Día Internacional contra el Acoso Escolar: las claves para detectar y erradicar el 'bullying'

Día Internacional contra el Acoso Escolar: las claves para detectar y erradicar el 'bullying'

Málaga

Los 'exiliados' de los patios de colegios de Málaga: “El acosador se queda y la víctima tiene que marcharse”

Tres madres de Málaga relatan el infierno que han pasado sus hijos en la escuela y denuncian que los protocolos no son los adecuados para la víctima cuando el acoso llega a sus vidas.

Más información: Mirando a los ojos al 'bullying': el relato de María, una niña malagueña que fue agredida por sus compañeros

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Las claves

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En Málaga se han registrado 1.003 denuncias por acoso escolar en lo que va de curso, aunque solo el 1,3% se han confirmado como casos de acoso.

Las familias relatan que, en la mayoría de los casos, la víctima termina cambiando de colegio mientras los acosadores permanecen en el centro.

El acoso escolar provoca graves secuelas emocionales en las víctimas y sus familias, que a menudo se sienten solas y desprotegidas por el sistema educativo.

Las familias piden protocolos más eficaces, mayor implicación de los centros y reformas legales para proteger mejor a los menores acosados.

María tenía 13 años cuando empezó a ver a sus acosadoras sentadas en el sofá de su casa. No estaban allí. Pero ella las veía. Se encogía sobre sí misma mientras sus padres intentaban convencerla de que no había nadie. Meses después, su madre tomó una decisión que nunca pensó que tendría que tomar: sacarla del colegio. 1.003 denuncias por acoso escolar se han registrado en la provincia de Málaga en lo que va de curso, según manifestó este miércoles el delegado provincial de Educación de la Junta de Andalucía en EL ESPAÑOL de Málaga.

Aunque el propio Briones reconoció que resulta un dato que refleja una situación "insostenible" -y que dobla a los registros (un incremento del 74,7%) que se computaron a lo largo del pasado curso- también ha señalado que la cifra deriva, en parte, del aumento de la conciencia sobre este asunto en las familias y los alumnos. Así, señaló que del total de denuncias, solo 13 (un 1,3% del total) se han categorizado finalmente como casos de acoso por los centros educativos. En este sentido, recordó el balance del pasado curso: 574 denuncias de las que sólo 65 fueron reconocidos como casos considerados como tal (un 11,3%).

Las cifras cuentan una parte. Pero la otra se relata en los hogares que el acoso escolar destruye. Tres familias de Málaga capital, de tres centros distintos relatan a EL ESPAÑOL de Málaga en el Día Mundial del Acoso Escolar su testimonio. Aunque cada historia nada tiene que ver con la anterior, todas están unidas por un patrón común: el damnificado de la ecuación siempre acaba siendo la víctima. "Es siempre la que tiene que marcharse para seguir con su vida, en lugar del acosador", explican las tres madres entrevistadas.

La madre de María, nombre ficticio para preservar su identidad, estuvo el segundo trimestre de un curso de la ESO sin separarse de su hija, que estaba escolarizada en un colegio concertado. Tenía miedo de que la niña, de 13 años, se tirara por la ventana durante una crisis de ansiedad. Así de directa lo dice. El acoso escolar, asegura, ha desequilibrado a toda la familia, llegando a tener que acudir ella misma a terapia psicológica. Pese a todo, dice, "seguimos unidos ante esto y en todo lo que se ponga por delante". "Yo no sé si a lo mejor hubiera abierto la ventana o si se hubiera tirado. Es que es muy duro. Una vez abrió la puerta y se fue de la casa. Sin móvil. Tú imagínate, para unos padres de una niña de 13 años lo que supone eso", relata su madre, Eva.

María llevaba meses recibiendo empujones en clase, soportando que los que consideraba como amigos le pusieran motes y viendo que sus trabajos eran tirados al suelo. Las crisis de ansiedad eran tan intensas, según describe su madre, que la niña entraba en otra realidad. En una de ellas, como decíamos, se quedó en el sofá del salón y aseguraba ver allí a sus acosadoras: "Ella decía que estaban aquí y se ponía en el sofá hecha un ocho, digamos, para que no le hicieran nada. Mi marido la tenía que coger, y yo le decía: ‘No hay nadie’. Pero ya los veía", relata.

