El pasado 3 de febrero, el ministro de Asuntos Exteriores anunciaba la creación del premio Isabel Oyarzábal para reconocer la trayectoria de mujeres líderes en el campo de la diplomacia. Ni el ministro ni las diferentes notas de prensa mencionaron que Isabel Oyarzábal Smith nació en Málaga, en 1878, y que, además de ser una pionera en la diplomacia internacional española, tuvo una vida intensa, comprometida con los valores de la libertad y de la igualdad de las mujeres, hasta su fallecimiento en México en 1974, donde sus restos reposan en el Panteón de los Españolas de la capital del país.
Desde algunos círculos se ha puesto de manifiesto que la primera mujer diplomática de carrera por oposición en España fue la donostiarra Margarita Salaverría Galárraga, que aprobó el acceso al cuerpo diplomático por oposición en 1933, el mismo año en que Isabel Oyarzábal se convertía en la primera mujer en aprobar las oposiciones al cuerpo de la inspección de trabajo.
En todo caso, la decisión del Ministerio permite conocer la trayectoria de ambas mujeres, que coincidirían en el Lyceum Club -donde Oyarzábal fue vicepresidenta y Salaverría tesorera- con otras renombradas españolas como María de Maeztu, Victoria Kent, Zenobia Camprubí, Clara Campoamor, Matilde Huici, María Teresa León, Margarita Nelken, María Lejárraga y un largo etcétera de mujeres valientes y valiosas cuyas obras y logros están obteniendo desde hace unos pocos años el reconocimiento que merecen.
Es muy difícil condensar la vida y obra de Isabel Oyarzábal en apenas 1.000 palabras. Nacida en Málaga de padre vasco y católico y madre escocesa y protestante, su infancia y sus viajes a Escocia para conocer a su familia materna le permitieron aprender el idioma inglés, un hecho crucial en su proyección diplomática. Apasionada del teatro, con veinte años intervino en el Cervantes en una obra benéfica para la recaudación de fondos para los heridos de la guerra de Cuba.
Es otro de los aspectos clave de su biografía, ya que se trasladaría a Madrid en 1905, con el apoyo y compañía de su madre, debido a su devoción teatral. Gracias a esa decisión acabaría contrayendo matrimonio con Ceferino Palencia, de la compañía teatral de María Tubau, a quien había conocido unos meses antes de su traslado en Málaga, en una fiesta en el hotel Hernán Cortés, que sería más tarde el Hospital 18 de julio y que hoy alberga la sede de la subdelegación del Gobierno de España.
Es en el Reino Unido donde conoce y se relaciona con mujeres de su entorno familiar que defienden el movimiento sufragista, en los primeros años del siglo XX. Ya en Madrid, comienza una vertiginosa y polifacética carrera, que da sus primeros pasos en el periodismo, fundando con su hermana Ana y otra socia (Raimunda Avecilla) la primera revista dirigida específicamente al mundo femenino (La Dama y La Vida Ilustrada), lo que le abriría las puertas a colaborar de manera asidua en las cabeceras más prestigiosas de la época. En 1929, se convertiría en la corresponsal en España del periódico londinense The Daily Herald, tras haber escrito también para agencias y para The Standard.
Es imprescindible mencionar en este momento el enorme trabajo de recuperación de la figura y memoria de Isabel Oyarzábal a cargo de Enrique Girón, Andrés Arenas, Aurora Luque o Amparo Quiles Faz. En el año 2005 la editorial Mono Azul publicó su novela “En mi hambre mando yo”, con razón de razones de Jorge M. Reverte. En 2009, el malagueño Antonio García Maldonado publicó en su combativa editorial Alfama “Rescoldos de libertad” (Smouldering freedom), con prólogo de Jordi Soler, sobre sus vivencias en la guerra civil y el exilio en México. En el año 2013, la profesora malagueña Amparo Quiles publicaría en la prestigiosa editorial Renacimiento “Mujer, voto y libertad”, a partir de los artículos que Oyarzábal -que firmaba muchas de sus colaboraciones periodísticas también como Isabel de Palencia o como Beatriz Galindo- en el diario El Sol, liberal y regeneracionista, fundado por Nicolás María de Urgoiti e impulsado por Ortega y Gasset.
Las traducciones de Enrique Girón y de Andrés Arenas nos permiten disfrutar de las ediciones de “Rescoldos de libertad”, con maravillosa introducción de Víctor Heredia, y de “Hambre de libertad. Memorias de una embajadora republicana”, con acertado prólogo de Aurora Luque. De este segundo libro hay otra versión (“He de tener libertad”) a cargo de la gran especialista Nuria Capdevila-Argüelles, que merece ser tenida en cuenta.
También hay que asignar a Enrique Girón y Andrés Arenas el mérito de publicar por primera vez en España el cuento “Juan, el hijo del pescador”, en el que la autora recrea parte de su infancia, que transcurrió entre Málaga, Alhaurín de la Torre (donde descubrió la miseria que sufría la mayor parte de la población rural) y Benajarafe. Todos estos libros fueron publicados en inglés en los Estados Unidos, entre 1940 y 1945, de ahí la necesidad de traducción. Estos dos entusiastas profesores e investigadores preparan ahora una edición de la obra periodística de Isabel Oyarzábal, de la que ofrecieron un apetitoso anticipo en el Ateneo de Málaga el pasado 4 de febrero, justo un día después del anuncio ministerial de la creación del premio. Muy oportuno.
Isabel Oyarzábal no sólo fue periodista, escritora o actriz de teatro. Fue inspectora de trabajo, formó parte de la delegación española en las conferencias anuales de la Organización Internacional del Trabajo y ante la Liga de Naciones, en los procelosos años 30. Fue testigo de primera fila de la salida de Alemania de la Liga, cuando la delegación germana la lideraba Goebbels. Los contactos diplomáticos que hizo en estas altas misiones con otras diplomáticas escandinavas fueron determinantes para que el Gobierno la nombrara en diciembre de 1936 embajadora en Suecia (y Finlandia), desde donde haría todo lo posible para movilizar fondos y apoyo institucional y popular para la causa republicana. En 1939 tuvo que exiliarse a México, desde Goteborg, donde residiría hasta el final de sus días.
La carrera, trayectoria, influencia e importancia de Isabel Oyarzábal ha auspiciado muchos otros trabajos y libros que permiten acercarse a su figura con el necesario detenimiento: desde la obra de teatro “Beatriz Galindo en Estocolmo”, de Blanca Baltés, a la tesis doctoral de Olga Paz Torres que mereció el Premio de investigación del Consejo Económico y Social de Andalucía de 2010 (“Isabel Oyarzábal Smith (1878-1974): Una intelectual en la Segunda República Española. Del reto del discurso a los surcos del exilio”).
Sirva el anuncio del premio que lleva su nombre para reivindicar su figura, su compromiso y sus obras; para aplaudir a quienes han conseguido poner a nuestra disposición sus libros y artículos; para nombrar a quienes siguen insistiendo en que no caiga en el olvido; y para reclamar a esta ciudad tan inhóspita con algunos de sus hombres y mujeres más ilustres y destacados un gesto, una mención, quizás una estatua (¿por qué no?).
Ahora que abundan las performances de medio pelo, se paga por atraer influencers y se despilfarra dinero público en eventos provincianos de segunda división, una cierta altura de miras no vendría nada mal, y nadie mejor para inaugurar esa deseable nueva etapa que Isabel Oyarzábal Smith, la primera embajadora española.