La escritora Remedios Zafra, en una imagen de archivo.

La escritora Remedios Zafra, en una imagen de archivo. Johanna Marghella

Cultura

Remedios Zafra: "Si no hay voluntad de escuchar, la vida se convierte en una rutina de seres acelerados"

La escritora, investigadora en el Instituto de Filosofía del CSIC y autora de fenómenos literarios como 'El entusiasmo', charlará este miércoles en Málaga sobre precariedad y explotación laboral en la era de las pantallas.

18 mayo, 2022 05:00
Málaga

Noticias relacionadas

Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973) es hoy día una de las pensadoras más lúcidas de nuestro país. La escritora trabaja como investigadora en el Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Su libro El entusiasmo donde habla de precariedad laboral y trabajos creativos en la era de las pantallas ganó el Anagrama de Ensayo hace cinco años. Recientemente ha sido reconocida con el Premio de Ensayo Jovellanos por El bucle invisible.

La autora se ha convertido desde entonces en una de las voces más autorizadas para hablar sobre autoexplotación, las vidas-trabajo (esas en las que tienes que ir al súper los sábado para hacer la compra, y no tienes tiempo para nada) y el entusiasmo como elemento persuasorio que disfraza la precariedad. La científica propone poner en práctica la lentitud como "una respuesta subversiva ante una época acelerada" y recuperar espacios públicos compartidos. 

La doctora en Arte y licenciada en Antropología Social mantendrá un encuentro este miércoles con el filósofo José Carlos Ruiz en el centro cultural La Malagueta. El diálogo pivotará en torno a los dos últimos ensayos de la cordobesa, El Entusiasmo, precariedad y trabajo creativo en la era digital, y Frágiles: cartas sobre la ansiedad y la esperanza en la nueva cultura.

Muchos han dejado sus trabajos e incluso se han replanteado su manera de vivir a raíz de la pandemia. ¿Cree que esta crisis nos ha abierto los ojos en muchos sentidos, o todo lo contrario, seguimos con la venda puesta?

La pandemia ha supuesto un zarandeo planetario y humano de tal calibre que quienes no han cambiando han acentuado su conciencia sobre la necesidad de un cambio. El caso de los Estados Unidos y la llamada Gran Dimisión ha sido uno de los casos más llamativos, ya que en 2021 millones de personas abandonaron su trabajo y sin que mediara un movimiento de reclamación colectivo coincidieron en su hartazgo y decisión. Las preguntas por lo que hoy significa vivir, lo que hoy significa trabajar están siempre en nuestra mente, pero la pandemia ha supuesto un freno convulso que de pronto nos ha permitido enfrentarnos a ellas. Si bien, no ha sido lo mismo en todos los casos, pues mientras muchas personas han visto en los confinamientos derivados de la pandemia la oportunidad de escribir, pensar y leer como nunca antes habían podido, otros han quedado noqueados por la amenaza de mayor precariedad y pobreza, y otras (digo premeditadamente este último grupo en femenino) se han visto absolutamente desbordadas con los cierres de las escuelas y los servicios de atención a personas dependientes. En conjunto la fotografía que podríamos hacer de lo ocurrido muestra la fragilidad de los logros sociales y la vulnerabilidad de determinados grupos sobre los que pesa mayor desigualdad.

"En los últimos tiempos las pantallas nos han endurecido los ojos", señala al inicio de su último libro. ¿El teléfono móvil es el gran ejercicio de esclavitud de nuestro tiempo?

Las múltiples lecturas que permiten cada tecnología recuerdan aquella idea del filósofo Virilio cuando advertía de que en el invento del barco también está el invento del naufragio. Con el teléfono móvil ocurre algo parecido, que en las grandísimas potencias que supone y en lo mucho que nos ayuda en la vida cotidiana, trae consigo la vuelta de tuerca de su exceso, de haberse convertido en un instrumento omnipresente e intrusivo sin el que nos encontramos perdidos. La dependencia y adicción que genera tiene además que ver con haber centralizado todas las pantallas que antes requerían un lugar y un tiempo determinados (el entretenimiento a menudo compartido en el salón, el trabajo, el juego). Quiero decir que en esa concentración de marcos de fantasía lo característico es que no hay margen entre uno y otro, pasamos de una red social a otra, y de ahí a una plataforma o a una videollamada. Esos dispositivos están faltos de párpados y los humanos necesitamos párpados. Lo que hoy se posiciona como necesidad urgente para la ciudadanía es el derecho a la desconexión como una necesidad de párpados. En ese derecho de desconexión intervienen varios factores, pues no se trata meramente de una cuestión individual de voluntad, sino de la combinación con otros factores como: la manera adictiva (y premeditada) en la que se diseñan redes y aplicaciones, las formas de configurar teletrabajo, la cultura no educada del respeto a la intimidad y los tiempos propios, la pérdida del juego social y material en los más jóvenes cediendo al espejismo de que conectados en casa están más seguros. 

