Lunes 8:00 a. m. Empiezo a trabajar a pesar de lo que cuestan los lunes y, después de una hora trabajando, a cinco minutos de una reunión crucial, ¡se cae el Internet!
En ese momento me doy cuenta de que, trabajando en tecnología, no puedo hacer nada.
Analizo la situación y comprendo que mi rendimiento y eficiencia están supeditados a un cable de fibra que un humano tiene que reparar, ¿curioso, no?
Ahí, se enciende una chispa y soy recursiva; utilizo los datos de mi móvil como ancla para, al menos, con una voz robótica, poder unirme a una reunión y poder seguir trabajando. La solución no es perfecta, pero al menos, como se dice en los proyectos de desarrollo, he encontrado un “workaround”.
En ese momento de deficiente conexión, recordé uno de los párrafos que subrayé del libro que leí recientemente, “La sociedad del cansancio” de Byung-Chul Han, donde narra lo siguiente:
“La sociedad de nuestro siglo XXI ya no es la sociedad disciplinaria, sino una sociedad del rendimiento.”
En este libro nos explica desde una visión clara cómo hemos llegado a un punto de autoexplotarnos para llegar a ese rendimiento esperado por la sociedad e incluso por nosotros mismos.
Aquí nos vemos obligados a entender que temas de suma importancia como el análisis, la priorización o la creatividad quedan relegados a un segundo plano y simplemente nuestros resultados pasan a ser medidos por la posibilidad de la conexión a una red.
La vertiginosa evolución o reinvención que están experimentando los roles, con la popularización de la inteligencia artificial, hace que corramos detrás de un tren en marcha. Esto supone dos cosas: o tenemos el suficiente impulso para llegar y subir al tren o, por el contrario, nos damos por vencidos y seguimos otro camino.
La lógica me dice que es necesario reconectar con lo básico, con lo esencial y no dejar que se pierda la creatividad y el ingenio. Tengo la esperanza de que en la sociedad actual podemos seguir aportando muchísimo desde nuestra experiencia, inventiva y conocimiento, aunque un día nos quedemos sin Internet.
Recientemente, viendo un podcast en Podimo, donde estaba como invitada Judith Trial, me encantó la claridad con la que explicaba que lo había pasado muy mal para lograr el sueño que en este momento vivía.
Ella se había percatado de que era dueña de su destino y que el esfuerzo que invertiría sería recompensado. Por esto la tomo como ejemplo, porque en “Tenía la duda”, Judith pregunta desde la más absoluta claridad cuestiones que todos nos hemos preguntado, siempre desde el respeto, pero sin ese pudor impuesto que en ocasiones nos cohíbe de preguntar todo aquello que realmente queremos saber.
Recuerdo en mi infancia, cuando desde una profunda inocencia, mi hermana y yo inventábamos juegos, en los que solo con nuestra imaginación éramos capaces de crear un universo entero. Ahora, cuando queremos hacer algún plan, en lugar de inventarnos algo, acudimos a ChatGPT o a Gemini para preguntarle algo tan sencillo como qué hacer hoy en Málaga, olvidando la improvisación y los paseos por callejuelas que nos descubren nuevos sitios para visitar.
Para cerrar mi disertación, les planteo lo siguiente:
¿Nos hemos olvidado de nuestra imaginación? ¿O es que simplemente nos hemos quedado atrapados en la sociedad del rendimiento?