervezas después de bajar a la playa y antes de subir al apartamento que te han alquilado con vistas al mar desde la terraza a la que se sube por un casetón situado sobre la planta primera) la respuesta es sí conforme al artículo 25 de la misma ley y te riges por el Plan General de Ordenación Urbana, que establece la altura edificable en planta baja más una y casetón.
Exactamente igual que el desaparecido restaurante Casa Pedro, ante cuyo pasado abandono se movilizó el barrio, reclamándolo como signo de identidad. Y nadie te está estafando si tú antes no lo has preguntado o si no has conseguido vender tu herencia durante años por el dinero que pedías.
¿Es razonable que la ley no permita el uso residencial en esa zona de servidumbre de protección en barrios marítimos históricos como Pedregalejo, pero que en cambio sí acepte una instalación hostelera?
He de reconocer que tengo mis dudas. De lo que no me cabe la menor de ellas es de que muy difícilmente seguirán siendo las casitas de pescadores delante de la que los guiris se quieren hacer una foto.
A casi trescientos euros la noche en los apartamentos turísticos, el negocio da para pensárselo. A millón doscientos mil euros como pedían los propietarios de la vivienda que vendieron en primera línea de playa y ahora se quejan de que solo consiguieron seiscientos ochenta mil, la operación da para mudarse a otro sitio y que aún te quede algo.
Pero, sobre todo, da para pensar que no la compraran los antiguos pescadores, sino más bien, alguno de los inversores foráneos que ya monopolizan las nuevas construcciones del paseo marítimo de poniente, o compran viviendas en el de El Palo para ponerlas en alquiler y quieren seguir teniendo unos fondos llenos de tipismo malagueño en el que se fotografíen sus clientes.
El reciente debate sobre la conservación de una de las seis edificaciones que quedan con una sola planta en primera línea de playa en Pedregalejo dentro de la zona de servidumbre (y dos de ellas son bares-restaurantes) es tan absurdo como interesado.
Aunque existe algo más absurdo que dicho debate: que la Gerencia de Urbanismo se plantee de oficio, y sin una denuncia expresa y concreta, la suspensión cautelar de la licencia de obra.
El urbanismo es un proceso reglado que ya resulta bastante penoso con los retrasos que provocan las diferentes administraciones —en este caso Junta de Andalucía y Gerencia Municipal de Urbanismo— como para que a ello le sumemos la inseguridad jurídica que se desprendería de la posibilidad de que tu licencia pueda ser cuestionada en cualquier momento sin mediar denuncia expresa alguna.