"Hasta un niño conectado a sus máquinas miraría hoy casi sin parpadear la muerte evitable, la desigualdad de las vidas o el sufrimiento de los otros", escribe. ¿Cómo podemos educar la empatía y evitamos caer en la frivolidad?

La saturación de imágenes a la que estamos expuestos acelera los procesos de normalización de lo que vemos. Poco tarda un niño en acostumbrarse a imágenes que vistas con "extrañamiento" nos parecerían dolorosas o insoportables. La retransmisión de todos los conflictos desde todas las pantallas nos bombardea de estímulos que nos enceguecerían si los enfocamos todos. Es un mecanismo previsible que las personas se habitúen a un escenario que se nos ha hecho habitual. Como contrapartida nos inmutamos con pocas cosas porque los ojos parecen haberse endurecido, el sujeto parece haberse enfriado, para resistir. También porque los marcos de fantasía de las pantallas y el uso que hacen desde los poderes de las mismas dificulta el acceso a la realidad no filtrada. Cuando la realidad es mediada por intereses políticos que manipulan y distorsionan los hechos (lo ocurrido en Rusia es un ejemplo), o cuando optamos por fuentes no científicas y todo se hace confuso, se dificulta la empatía y predomina la desconfianza. Para educar la empatía es necesario parar el bucle de la emisión de lo siempre igual y de la prisa, infiltrar vacíos (reflexivos, pedagógicos), generar desvíos, romper esas inercias que nos permitan detenernos ante el que estamos delante para hablar y escuchar de veras. Si no hay voluntad de escuchar y de mirar de veras, nuestra vida se convierte en una rutina de seres acelerados que no se comprenden, sino que a lo sumo se presuponen.

Ha hablado abiertamente de la explotación laboral en trabajos creativos. ¿Cómo luchamos en el día a día contra este sistema que nos quiere productivos siempre?

Nos han educado en la cultura del trabajo. Toleramos bien eso de está trabajando, pero nos cuesta entender la importancia de estar descansando. En el contexto creativo además se alienta la idea de que cuando hay motivación por el trabajo, dicho trabajo se apropia de la totalidad del tiempo. Así como un artista siente que no es menos artista cuando duerme o cuando come. Quiero decir que son contextos que acogen fácilmente la hiperproductividad, más si cabe cuando esta se camufla de elección propia, generando la idea de que el trabajador creativo se autoexplota. La crítica que realizo en Frágiles cuestiona este énfasis, y llama la atención sobre un marco capitalista experto en convertir a los trabajadores en agentes culpables de su propia subordinación, pasando de largo por la responsabilidad estructural. Ser conscientes de estos ensamblajes ayuda a enfrentarlos. Toda mejora y transformación siempre nace de una primera toma de conciencia que se contagia y se hace compartida y colectiva. Buscar la alianza y la complicidad entre trabajadores me parece clave para esa lucha por la que me preguntas.

¿Falta conciencia de clase y un buen meneo sindical en la mayoría de profesiones?

Sí, ambas cosas. De un lado, la conciencia de clase parece haberse diluido con las clases medias y estamos pasando por alto los ritmos a los que se acentúan las nuevas desigualdades. Allí donde los ricos se hacen más ricos y donde los pobres se hacen más pobres tirando también de las clases medias vapuleadas por la concatenación de crisis. En este escenario la conciencia colectiva resulta esencial, pero como bien apuntas, es más necesaria y constructiva cuando la orientamos a la construcción de un suelo de garantías laborales y de derechos que nos permitan vivir y trabajar sin convertir las vidas en trabajo, a través de organizaciones sindicales que renueven y actualicen su espíritu representativo en estos nuevos contextos. Su reto es esencial, porque la tentación para muchos es refugiarse en esos otros colectivos de voces altas y cortes fascistas que permanecen agazapados, para saltar en el momento oportuno y acoger a los descontentos del sistema, y cada vez más a los jóvenes (escondiendo sus idearios supremacistas).

