Este año, en Semana Blanca, volvimos a ir a esquiar. Comenzar a practicar este deporte pasada la treintena tiene mucho de penitencia y seguramente cualquier psicoanalista pudiera sacar de ello un trauma de juventud. Sea como fuere, me empeñé hace años en que fuéramos una familia esquiadora y en eso seguimos; con los años, he conseguido unas hijas que me superaron sin dificultad y la prueba de que, si la tozudez fuera un pecado capital, sería el mío.

La cuestión es que viajamos con amigos, unos decidieron ir a un apartamento y nosotros a un hotel. En nuestros encuentros vespertinos afloró el debate sobre qué opción era mejor y no sé exactamente por qué motivo, esta conversación reinó en la semana que compartimos. A la vuelta, me quedé reflexionando sobre lo que representa el mercado de apartamentos turísticos sobre el hotelero y su impacto en la economía.

Porque lo que en apariencia es una elección trivial —más espacio o más servicios, cocina propia o desayuno buffet— en realidad encierra una transformación profunda del modelo turístico en España. Y, como suele ocurrir, detrás de cada preferencia individual se esconde una consecuencia colectiva.

El auge de los apartamentos turísticos ha democratizado, en parte, el acceso a determinados destinos. Ha permitido a muchas familias viajar de otra manera, más flexible, más doméstica, quizá más parecida a esa idea romántica de “vivir como un local”. Pero también ha generado un efecto multiplicador sobre el uso del parque inmobiliario: viviendas que antes tenían una función residencial hoy compiten en rentabilidad con el uso turístico. De eso sabemos mucho en Málaga.

Desde el punto de vista económico, la comparación con el sector hotelero no es menor. La hostelería tradicional —hoteles, apartahoteles, resorts— tiene una estructura intensiva en empleo. Genera puestos de trabajo directos en recepción, limpieza, restauración, mantenimiento, dirección… y además arrastra empleo indirecto en proveedores, servicios auxiliares y cadenas de suministro. Es, por decirlo de alguna manera, una industria organizada, visible y fiscalmente trazable.

Los apartamentos turísticos, en cambio, presentan una aportación más difusa. Si bien también generan actividad —gestión, limpieza, mantenimiento, plataformas tecnológicas— lo hacen con una menor intensidad de empleo por unidad alojativa. Donde un hotel necesita una plantilla estructurada, un conjunto de viviendas puede operar con servicios externalizados y, en muchos casos, con economías de escala que reducen la necesidad de mano de obra.

Esto no implica necesariamente una menor contribución económica, pero sí distinta. El impacto de los apartamentos turísticos se concentra más en la rentabilidad del activo inmobiliario que en la creación de empleo directo. Dicho de otro modo: redistribuyen ingresos hacia propietarios e intermediarios, mientras que el modelo hotelero tiende a distribuirlos en forma de salarios y empleo más estable. Para sorpresa de mis amigos, ir a un hotel es más de izquierdas, permítanme el chascarrillo.

A ello se suma la cuestión fiscal. Mientras que el sector hotelero ha estado históricamente sujeto a una regulación clara y a un control exhaustivo, el crecimiento acelerado de las viviendas turísticas ha obligado a las administraciones a ir adaptando normativas a posteriori, en un intento de equilibrar competencia, recaudación y sostenibilidad urbana.

Quizá por eso aquella discusión aparentemente banal en la nieve tenía algo de metáfora. Elegir entre apartamento u hotel no era solo decidir dónde dormir, sino, sin saberlo, tomar partido en un modelo de ciudad y de economía.

Y, sin embargo, allí estábamos, debatiendo entre amigos al calor de un vino, después de un día de caídas torpes y pequeños triunfos en la pista, como si la respuesta fuera sencilla.

Supongo que, en el fondo, todo se parece bastante a aprender a esquiar pasada la treintena: uno insiste, se cae, vuelve a intentarlo y termina encontrando cierto equilibrio. Aunque nunca del todo.

Y quizá esa sea la única conclusión honesta: que, igual que en la nieve, en esto tampoco hay una opción perfecta. Solo distintas formas de bajar la montaña.