Tuve la suerte de conocer y vivir con mis abuelos. De ellos aprendí cosas de niños y cualidades de adulto, como la prudencia y la paciencia. Con los años terminé admirando de uno su capacidad para mantener limpios los zapatos y ordenadas las herramientas; del otro, la disciplina —monótona y férrea— de un diabético.

Ambos nacieron a finales del siglo XIX. El primero murió súbitamente, pero dentro de su esperanza de vida; el segundo, en cambio, fue muy longevo. Los dos vivieron la Guerra Civil y sus familias sufrirían los efectos del conflicto.

Uno regresó de la Desbandá de Málaga con su familia después de enfrentarse con un comisario político; el otro combatió en algunos de los frentes más salvajes y pasó después por un campo de concentración. Ninguno de los dos me transmitió odio hacia el otro bando. De ellos heredé, quiero creer, ser republicano por convicción moral y no creyente por convicción ética.

Mi republicanismo no se sustenta en una bandera concreta, sino en el convencimiento de que es la "forma de gobierno más acorde con la evolución del ser humano", en palabras de Clara Campoamor; y del mismo modo, mi falta de fe no me impide reconocer los valores culturales del cristianismo europeo como parte de mi educación.

De mi abuelo Rafael no recuerdo lo suficiente; pero de mi abuelo Antonio, no tengo la menor duda de que uno de los días más felices de su vida fue aquel en el que se le reconocieron los servicios prestados como militar del ejército republicano gracias a una ley del primer gobierno socialista.

Con esos mimbres estuve donde creí que debía estar en los primeros años de la democracia, con algún bofetón y más de un porrazo; también con la experiencia de comprobar cómo muchas organizaciones que se decían de izquierdas no toleraban la discrepancia.

Las responsabilidades profesionales, asumidas desde muy pronto, me llevaron a ir conociendo personas de ideología muy opuesta a la mía que me sorprendieron gratamente en muchos casos, y en otros tantos, no. Las responsabilidades familiares, también muy tempranas, terminarían de centrarme.

Felipe González dijo que prefería ser hijo de la Transición que nieto de la Guerra Civil. Yo también. Eso era lo que nos transmitieron quienes habían sufrido la guerra y la dictadura: que el horror no debía volver a organizar nuestras vidas. Lo que nadie previó es que, décadas después, aparecerían los biznietos de la guerra dispuestos a reescribirla desde la comodidad del paso del tiempo.

En algunos casos, el odio hacia el contrario parece haberse transmitido durante noventa años, atravesando generaciones que no vivieron ni la guerra ni la posguerra.

De otro modo resulta difícil explicar cómo personas jóvenes, formadas y con proyección pública, se permiten hoy dictar lecciones morales sobre decisiones tomadas en circunstancias extremas, con un evidente distanciamiento respecto a quienes realmente pagaron el precio: abuelos y bisabuelos. Más aún si tenemos en cuenta que, con la demografía española en la mano, es muy probable que muchos ni siquiera llegaran a conocerlos.

Este fenómeno se manifiesta también en determinados autores emergentes, de estética un tanto forzada, que han encontrado en este tipo de discurso una vía rápida de proyección cultural y mediática.

No me convence ni por el fondo ni por las formas. Algunos atribuyen este fenómeno a una estrategia de mercado: convertir la Guerra Civil en un producto cultural rentable, orientado a un público muy concreto. De ahí el reciente registro por parte de la extrema izquierda de la denominación "Frente Popular" como coalición electoral. Ojalá, como sostienen algunos analistas, se trate de una moda pasajera que dure solo mientras genere negocio; pero cada día soy más escéptico.

Porque no estamos ante un caso aislado, sino ante un fenómeno generacional. Existe toda una cohorte que ha encontrado en la Guerra Civil una fuente de visibilidad, rentabilidad cultural y proyección pública. No están ganando la guerra en las barricadas, sino en los escaparates editoriales y en la confrontación constante.

Lo verdaderamente preocupante es que pretendan apropiarse de figuras como Manuel Chaves Nogales, probablemente el intelectual de su tiempo más contrario al sectarismo, capaz de afirmar en el prólogo de su libro más conocido —A sangre y fuego: héroes, bestias y mártires de España— que tenía "méritos bastantes" para haber sido fusilado por ambos bandos, precisamente por defender la democracia y la libertad.

Alguien dijo que el prólogo de ese libro debería ser de lectura obligatoria en los institutos de secundaria, y no puedo estar más de acuerdo.

Me apena comprobar cómo esta joven izquierda se ha apropiado del sentido de otra de las frases de Clara Campoamor: "La victoria total, completa, aplastante de un bando sobre el otro, cargará al vencedor con la responsabilidad de todos los errores cometidos y proporcionará al vencido la base de la futura propaganda, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras"; cuando durante tanto tiempo fue denostado el ideario de esta pensadora que también criticó a ambos bandos en clara oposición a Victoria Kent.

Desde hace más de veinte años, la clase política española ha optado por reactivar el enfrentamiento simbólico entre vencedores y vencidos como estrategia electoral, estableciendo una línea divisoria entre quienes tienen muertos en las cunetas y quienes no los tenemos. Ese fue el momento en que dejé de sentirme representado.

Revivir el pasado como arma política no honra a quienes lo sufrieron. Mis abuelos no me legaron odio ni consignas, sino la esperanza de que su experiencia sirviera para no repetirla. Traicionar esa expectativa es, a mi juicio, la forma más profunda de deslealtad hacia su memoria… y hacia el país que intentaron reconstruir después.