Cuando habla del estado en que llegó su hija a aquellas crisis, su madre se aferra a un concepto que repite varias veces a lo largo de la conversación. Esa palabra es suerte: "Yo he tenido la suerte de que María está aquí. Yo sé que es una persona muy fuerte, muy luchadora, pero en una crisis de ansiedad ella no era consciente de su realidad", insiste.

María empezó a ir al psicólogo del centro de salud en primero de la ESO. Llevaba tiempo contándole a su madre cosas que no eran normales en una niña de su edad. Los acosadores no eran uno, eran varios, casi todos compañeros de aula. El psicólogo, ya en aquel primer curso, recomendó a la familia pedir al colegio la apertura del protocolo de acoso. La tutora de María, según la madre, lo desaconsejó con un argumento que paralizó a la familia durante meses: "La tutora me dijo que quien abría el protocolo normalmente se iba del centro. Eso a mí es lo que me dio miedo y me echó para atrás. Yo no entendí eso. Decía que la víctima ya se sentía señalada y que era peor. Me lo pintó tan mal que yo no abrí el protocolo de acoso", declara.

El protocolo no se abrió hasta segundo de la ESO, cuando los padres pidieron una reunión con la dirección. María iba ya, en palabras de su madre, muy cansada al colegio, con crisis de ansiedad muy fuertes. La psicóloga que ahora la atiende fue quien les ayudó a tomar la decisión que ellos veían injusta: cambiar de centro a la víctima en lugar de los acosadores. "Aunque lo vi más claro cuando la psicóloga nos puso un ejemplo: cuando a una mujer la maltratan en su casa, para esa persona es muy difícil estar en esa casa. A María en clase era donde la maltrataban. Aunque no le hicieran nada ese día, ella revivía todo en el mismo lugar, en el mismo aula", expresa.

El cambio de centro no acabó con el problema. En el nuevo colegio, María empezó a recibir llamadas anónimas de números ocultos. También su padre. El grupo de acosadores se había ampliado con otros niños que se sumaron desde el anonimato del teléfono, todos ellos pertenecientes al anterior centro, y las amenazas escalaron a un nivel que en el aula no se atrevían a alcanzar. "La llamaron para acosarla, para decirle que la iban a matar, que la iban a violar. Muchas cosas, cosas que no le decían en el colegio. Es que en el colegio, de hecho, ahí no la acosaban de esa manera", sostiene su madre, rota de dolor.

Para Eva, el colegio no actuó bien ni dio importancia a lo sucedido de la forma en la que deberían. "Por eso los niños volvieron a acosarla telefónicamente incluso después de meses tras haberse cambiado de colegio", expresa.

Por todo ello, tuvo que denunciar y la causa judicial sigue abierta. María tiene aún citas pendientes con el psicólogo de la Fiscalía en marzo. "Es increíble que una niña como ella se vea en este embolado tan grande. Al no llegar el juicio, no termina de pasar página", relata Eva.

En el colegio del que salió, según su madre, no han llamado ni una sola vez para preguntar por la niña, según la versión de la madre de María. Tampoco las familias del entorno, las mismas con las que coincidían desde infantil, le devuelven el saludo: "Mi hija llevaba en el colegio desde los 3 años, desde infantil. Y a mí me ven familias por la calle ahora y me vuelven la cara. Dice mucho de la educación que tienen y dan", asevera.

Una madre de uno de los acosadores llegó a amenazarla por un grupo de WhatsApp con emprender acciones legales si se decía algo de su hijo. La familia ha cambiado también de colegio al hijo pequeño, no porque haya sufrido acoso, sino porque la madre dice que ya no podía estar allí "por salud mental".

Su conclusión sobre lo que pasó en el centro de María es directa: "Tristemente, lo más fácil para el colegio era sacarla del colegio. El problema sigue existiendo, porque esos acosadores siguen estando en el colegio y puede haber más Marías".

