Seguimos hablando de ciudades y políticas urbanas. Hay en el título de esta semana un guiño evidente a aquella película de Woody Allen -Vicky, Cristina, Barcelona- que no gustó a nadie o casi nadie. Hubo un tiempo en el que Málaga se miró fijamente en el espejo de Barcelona, hasta el punto de cometer muchos de los mismos errores de la ciudad condal, comenzando por la masificación turística. Pero no parece ningún secreto que ahora es Madrid la ciudad que admira Málaga, el modelo a seguir.
En la mirada hacia Barcelona influyeron varios factores. El primero, el indiscutible éxito de la ciudad tras las Olimpiadas de 1992, su proyección internacional, su modernidad. Un modelo apetecible para Málaga, que siempre ha presumido de ser cosmopolita, un adjetivo que incluso podíamos encontrar en la calle Larios en forma de cafetería antes de la irrupción de las franquicias y su poderío financiero.
Un segundo factor, no menos importante, tenía que ver con la geografía mediterránea y el clima benigno, que diferenciaba a las dos ciudades de otras del interior.
Y en tercer lugar, con singular importancia, la dialéctica capital económica – capital política y administrativa: en el caso de Barcelona, por oposición a las rentas presupuestarias derivadas de la centralidad madrileña y su pertinaz apetito de recursos públicos procedentes del BOE; en el caso de Málaga, en oposición a Sevilla, con la que se alimentó durante años un agravio comparativo de signo partidista.
En la Junta de Andalucía y en el Ayuntamiento de Sevilla gobernaba un partido político, y en la ciudad otro, lo que permitió extender un imaginario colectivo de maltrato que pudo ser razonable en los ochenta y noventa, y que dejó de serlo en el siglo XXI. Pero funcionó, y mucho, y esa rivalidad con la capital de Andalucía identificaba en cierta manera a Málaga con Barcelona. Ahora que el mismo partido gobierna en la Comunidad todo a la vez y en todas partes, ese discurso carece de sentido político, por eso ha desaparecido.
Pero las cosas cambian. Las torpezas del independentismo catalán y la llegada al Ayuntamiento de Barcelona de la formación liderada por Ada Colau han tenido consecuencias. El independentismo ha conseguido hacer un daño tangible a la proyección de Cataluña y Barcelona -¿acaso se pueden disociar la una de la otra?- en el resto de España, incluso a su imagen internacional.
En el caso municipal, es lógico que un gobierno de carácter conservador -el de Málaga- no viese como un modelo a seguir las políticas llevadas a cabo en Barcelona, aunque algunas veces no se pudiesen encontrar diferencias significativas. Por todo eso, ahora el modelo pasa a ser Madrid, que va como un tiro en términos económicos y demográficos, acapara inversiones de capitales extranjeros -sobre todo procedentes de Latinoamérica- y se ha convertido en el símbolo de la prosperidad urbana e individual.
Este cambio de espejo puede tener sus consecuencias, aunque no se haya detectado la más mínima reflexión al respecto. A finales de año se publicó el Global Power City Index, que evalúa y clasifica las principales ciudades del mundo en función de su "magnetismo", es decir, su capacidad global para atraer personas, capital y empresas de todo el mundo.
Para ello mide 6 funciones: economía, investigación y desarrollo, interacción cultural, habitabilidad, medio ambiente y accesibilidad, proporcionando una clasificación multidimensional. En esta edición, Madrid regresa al top 10 de ciudades globales, una clasificación que lideran Londres, Nueva York, Tokio, París y Singapur (ahí es nada), a las que siguen a cierta distancia y muy próximas entre ellas las ciudades de Seúl, Ámsterdam, Dubái, Berlín y Madrid. Un éxito para la capital de España.
Barcelona ocupa el puesto 19. Es interesante analizar -y hay que hacerlo con paciencia, dedicando tiempo a comparar los indicadores- por qué Madrid gana a Barcelona, y en qué supera Barcelona a Madrid. Hay factores curiosos a favor de Madrid (la proximidad a lugares que son patrimonio de la humanidad, el número de estadios), otros menos curiosos (la tasa de desempleo es más baja, y acoge a más compañías del top 500 mundial) y algunos inesperados (la calidad del agua o la satisfacción con la limpieza urbana). Por el contrario, Barcelona supera a Madrid en renta per cápita, horas trabajadas, opciones de ocio nocturnas y tres factores relevantes: número de universidades en el top mundial, movilidad en transporte público y facilidad para la movilidad en bicicleta.
Podríamos entonces pensar que podría ser que lo que ofrece Madrid no sea completamente maravilloso, de la misma manera que lo que ofrece Barcelona quizás no sea tan despreciable. Que Madrid es hoy una ciudad dinámica y próspera es incontestable, como también lo es la creciente desigualdad social y la construcción de un modelo de sociedad muy similar al estadounidense, con todas sus contradicciones y consecuencias a medio y largo plazo. Money talks, el dinero manda. Que Barcelona convirtió a los empresarios e inversores en sospechosos, y que decidió apostar por un modelo de ciudad simpática con los extranjeros y antipática con el resto de España parece también algo poco discutible, aunque mi experiencia personal no tenga nada que ver con esto que acabo de escribir.
Una vez más, es posible que en el término medio esté la virtud. En todo caso, aprendamos lo mejor de los mejores, sin seguidismos ciegos ni consignas de bajo vuelo. Hoy por hoy, la propia Málaga es un modelo a seguir por otras ciudades españolas, que se miran en el espejo de su éxito económico, su brillo cultural y su estabilidad política e institucional. Y esto conlleva una responsabilidad, hasta ahora inédita: la de servir de ejemplo. Un hecho relevante que exige más implicación y compromiso con el diseño del futuro que se persigue y, sabiendo que nos están mirando, el imperativo de estar a la altura. Todos a la vez en todas partes.