Esta semana se me han acabado los tokens del Plan Max de Claude, aún tenía saldo en Copilot, en Chat GPT, en Gemini, en Deep Seek, Zoominfo, Apollom, Kaspr y en AccurateScribe. Aún tenía mis herramientas de Notebook LM para la investigación con hasta 300 libros en pdf por cuaderno, mi Gamma para las presentaciones, mi Canva para las infografías.

El mismo día que mi suscripción de Anthropic me obligaba a parar, presentábamos en la empresa el Plan Integral de Formación en IA. Leía con cierto sonrojo el segundo plan, paralelo, en herramientas avanzadas de Calidad con IA, que la propia IA había redactado en mi nombre y lanzábamos el Ágora —el portal interno de la compañía donde los empleados publican los programas que ellos mismos se han fabricado con IA para que los use el resto—.

Al mediodía siguiente, me plantaba delante de las Tras100de, las gacelas andaluzas que pronto firmarán balances de entre 50 y 500 millones, para explicarles por qué la caja neta sin deuda es síntoma de empresa que no crece a su máximo potencial.

En Madrid en la sede del Venture Capital con el que colaboramos transcribí un debate en vídeo de 2 horas a un texto y de ahí una presentación estructurada con iconos y resúmenes, en unos 10 minutos, para un Think Tank, mientras tranquilamente departíamos, tomando un café sobre cómo ayudar a nuestros socios fundadores en las participadas.

En el AVE de ida había podido analizar un reporte de abril, encontrar variaciones, diferencias vs presupuesto y estrategia y hacer recomendaciones. Por la tarde planteamos un plan para el comité de estrategia de producto y mercado de una empresa líder en plena transformación. Acabado en el AVE de vuelta a Barcelona.

El viernes planteamos un pitch para una serie A de 10 millones en una de las start ups de tecnologías medioambientales más disruptivas que conozco, con su plan de negocio, su cash Flow, sus condiciones, sus detalles para los inversores actuales y los suscriptores futuros, con su evolución del cap table, su estrategia de protección de los fundadores…

Todo eso sin IA me habría llevado semanas. Para mis padres hice una comparación de las dos encíclicas y se las compartí en una presentación sencilla en el foro de WhatsApp de la familia. ¿Un humano aumentado? No más que cuando un antepasado nuestro consiguió domar un caballo, otro consiguió fundir metales y templar el hierro, o se descubrió la anestesia, las vacunas, o la leche infantil, los fertilizantes artificiales, el telégrafo o la máquina cosechadora… No hemos dejado de aumentar y no por ello somos transhumanos. Simplemente humanos de nuestro tiempo.

León XIV firmó, el día exacto del 135 aniversario de la Rerum novarum, su primera encíclica como pontífice: Magnifica humanitas. 42.000 palabras. Tema central: la inteligencia artificial. Imagen vertebradora: Babel.

El 15 de mayo de 1891 León XIII publicó Rerum novarum —“de las cosas nuevas”— y abrió, lo que hoy llamamos doctrina social de la Iglesia. Manchester duplicaba su producción algodonera en una generación, los telares mecánicos batían ritmos que ninguna mano humana podía sostener y los obreros vivían en suburbios con mortalidades infantiles del 25%. El Papa —rechazaba el socialismo con dureza— advertía a los patronos de que tratar al hombre como pieza de la cadena era, además de injusto, suicida.

Ciento treinta y cinco años después, León XIV firma su réplica del siglo XXI. La cita a su predecesor está en el capítulo 3 del nuevo texto: “mi querido predecesor (…) hoy no podemos limitarnos a repetir sus enseñanzas, sino que debemos pedirle a Dios la sabiduría para interpretar las grandes tendencias de nuestro tiempo, en particular los avances de la técnica”.

El gesto es deliberado: misma fecha, mismo nombre de pontífice, misma estructura de problema. Donde el telar mecánico, el modelo de lenguaje. Donde el capital industrial, las big tech. Donde el proletariado urbano, el recién licenciado en informática al que esta primavera The Economist ha documentado caída del 70 al 55% en la inserción a tiempo completo en los campos más expuestos a la IA. Por si alguien dudaba del paralelismo, el Papa lo deja explícito.

El corazón intelectual del texto está en el capítulo III, los §§115-117. Allí, León XIV define el transhumanismo —el proyecto de “potenciar al ser humano por medio de tecnologías —biomedicina, ingeniería del cuerpo, dispositivos, algoritmos— con la aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades”— y el posthumanismo —la “hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que se atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva”, lo que Silicon Valley llama la Singularidad—.