En los últimos años su vida ha cambiado mucho. Ve muy poco y se ayuda de dos lupas y unos audífonos. ¿La han discriminado más por ser mujer o por su discapacidad?

Por ser mujer y niña me han tratado de manera distinta a cómo se trata a hombres y chicos. Los juegos, los referentes, los estudios, los trabajos miran con otras lentes cuando eres mujer. Tu libertad está más condicionada, en el pueblo y en la ciudad no puedes salir ni hacer las mismas cosas que hacían los chicos. Desde que una niña menstrua es tratada como un peligro que hay que controlar y la vida se nos llena de miedos, más tarde de culpas, cuando se proyecta sobre nosotras mayor presión en los cuidados. Si discriminar es ofrecer un trato diferente que puede limitar tus oportunidades para desarrollarte en igualdad de condiciones, sí, ser mujer implica todavía aquí y ahora una, a veces silenciosa, a veces explícita, cadena de desigualdades. Mi discapacidad sin embargo, me ha llegado en un momento en qué tenía trabajo y estabilidad, por lo que mi situación ha sido distinta a la de muchas pesonas que han sufrido y sufren clara discriminación. Por otra parte, en una sociedad que se apoya tanto en la apariencia no es lo mismo que la discapacidad/diversidad que tienes sea perceptible por los otros a que sea pasada por alto. Por un lado, puede haber un mayor señalamiento y prejuicio cuando esa diferencia va escrita en el cuerpo, pero la contrapartida para quienes no la tienen visible, es que no siempre encuentras paciencia ni comprensión porque la gente no tiene tiempo para escucharte, contextuales y comprender tu limitación. En mi caso es en esa suma de pequeños enfados o malentendidos de gente estresada a la que no he entendido o reconocido, la que en algún momento me ha achicado, y de manera más cruda, la mayor vulnerabilidad que encuentras en la sanidad cuando saturada la pública ni siquiera te admiten en las mutuas privadas. Como contrarrelato, te confieso que también he descubierto una red de apoyo y solidaridad muy activa en este país, tanto por la administración como por instituciones que ayudan y acompañan. En estos casos, la vida puede hacerse muy diferente atendiendo a qué lado del mundo vivimos y los logros y medidas sociales en este sentido son esenciales y valiosísimos para hacer que la diversidad no se haga desigualdad.

Ha criticado duramente eso que llaman vocación cuando se trata de autoexplotación disfrazada. ¿Le salen sarpullidos cuando escucha hablar a las empresas de salario emocional?

El trabajo hay que pagarlo. Y que detrás de tantos trabajos no considerados empleos se han escondido abusos de poder e instrumentalización de aquellos que damos valor a la pasión por un hacer, al vínculo afectivo con los demás o a la responsabilidad comunitaria. El marketing se vale de todo tipo de eufemismos y estrategias para compensar sueldos dignos y mejores condiciones de trabajo con capital simbólico.

Usted habla a la perfección sobre esa rueda vida-trabajo. ¿Qué pequeños gestos podemos poner en práctica en el día a día para alejarnos de ella?

La normalización de las vidas-trabajo tienen mucho que ver con que las tecnologías de uso cotidiano se hayan convertido en prótesis de nuestros cuerpos. Allí donde estamos conectados, allí trabajamos (tren, dormitorio, mañana o noche). Teniendo en cuenta además que los trabajos mediados por pantallas se han convertido en una suerte de prácticas encadenadas que conllevan tareas de producción, documentación, evaluación, circulación, cuyo carácter líquido pareciera convertirlas en algo difícilmente acotable, de forma que cuando sentimos que una actividad se termina, otra se enlaza, siendo casi imposible terminar el día sintiendo que el trabajo se ha terminado… Pienso que observar estas transformaciones nos permite identificar un escenario distinto al que hemos sido educados en relación al trabajo. Un escenario que requiere formas distintas de afrontarlo. En primer lugar, creo que debiéramos desprendernos de la desconfianza que ha primado en el contexto laboral y que ha incidido en una saturación de tareas presenciales y de teletrabajo después de la pandemia, y en el mantenimiento de burocracias agotadoras. Confiar en los trabajadores ayudaría a que los trabajadores confiaran en sí mismos y no cayeran en esas vidas-trabajos. Exigir que los tiempos de desconexión y descanso estén tan garantizados como los de trabajo también ayudaría. Caminar hacia fórmulas que impliquen menos días laborables es un reto que me parece igualmente valioso para sentir que nuestras vidas no están fagocitadas por los trabajos.

