Juan, Adri y Jorge (Marlon).

Juan, Adri y Jorge (Marlon). Sara Fernández EL ESPAÑOL

Ocio

Marlon: "Estos años íbamos con compositores a hacer canciones exprés a modo robot. Esta vez hemos hecho todo nosotros"

"Hemos llegado a un estudio a las 11 y a las 7 hemos salido con una canción y no sabías ni lo que escribiste" // "Muchas veces estas jodido. Sales al escenario y estás hecho una mierda. Pero somos personas humanas"

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Las claves

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Marlon presenta su nuevo disco 'Hipersensible', creado íntegramente por ellos mismos tras una etapa en la que componían canciones de manera industrial junto a otros autores.

El grupo asturiano reflexiona sobre la presión de la industria musical, la obsesión por las cifras y la pérdida de autenticidad y motivación que esto les generó.

Tras una década tocando en salas pequeñas y creciendo poco a poco, Marlon apuesta ahora por la honestidad artística, dejando atrás fórmulas prefabricadas.

Los miembros de Marlon destacan la importancia de la sensibilidad y la terapia para afrontar los retos emocionales de la música y la vida.

Adri, Jorge y Juan se sientan en casa, en Carús, su particular ágora, el restaurante asturiano donde ahogan penas, beben victorias y crean lo que ven, huelen y escuchan. Llevan 10 años en ese mood, ganándose el pan de garito en garito, de sala en sala, de festival en festival. El éxito, el aplauso y el reconocimiento no les ha llegado de la noche a la mañana. Marlon, para ellos, ha sido una carrera de fondo, un hijo al que han ido mimando y cuidado hasta hacerlo suyo.

El problema —aunque bendito problema, pensarán algunos— es que aquellos días de borrachera y colegas, aquellos inicios sin pretensiones, se fueron acelerando hasta crear en “modo robot”. Por eso, antes de sacar su último disco, se fueron cada uno a su rincón de pensar y decidieron parar y mirarse a sí mismos para ver dónde estaban y hacia dónde querían ir.

El resultado de esos días de reflexión es Hipersensible, un disco que pone patas arriba su mundo y les devuelve a sus orígenes, a cuando lo único que importaba era tocar. Quieren olvidar las cifras, dejar de medirlo todo, obviar los likes y mandar al carajo el número de reproducciones. Están decididos a mostrarse como son, sin filtros ni ayudas externas. El nuevo disco lo han creado con la única ayuda que ofrece el llevar una década sobre los escenarios y con ese aval lo presentarán por toda España y, desde luego, en Madrid, donde ya están confirmados para actuar el próximo septiembre en El Jardín de las Delicias.

Juan, Jorge y Adri en el restaurante Carus durante la entrevista con EL ESPAÑOL.

Juan, Jorge y Adri en el restaurante Carus durante la entrevista con EL ESPAÑOL. Sara Fernández EL ESPAÑOL

P.—A estas alturas ya han recorrido media España. ¿Recuerdan su primer concierto?

R.—Fue lamentable. Es imposible verlo. Ni las fotos siquiera. Estábamos empezando y no sabíamos nada. Ni cuál era nuestra imagen, ni cómo nos íbamos a mover en un escenario, ni cuáles eran nuestros gestos. Pero bueno, siempre hay un comienzo. Y, al final, bolo tras bolo, nos hemos ido curtiendo y hemos generado nuestra personalidad.

Aquel día nos sentíamos enormes, pero éramos unas ratillas de nada. Así que lo recordamos mal, pero también con cariño. Al final hubo 2.000 personas, fue en casa, con gente que te conocía -para bien y para mal-. Y muchos pensaban: '¡Pero de qué van estos tíos! ¡Ahora hacen música y crean un grupo!'. Es difícil demostrarle a la gente que te conoce de otras cosas que te quieres dedicar a eso. Por eso fue difícil.

P.—Hombre, pero también es la leche.

R.—Sí, pero la gente piensa: '¡De qué va este tío! ¿Se cree que es cantante de la noche a la mañana?'. Y es complicado hacerle ver a la gente que sí lo eres. En casa de herrero cuchillo de palo. Adri, por ejemplo, trabajaba en la hostelería con sus padres y, de repente, ¡cómo iba un tío que hacía eso a ser cantante! Fue difícil, pero esto no ha sido un capricho. Llevamos 10 años y hemos demostrado que algo hacemos bien.