Las dos corrientes, escribe el Papa, “constituyen el trasfondo ideológico que reside en algunos centros de poder tecnológico”. Y entonces suelta la frase que va a abrir telediarios: “si el ser humano es tratado como materia para ser perfeccionada o superada, se vuelve más fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. En nombre del progreso se puede llegar a pensar en sacrificios necesarios”.

Da miedo. Pero si leen La república tecnológica: Poder duro, pensamiento débil y el futuro de Occidente de Alex Karp. Hay cosas que asustan. El autor argumenta que Occidente sufre de un "pensamiento débil" y una falta de ambición que ponen en peligro su soberanía frente a potencias rivales. Por ello, propone una alianza urgente entre el desarrollo tecnológico privado, el Estado y la defensa nacional.

Plantea que la inteligencia artificial no es solo una herramienta comercial, sino el núcleo de una nueva disputa de civilizaciones, por lo que la tecnología debe volver a estar al servicio del orden geopolítico y la seguridad colectiva. La empresa del autor provee a los ejércitos las herramientas para para matar con IA. El Economist le dedica esta semana un artículo en el que asegura que no hay manera de esconderse de estas armas. Quizá por eso no aparece el nuevo líder de Irán, porque si los pescan lo eliminan como a su padre y al resto de colegas. Da pánico. Terminator.

The Economist publica el 28 de mayo su lectura crítica bajo el título “Of God and Claude”, y aporta dos detalles clave. El primero: a la presentación vaticana de Magnifica humanitas fue invitado Chris Olah, cofundador de Anthropic, la empresa que fabrica Claude y que rechazó trabajar para el Pentágono.

Allí declaró que él y los demás investigadores encuentran en los modelos que ellos mismos desarrollan aspectos “misteriosos e incluso inquietantes”. Es la primera vez que el constructor de un gran modelo de IA dice, en sede vaticana, que su criatura le asusta. Ya frenaron el modelo Mythos. El Papa, lejos de rebatirlo, le escucha y firma una encíclica donde pide el “desarme” de la IA, en paralelo al desarme nuclear.

El segundo detalle es para enmarcar. El bloguero Linch Zhang hizo pasar los veinte primeros párrafos de la encíclica por Pangram, un detector de texto generado por IA. Resultado: 11% del texto identificado como redactado por Claude, con sus tics estilísticos característicos —cierta predilección por el adverbio genuinely, por ejemplo—. Misma prueba sobre encíclicas anteriores: 0%.

The Economist matiza con honestidad que los Papas modernos no escriben encíclicas de cabo a rabo y que las partes rutinarias se delegan en oficinas vaticanas. Pero la imagen es de manual: la encíclica más severa hasta la fecha contra el “mesianismo tecnológico” está coescrita en parte por aquello mismo contra lo que advierte. La ironía no demuele el aviso. Lo recubre de realidad. Y, dicho sea de paso, me da licencia para reconocer que esta columna se ha apoyado en Claude para fechar citas y verificar números. Como el Papa. Sin rubor.

Esta semana el pensador y ex secretario de estado de cultura José María Lassalle ha compartido su descontento con los líderes políticos: “Magnifica Humanitas de León XIV es una declaración a favor y en defensa de la humanidad que algunos veníamos esperando también en boca de las democracias liberales y de los partidos humanistas alineados con ella. Ante su actitud fallida frente al tema de nuestro tiempo, ha tenido que ser el Papa quien ha suplido la débil respuesta ofrecida por Europa a través de su reglamento de IA. “

León XIV no escribe contra la técnica. Lo aclara expresamente: “el desarrollo tecnológico ha contribuido significativamente a una mejora de las condiciones de vida de la humanidad”. Escribe contra una manera de pensarla y contra una manera de hacerla rentable. La nombra con una imagen bíblica que vertebra todo el texto: el “síndrome de Babel”.

Es la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, “la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos”. Frente a ella, propone la imagen de Nehemías reconstruyendo Jerusalén “pieza por pieza”: trabajo compartido, comunidad, paciencia. Siempre las paradojas de la historia porque sin la confianza de Atajerjes (el persa) Nehemias no habría podido reconstruir Jerusalén.

Quien quiera traducir la metáfora a economía la entiende sin esfuerzo. Babel es la concentración: un modelo dominante, un proveedor único, una élite que decide y una masa que consume. Es lo que Silicon Valley llama, sin sonrojo, winner takes it all. Nehemías es la distribución: cada usuario fabrica con la herramienta lo que necesita, lo publica, lo comparte y lo enseña. Es lo que los griegos llamaron, hace dos mil quinientos años, ágora. Y aquí entra mi semana. Les hablé a mis admiradas gacelas andaluzas de que se pueden entrenar IA gratuitas con IA’s de pago para no consumir tokens cuando las usas masivamente en la industria. ¿Por qué no?