Carmen: tres hermanos, tres aulas, el mismo silencio

El caso de Carmen es distinto en su escala. Tiene tres hijos viviendo todo un calvario en el mismo colegio. Hugo, de 11 años, en sexto de primaria. Mateo, de 6, en primero. Bruno, de 3, en infantil. Cada uno está viviendo un infierno en su aula, desde el comienzo del curso. Los dos pequeños tienen, además, una discapacidad. Bruno presenta lo que su madre describe como un retraso madurativo todavía sin diagnóstico cerrado. Mateo tiene un trastorno por déficit de atención con hiperactividad, una discapacidad leve y, según su madre, posiblemente un trastorno del espectro autista que se está estudiando.

A Bruno, con 3 años, su madre lo ha recogido del colegio alguna vez con moratones. Cuando le preguntó a su maestra, esta le confirmó que no sabía cómo se lo había hecho. A Mateo, que está sufriendo acoso desde los tres, con 5 años, un compañero le metió bolitas dentro del oído. Carmen se enteró por el propio niño, que se lo preguntó al salir de clase con la inocencia de quien no sabe lo que le ha pasado: "Mi niño me dijo, saliendo del colegio: ‘Mamá, ¿cuándo se me van a quitar las cosas que tengo dentro del oído?’".

El mismo niño que le metió las bolitas, según cuenta Carmen, le bajó otro día los pantalones a Mateo en clase y le dijo que "le comiera la picha". Mateo tenía 5 años, insiste, los mismos que su agresor. La dirección no convocó a la familia por estos hechos hasta una semana después, y solo porque Carmen sacó el tema en una tutoría que ya tenía concertada por otro asunto.

"Yo fui a tutoría y es cuando yo le saqué el tema. No fue la señorita capaz de decirme que teníamos que hablar urgentemente. Lo mejor es que me sientan a mí y no a la otra familia que tiene el gran problema", declara.

Hugo, el mayor, sufre dos formas distintas de acoso. La primera, dentro del colegio, por parte de un alumno mayor, de tercero de la ESO. "Lo coge de la camiseta en el baño y lo sube para arriba. Mi niño cada vez que tiene que ir al baño tiene que pasar por delante de la puerta de Secundaria porque el edificio tiene forma de U y él cada vez que lo ve, lo persigue", relata.

La segunda forma de acoso es digital. Un compañero de la propia clase de Hugo ha hecho un sticker con su cara y lo ha distribuido por los grupos de WhatsApp del curso. Dentro del colegio, supuestamente, los móviles están prohibidos. Sin embargo, el sticker existe y circula para mofarse del pequeño.

La respuesta del centro, según Carmen, ha sido pedirle a Hugo que no le eche cuenta al asunto. La madre encuentra absurda la solución que se le ofrece a su hijo: "La profesora em dijo que no mire a los que se meten con él. A ver si ahora tiene que ir mi niño como los burros para que no mire a nadie. La vista es libre y no me parece respuesta adecuada", sostiene.

Carmen ha pedido al centro la apertura del protocolo. Se lo han negado, según su relato, con el argumento de que "a lo mejor no es necesario" porque el acoso no es continuo, es "un día sí y un día no". Ella escribió un mensaje en Facebook pidiendo orientación, sin nombrar al colegio ni a los acosadores, según asegura. La dirección la llamó para reprochárselo rápidamente. "Les dije que sí, que lo había publicado, sin dar nombres ni de ellos ni de mis niños; solo para buscar una solución que ellos no me daban".

En seis años en ese centro, dice Carmen, nunca habían tenido que llamarla por mala conducta de sus hijos. Ahora, en cambio, asegura que ha empezado a ser señalada como "la que protesta". La pregunta que se hace, dirigida al colegio, es la pregunta que ningún padre quiere tener que formularse: "Yo no sé qué quieren tapar. ¿Hasta dónde quieren llegar? ¿Hasta que le pase algo al niño o a los niños?", sostiene.

Una amiga suya tiene a su hija en la clase de Mateo y vive lo mismo desde septiembre. Las dos van a cambiar a sus hijos. El centro donde acudirán a partir del curso que viene sí integra a los niños con diagnóstico y una profesora de apoyo acompaña al alumno dentro del aula. "No hay color", relata. "Da pena que yo tenga que cambiar a mis niños cuando esos niños se van a quedar dentro", añade.

