El teléfono sonó a las 20:28, lo he mirado. Mi hija estaba en un tren de Renfe que debía salir a las 19:58, apenas un cuarto de hora después del trágico accidente de Adamuz. Me dijo que un revisor había pasado por los vagones diciendo que el tren no iba a salir, que había descarrilado otro tren a la salida de Córdoba -donde vivimos-, y que tardarían entre 2 y 3 horas en restablecer la línea ferroviaria.

Le dije que esperase un poco, a ver qué pasaba. Pero me conecté a las noticias y ya se vislumbraba la magnitud del desastre. A esa hora sólo se hablaba de dos fallecidos, pero las imágenes de los trenes y las vías me hicieron pensar que sería imposible viajar a Madrid la noche del domingo. Volví a llamar a mi hija, que había decidido salir del tren y bajar al andén, y le dije que me esperase allí, que iría a recogerla, y que avisara a su madre, porque con toda seguridad haría noche en Córdoba, en casa.

Esa misma tarde habíamos visto una película juntos, en familia. The quiet girl, una preciosa e intimista película irlandesa que trata sobre los sentimientos, sobre una chica retraída que encuentra el calor que necesita en unos familiares lejanos que la acogen durante un verano.

Lloramos ella y yo en la escena final, y durante toda la tarde pensé en esos enfados tontos que a veces me sorprenden a mí mismo, en esa difícil gestión de una relación a distancia, porque por desgracia he pasado demasiado tiempo separado de mis hijos y he tratado de suplir con intensidad y con demasiado entusiasmo las horas que no hemos podido estar juntos, porque ellos vivían en otra ciudad y apenas compartíamos un fin de semana de cada dos.

Mi última rabieta fue en Navidad, y aún me arrepiento. Algunas veces he pensado que podría pasar cualquier cosa, y que la vida puede hacer que una despedida amarga sea la última. El domingo, cuando seguí las noticias pegado al móvil y al televisor, pensé en aquella despedida fría y distante de mis propios hijos en la estación de Córdoba, después de pasar juntos unos días alegres y felices, por otro de mis enfados, porque -esto lo pensé luego- quizás yo siga pensando que tienen una edad que ya no tienen, porque sigo esperando que tomen partido, porque echo de menos su complicidad, o sencillamente porque lo que me pasaba, en el fondo, era que no quería que se fuesen y pasar más días con ellos, tocándoles, besándoles, riéndonos, preguntándoles por sus amigos, sus planes y sus preocupaciones.

Nuestra vida, a veces, se sostiene sobre un equilibrio tan frágil que no terminamos de ser conscientes de lo que nos mantiene en pie. De regreso a casa, cruzando el Parque de los Patos, veníamos los dos muy impresionados por las primeras noticias del accidente, por la gran cantidad de personas que trataban de coger un tren a toda costa.

Le dije a Julia que, a fin de cuentas, lo peor que puede pasar en estos casos es que no llegues a tiempo a tu destino, que tengas que dormir pasando frío en una estación gélida, que pases hambre y sed una noche mientras se restablece la línea. Y también le dije que pensara que ella no viajaba en el tren que descarriló, que teníamos esa suerte.

Ya en casa, cuando el número de víctimas fue aumentando, se echó a llorar. “Me podía haber pasado a mí”, me dijo desde la inocencia de sus 17 años. Y la abracé con fuerza porque sí, porque le podía haber pasado a ella, o a su hermano, y en ese momento me alegré de una manera que no puedo explicar de que estuviésemos juntos, de ser su padre y estar con ella, de poder abrazarla con la fuerza y el amor que habíamos visto juntos esa tarde en la televisión, en esa película maravillosa que nos recuerda qué es lo más importante en esta vida, y que tiene que ver con las personas a las que quieres y todo lo que te dan, aunque a veces pensemos que no es suficiente.

Por la noche cenamos en familia, otra vez, y preparamos su cama. Una noche más conmigo, una mañana más, quizás todo un día. El hijo de una compañera de trabajo de mi mujer venía en el tren que debía llegar a Huelva, pero -de nuevo la suerte- viajaba en los vagones traseros y salió por su propio pie.

Desde ayer por la noche no he dejado de recibir mensajes de mis hermanos, de amigos de toda España que al ver que el accidente había sido en Córdoba pensaron en mí y en mi familia. La vida destroza vidas, pero también te recuerda que hay mucha gente que piensa en ti cuando cree que algo ha podido pasarte, a ti o a tus seres queridos.

En la estación, cuando ya se sabía que se había producido un accidente con víctimas mortales, la preocupación de algunos pasajeros parecía centrada en recuperar el importe del billete, o en salir de viaje cuanto antes.

Para esas personas, la vida nunca se detiene, tampoco cuando ya se ha detenido para otros, a pocos kilómetros, en un tren idéntico al que necesitan coger con la mayor urgencia. Un accidente terrible puede servir para pensar, para hacerte ver de una vez por todas que no debes volver a ir a la estación enfadado a despedirte de tus hijos, o tan sólo para que lo veas como un inconveniente, como algo que altera e incomoda los planes que tenías previstos. De las redes mejor ni hablamos.

Anoche abracé a mi hija antes de acostarnos, le dije que descansara bien. Siguió las noticias con nosotros y le impresionó la cercanía de la fatalidad. Es lógico, están en esa edad en la que piensan que pueden con todo, que son invulnerables. Muy pronto retirarán de las vías los trenes siniestrados, finalizarán la investigación y todo el mundo volverá a viajar, a Fitur, a Barcelona, por trabajo, diversión, turismo.

La vida continúa, claro, pero pensemos, de vez en cuando, que tampoco es tan importante un retraso, un inconveniente, un error. Lo que de verdad importa es irrecuperable. Como los abrazos que no dimos por un enfado estúpido, tan sólo porque queremos que sigan siendo para siempre los niños que ya no son.