El Ágora —el nombre lo eligieron en la empresa los que la han parido— es el portal interno donde el equipo de IT de Premium publica los programas que sus empleados se han construido a sí mismos usando IA, para que toda la organización los use. Funciona desde esta semana. No es una suite comprada a un proveedor: es la lista, pública, ordenada y mantenida, de lo que el conocimiento distribuido de la casa fabrica cuando se le da una herramienta y libertad para usarla.

También se han hecho un MES al que llaman POP (Production Optimization Program) con ayuda de Claude Code. Hay ahora mismo un radar de tecnologías —vigilancia tecnológica automática, sin esperar a la consultora—; búsqueda en tiempo real de licitaciones públicas —BOE, DOUE, autonómicos, contratación menor—; mapeo de oportunidades —cruce CRM-mercado-pipeline—; análisis periódico de noticias del sector; gestión y registro automático de visitas; control de vigencia y alcance de los NDA; briefings de información de seguridad; configuradores de producto para preventa; generadores de contenido digital, un asistente para onboarding.

Cada una de estas piezas tiene nombre y apellidos detrás —un empleado que la concibió, la prototipó y la pulió—. El Ágora no se limita a darles plaza permite que todos aporten más, que todos ganemos competitividad y productividad. Hacer más con menos.

Es el opuesto exacto del lenguaje único que la encíclica describe como riesgo de Babel. Y no porque alguien lo haya planeado así con un manual de doctrina social en la mesa: porque la lógica de poner a la gente a construir con herramientas colaborativas diseñadas por ellos en lugar de a esperar a que le entreguen herramientas terminadas, la caña mejor que el pez, es, por sí sola, una arquitectura distinta. Subsidiariedad o Bottom-up frente a la imposición desde arriba.

Cuento esto no para vendernos nada —el Ágora no se comercializa— sino porque la pregunta que la encíclica formula a escala civilizatoria es la misma que hemos respondido esta semana a escala de una empresa de tamaño medio. ¿Qué hacemos con la IA: la consumimos como adictos a un proveedor único o la usamos agnósticamente y fabricamos como artesanos en una plaza común? La respuesta es de diseño organizativo. Pero el diseño organizativo es, en el fondo, una elección antropológica.

No nos vamos a cargar a los informáticos, los estamos convirtiendo en business partners, IT somos todos. No vamos a dejar de tener becarios, pero solo entraran los que sean usuarios de la IA, no nos va a quitar el trabajo la IA, nos lo va a quitar un humano que la use mejor que nosotros. Y el mercado nos lo quitara un competidor que sea más eficiente y rápido que nosotros, la IA sin duda le puede ayudar mucho. A nosotros también.

Al día siguiente del lanzamiento del Ágora me tocó hablar a las empresas Tras100de de Andalucía, esta vez en las jornadas que, tras Sevilla, se hacían en Málaga Tech Park, las gacelas andaluzas preparadas para entrar en el rango 50-500 millones de facturación, las que pronto —si todo sale bien— firmarán balances que ya no caben en un Excel de bolsillo.

No iba a hablarles de teoría. Les hablé de caja, de deuda, inversión, actitud, colaboración, generosidad y velocidad. Les conté que ya tenemos Iturri, Instituto Español, Keyter, Airzone, Aertec, Atarfil, Agolives (Arvos), Inerco, AGQ Labs, Grupo PUMA, Trops, Eurosemillas, SP Group, Agrobío, Primaflor, Petroprix… y que esos son los verdaderos campeones a los que sumarse. Todos internacionalizados, innovadores, generosos, colaborativos. Les conté que para tener éxito hacen falta muchas cosas, dos importantes son la actitud y ser buena persona.

Mensaje uno: si una empresa crece mucho pero aún le queda caja neta y no tiene deuda, es que no está creciendo a su máximo potencial. La caja relaja. Si sobra, que se la devuelvan a los accionistas. Los colchones adormecen. Cuando despiertas, un competidor más rápido se te ha llevado el queso.

Mensaje dos: el que no corre, vuela. La velocidad de ejecución es la única ventaja competitiva que ningún proveedor te puede vender. La IA, y los sistemas abiertos, en eso, es un acelerador formidable y un nivelador feroz: el que la incorpora a su operación corre; el que la mira corre el riesgo de descubrir que el competidor ya no compite, vuela. Y vuela en silencio.

Mensaje tres: el mundo es grande. Si Paco Escalante, de Morón, pasó del imperio de las aceitunas AGolives de mesa al imperio de los snacks Arvos —aprendiendo, según contaba, cómo su padre llevaba y vendía aceitunas al canal HORECA de Madrid—, las gacelas andaluzas pueden ir de los elementos aeronáuticos de Inespasa, las fabricación 3D de metales de Meltio, las Tortas de Inés Rosales, los aguacates, las tecnologías del agua de Aganova, la gestión de la energía y la eficiencia energética de Bettergy o a la alimentación para satélites como hace DHV. Copiar a los mejores no es trampa: es el primer paso para innovar. Conocer lo que ya funciona te prepara para mejorarlo.