Rocío: la niña que tuvo que grabar para que la creyeran

Lucía, hija de Rocío, empezó a apagarse en mayo de su primer curso de la ESO. "Una niña que es verdad que desde muy chiquitita siempre ha sido muy abierta, se relaciona con todo el mundo... Ahí notamos que algo pasaba. Ese verano la niña no quiso salir", relata su madre.

Una de las niñas que la acosaban era, hasta poco antes, su mejor amiga. Una niña con problemas familiares, con padres separados, a la que Rocío recogía en su casa porque le daba pena. En septiembre, Lucía aguantó pocos días en el aula. Cuatro, cree recordar la madre. Le insultaban, le robaban los materiales, se escondía en el cuarto de baño y llamaba a su madre desde allí, llorando, porque la directiva no le hacía caso. Rocío le dio entonces la única instrucción que le pareció útil para que el centro escuchara:

"Yo le dije: ‘Lucía, graba'. Le pedí que grabara porque la directiva no le hacía ni puñetero caso, hablando mal y pronto. Lo grabó en WhatsApp, en audio, porque yo le dije que no grabara vídeo porque no estaba permitido", sostiene. Ese día, Rocío salió del trabajo, fue a recoger a su hija y la sacó del centro. La familia decidió que Lucía no volvería a pisar el aula, pese a las llamadas y advertencias institucionales que recibieron a continuación.

"Mi hija no volvía a pisar el instituto. Me daba igual quiénes vinieran. Me amenazaron policías, asistentes sociales… Hasta el mismo centro". La inspectora de zona, a la que la familia agradece especialmente, fue quien escuchó el caso y descubrió que el centro no había activado el protocolo. Cuando lo activaron, lo hicieron a la carrera: "Ellos no habían activado el protocolo. Lo activaron cuando la inspectora de zona dijo qué pasaba. Y corriendo lo activaron, y me llamaron muy indignados", añade.

Lucía estuvo desde septiembre hasta noviembre sin escolarizar. Rocío peleó con la administración para que la admitieran en otro centro, ya que por zona se lo negaban. Cuando finalmente entró en el colegio nuevo, también concertado, los profesores la recibieron en la puerta. La adaptación, según describe la madre, contrasta con todo lo anterior: "Fue llegar allí y salir los profesores en busca de ella, calmarla, decirle que ya está, que se había acabado todo, que no iba a pasar más nada. A día de hoy se levanta a las seis de la mañana, ella se arregla, se prepara sus cosas, va con ganas al colegio", sostiene.

Lucía ha recuperado la confianza y la alegría, según su madre. Le da pena que el año que viene tenga que cambiar de centro, puesto que en el actual no hay bachillerato. "A mí el caso de Sandra Peña me llegó lo más grande, porque yo dije: ‘Dios mío, mi niña; si yo no la saco y sigue aguantando, quién sabe’. Es complicado, muy complicado. Es muy triste", concluye.

La sombra de Sandra Peña

Sandra Peña tenía 14 años. Estudiaba en el colegio concertado Irlandesas de Loreto, en Sevilla. Se quitó la vida el 14 de octubre de 2025 después de meses de acoso por parte de tres compañeras. Su madre había avisado dos veces al centro por escrito, acompañando los avisos de informes psicológicos, según declaró públicamente la familia. La Junta de Andalucía constató después que el colegio no había activado el protocolo de acoso. La Fiscalía sigue investigando los hechos. La familia ha presentado una querella contra el centro y contra el personal docente que considera implicado. El caso, que tuvo una repercusión enorme y que llevó a una huelga estudiantil contra el bullying en octubre, está hoy en la cabeza de cualquier madre con un hijo acosado.