Critica esa disponibilidad 24 horas en el trabajo y en casi todo… ¿El derecho a la desconexión digital es sólo un paso de tanto que demos dar en este aspecto?

Nadie resiste la vida en el escaparate de las 24 horas. Esa disponibilidad terminaría por robotizarnos y primar la impostura y la pose frente a la empatía. No es humana la vida que no duerme ni cierra los ojos. La desconexión es la evolución humana hacia el párpado imprescindible. Creo que predomina una conciencia de esta necesidad y que estamos en fase de materializarla. El asunto es cómo lo logramos con la presión de las industrias digitales que anteponen la ganancia al valor social, con la tendencia a sucumbir ante la presión del agrado, la vanidad del ser visto, la desconfianza de los empleadores, el reto de su regulación… 

¿Cómo convertimos la tristeza, la ansiedad, el malestar, la angustia y la ira en combustible para luchar contra un sistema que nos esclaviza?

No hay que tener miedo al malestar que viene de la conciencia. Es el malestar más valioso, que si bien nace perturbándonos puede convertirse en energía para transformarnos y cambiar mundo. Así lo hemos visto en la historia que nos precede. Para ese tránsito, una de las mayores dificultades contemporáneas es la soledad y el aislamiento que muchos sienten, la dificultad para compartir con otros. Y este compartir creo que es clave para que esa angustia sea verbalizada, comprendida y probablemente identificada como algo social y no individual (algo que le pasa a más personas). Hace unos días recibía una carta de una mujer que había tenido que convivir con problemas de salud mental y precariedad laboral y me compartía que ante el bloqueo que encontraba en la sanidad saturada, encontró en la cultura compartida una vía para ella salvadora. Se refería a como la colectividad de mujeres en los clubes de lectura le había ayudado, no solo por la posibilidad de encontrar libros que nos perturban y en algo también nos sanan, sino porque ese contexto servía para compartir y pensar comunitariamente ese malestar.

¿Hay razones objetivas para quemar contenedores y salir a manifestarse?

Hay razones para el grito, la denuncia, la manifestación, el señalamiento de quienes roban dinero público, legislan mal o favorecen desigualdad. Por mi forma de entender el mundo te diría que no hay razones para quemar ni dañar lo público. Creo que nos merecemos probar formas de poder y de queja que testen otras maneras de hacer, y frente a la guerra y el incendio (tan larga y tristemente probados), toca probar maneras que se apoyen en los cuidados a las personas y al planeta.

Usted ha decidido practicar la lentitud como herramienta y habla de recuperar espacios compartidos. Cuénteme más sobre esto…

Es una de las motivaciones que nace de mi libro Frágiles y también de un cuerpo mermado que busca convertir en ventaja la necesidad de hacer las cosas algo más lentamente y en lo posible con mayor concentración. Fíjate que si se baja el ritmo la vida comienza a verse de otra manera, como si ralentizáramos las imágenes de una película y descubriéramos detalles antes no percibidos. La lentitud es una respuesta subversiva ante una época acelerada, un contraste necesario. Porque hacer rápido no implica hacer mejor, sino terminar antes, pero seguramente haciendo las cosas superficialmente (la única manera compatible con la prisa). Por otro lado, la lentitud parece oponerse a una clásica idea del progreso, pero sin embargo creo que puede ser el desvío necesario para frenar el bucle que bajo la apariencia de estar siempre activos termina dejándonos en el mismo lugar y con la misma precariedad de trabajos y de obras. Cierto que me refiero a una lentitud que implica concentración, capacidad de recuperar la atención entre focos y ruidos. Sobre los espacios compartidos he apuntado algunas ideas antes que enlazo con esta de la lentitud vinculada a la concentración, a través de la articulación colectiva por lo común, de la necesidad de recuperar y fortalecer los espacios compartidos públicos y de la ciudadanía.