Mensaje cuatro: innovar no va de ser los mejores. Va de ser los primeros. Lo perfecto es enemigo de lo bueno. La mejora es continua y disruptiva a la vez. Y la condición previa, la que no se compra ni se subcontrata, es desearlo a tope. Les recordé la trampa de la perfección y los casos de Honda, Volkswagen, Nokia… El primer Iphone era un pésimo teléfono, pero un magnífico smartphone.

Y aquí, después de hora y cuarto de cifras, ejemplos y propuestas, terminé con la pregunta que Peter Pan le hace al público para revivir a Campanilla: ¿creéis en las hadas? No es una pregunta retórica. Es la condición necesaria. Sin ese deseo —sin esa voluntad de creer que la próxima empresa de 500 millones de Andalucía está en esta sala—, ni el mejor plan, ni el mejor mercado, ni la mejor IA del mundo levantan a nadie.

La Babel que avisa el Papa y el Ágora que estrenamos en la empresa son las dos arquitecturas posibles de la próxima década. Babel concentra y promete: salvación por la técnica, optimización de la especie, sustitución acelerada del trabajo humano por el modelo dominante del proveedor dominante. El Ágora distribuye y permite: formación amplia, libertad operativa, un sitio común donde publicar y compartir lo que cada uno construye con la herramienta. SW abierto, HW abierto, IA abierta, robótica abierta, curiosidad y aprendizaje humano, innovación, colaboración.

Babel exige consumidores. El Ágora exige ciudadanos. Babel necesita capital y promesa escatológica. El Ágora necesita conocimiento distribuido y compartido y deseo de hacer. Y Babel, según León XIV y según los datos de The Economist, está rompiendo el primer escalón laboral —el primer empleo de los recién licenciados— antes de haber creado los empleos nuevos que su propia teoría prometía. Cuando los pirómanos —Chris Olah, cofundador de Anthropic, en el propio Vaticano— avisan del incendio, conviene escucharlos.

Para España, que llega a este choque con el peor mercado de primer empleo de la OCDE —paro juvenil del 25% en 2025 según Eurostat—, la energía industrial al doble del precio americano y una doctrina social casi desaparecida del debate público de los partidos que históricamente la abanderaron, la opción no es discutible: o construimos Ágoras antes que nuestros competidores, o nos convertiremos en tributarios de la Babel del proveedor dominante.

Para Andalucía, con 211.807 millones de PIB en 2024 y un PIB per cápita todavía por debajo de la media española, la oportunidad es mayor que el riesgo: las gacelas que sostienen el crecimiento real de la región tienen el tamaño exacto para montar sus Ágoras internas en menos de seis meses. Les sugerí que lo hicieran mañana lunes a las 9:00. La Junta podría convertir el modelo en estándar voluntario por el coste de una guía pública de implantación. El AI Act vigente desde febrero, la AESIA operativa en A Coruña y los centros de innovación de Málaga, Sevilla y Granada hacen el resto. Desde Innova IRV estamos a ello.

Esta semana, mientras Roma firmaba la encíclica más completa del último cuarto de siglo contra el mesianismo tecnológico, yo agotaba los tokens del modelo americano que la encíclica menciona. Mientras un detector encontraba 11% de Claude en la Magnifica humanitas, lanzábamos el Ágora en mi empresa y les decía a las Tras100de que la caja relaja.

El obrero del XXI ya no entra en la fábrica de Manchester. Pero tampoco encuentra puerta. Y la puerta —en una empresa, en una región, en un país— se llama, casi siempre, Ágora, la puerta es la colaboración, la curiosidad, el infinito espíritu de mejora y superación humana. Humanos listos mejor que IAs.

Hablé de los sistemas abiertos, otra vez, para poder vencer esos monopolios, como el Linux ya venció a IBM, y el RISCV y el ROS están democratizando la tecnología de procesamiento y la robótica en todo el mundo. Contra los monopolios que nos deshumanizan, el humano aumentado, conectado y colaborando en sistemas abiertos. Ser listo es amar, usar las herramientas para tejer alianzas con otros como nosotros. Me dijo el Catedrático de Física de la UB, Javier Tejada, cuando le hablé de la idea de fundar Innova IRV, que colaborar es lo que nos hace humanos. Siempre lo recuerdo.

Así que no nos preguntemos solo si creemos en las hadas. Preguntémonos si construimos, esta semana, antes que Babel, el Ágora. Bravo, León XIV, un valiente.