El último informe de la Fundación ANAR y la Fundación Mutua Madrileña, presentado en septiembre de 2025 y elaborado con datos del curso 2024-2025, sitúa en el 12,3% el porcentaje de alumnos que afirma que en su clase hay casos de acoso escolar, ciberbullying o ambos. Es un crecimiento de casi tres puntos respecto al curso anterior. Los golpes y patadas en los casos de acoso presencial han aumentado 8,7 puntos. Más de un cuarto de las víctimas, el 28,2%, sufre el acoso durante más de un año.

El caso de Hugo, el mayor de los hijos de Carmen, encaja en otra tendencia inquietante del informe. El 14,2% de los casos de ciberbullying ya se sirven de la inteligencia artificial, sobre todo para manipular fotos o vídeos de la víctima y para suplantar identidades. Los stickers que circulan por los grupos de WhatsApp de la clase de Hugo no son ya una mofa que queda en el patio, sino una forma de acoso que se lleva la víctima a casa a diario.

Las tres familias coinciden en algo que conviene subrayar. Ninguna pidió, al principio, cambiar a sus hijos de colegio. Lo que pidieron fue protección dentro del centro. La madre de María se echó atrás cuando le dijeron que abrir el protocolo significaba marcharse. Carmen lleva meses peleando para que abran uno que la dirección considera innecesario. En el caso de Lucía, el protocolo no se activó hasta que la inspectora preguntó por él.

Hay otro hilo común a las tres conversaciones. Las tres madres describen la misma sensación: estar solas. Solas frente al colegio, solas frente a las otras familias, solas a veces incluso frente a sus propios entornos. La madre de María lo resume con una imagen reveladora del aislamiento: "Hasta que no te toca a ti, desgraciadamente, no abres los ojos. Y esto puede pasarle a cualquiera".

Cuando se le pregunta qué cambiarían del sistema, la madre de María empieza por lo que ocurre dentro de la casa. Por las familias. Por lo que se enseña antes de que el niño entre en el aula: "El problema viene de casa. Nosotros como padres tenemos que no solamente comprarle ropa y al colegio. Es enseñar a inculcar una serie de valores que no se están inculcando", sostiene.

Cree, además, que las charlas que se dan a los acosadores son insuficientes y que las víctimas y sus familias deberían entrar en las aulas a contar lo que pasa cuando nadie hace nada. Su hija, según asegura, estaría dispuesta: "Yo creo que le deberían dar las charlas a los mismos niños que han sufrido bullying, las familias, ir a los colegios. Que tengamos esa voz".

Carmen pide algo más concreto y más urgente. Que se abran los protocolos cuando hay que abrirlos, que "no se espere a la desgracia". Que los inspectores hagan su trabajo. Que los centros dejen de mirar la imagen antes que a sus alumnos.

Rocío, por su parte, cree que hay que tocar la ley y lo dice mirando a los menores que acosan y a la respuesta institucional que reciben: "La reforma del menor habría que mirarla muy a fondo. Yo creo que ellos están muy tranquilos, no tienen miedo a hacer nada, y sigue estando todo a favor de ellos. Hay que endurecer la ley del menor".

Las tres comparten, sin haberse puesto de acuerdo, la idea que da título a este reportaje. Mientras la solución pase por sacar a la víctima del centro y dejar dentro al acosador, no hay solución. Hay un parche de una herida que, según la madre de María, no para de sangrar. "Yo animo a los padres de niños acosados que sí, que los cambien de centro. ¿Qué hace mi hija en un sitio donde está reviviendo eso? Nada. No tiene sentido", dice.

María ya se está recuperando poco a poco de las secuelas de tanto tiempo de acoso y vuelve a rehacer su vida como puede en el nuevo centro. Hugo, Mateo y Bruno van a salir del colegio en el que están en septiembre y Lucía madruga cada mañana y va contenta al instituto gracias a una madre insistente que no estaba dispuesta a perder la sonrisa. Pero Sandra Peña, en Sevilla, o Ángela Cordero, en Benalmádena, no corrieron la misma suerte y la sociedad falló con ellas.

Si tú o alguien de tu entorno está sufriendo acoso escolar, puedes contactar con el Teléfono ANAR de Ayuda a Niños y Adolescentes (900 20 20 10), gratuito y disponible 24 horas, o con la línea contra el acoso escolar del Ministerio de Educación (900 018 018).