P.—¿Cómo ha sido esa travesía hasta la primera línea?

R.—Pasito a pasito. Hemos ido haciendo ese camino desde la ilusión. Había días en los que no había casi nadie viéndonos, así que no teníamos más pretensión que la de tocar las canciones y emborracharnos. Íbamos a tocar con tres colegas para que vendieran tres camisetas nuestras en el merchandising.

A veces hasta hacíamos pruebas de sonidos con tres personas y cuando salíamos había otras tres. Pero sin duda es una de las bases más gordas que tenemos. Si hemos llegado hasta aquí es por haber salido a tocar. Lo que sí es verdad es que si un año íbamos a una sala y había 10 personas, al año siguiente había 50. Siempre hemos visto ese crecimiento.

P.—¿En qué momento ven que su masa crece?

R.—Creo que estábamos más inflados de lo que en realidad éramos. La gente que nos iba a ver pensaba que la sala iba a estar llena y, sin embargo, no lo estaba. Por eso, alguna de esas veces, nos vieron llevando los amplis y nos acordamos de escuchar a alguno decir: '¡Pero si cargan ellos con el equipo!'. Pues claro, si es que había 20 personas. ¿Qué querían que hiciéramos?

Sí que hubo un cambio notorio con el segundo disco. Terminamos una gira en Valladolid con 100 personas y cuando volvimos cuatro meses después teníamos 1.000. Y eso se fue trasladando al resto de las ciudades.

P.—¿Con Warner están desde el principio?

R.—Sí, pero en nuestro caso han sido canciones sueltas las que han hecho que la gente conecte. Esas canciones nos venden las entradas y luego la gente escucha todo lo que has hecho anteriormente y sitúa a esas viejas canciones que se la sudaban en otro lugar.

P.—Y al final todo eso acaba con Marlon llenando el Movistar Arena. ¿Qué se siente al llegar a ese punto?

R.—Ilusión. De repente te ves a ti cargando los amplis, ese primer concierto que no nos gustó.... Piensas en todo eso y en todo el camino de salas que has hecho tocando para 20 personas cuando estabas jodido. Piensas: '¿Pero cómo hemos llegado hasta aquí trepando tan poco a poco?'. Pero es que para llegar allí has estado en todas las salas de Madrid varias veces. Cuando tocas en el Costello para 100 personas y ves a un colega tuyo llenar La Rivera, piensas: 'Ojalá estar ahí un día'. Y al final a los dos años tocas en La Riviera, a los tres haces tres, a los cuatro haces siete y al final haces un Movistar Arena. Y dices: ‘¡Guau’.

Juan, Adri y Jorge (Marlon) en su sesión con EL ESPAÑOL.

Juan, Adri y Jorge (Marlon) en su sesión con EL ESPAÑOL. Sara Fernández EL ESPAÑOL

P.—¿Da miedo despeñarse una vez que se llega a un determinado nivel?

R.—Al principio estás en efervescencia pura y no te paras a pensar. Eres un chaval. Pero luego, cuando eso ya dura un tiempo, aparece el miedo, empiezas a valorar las cosas y piensas: 'Tenemos algo muy importante y hay que cuidarlo'. Por eso, como hemos hecho en este disco, cambias la forma de hacer las cosas.

P.—Tengo entendido que antes de sacar este disco estaban muy preocupados por las cifras.

R.—Sí, te metes en una burbuja bastante tóxica y empiezas a valorarlo todo en función de lo anterior. Que si tal canción hizo un número de escuchas, de likes o de lo que sea... Entonces crees que no alcanzas el éxito si no llegas a esos números que te persiguen constantemente. Te empiezas a obsesionar. Miras, recargas las páginas a ver si sube. Eso es algo que nos atrapó y nos quemó mucho.

Parece que si no haces números eres peor y eso no es verdad. Esa validación constante de los números te despersonaliza como artista. Dices: 'Si este mete 10.000 y yo 3.000 es que es mejor que yo'. Pero hay mucha gente gilipollas, como decía Robe. Él decía que tener más gente no hace que otro sea mejor. Puede que haya más gente subnormal. No sé.

Muchas veces, sin querer, te metes en eso y eso acaba por enterrarte y hacerte sentir más vulnerable. Y ya no es que te compares con otra gente, es que te comparas contigo mismo. Miras el vídeo que lo petó hace tres años y que tuvo 1.000 comentarios y luego el último en el que tienes 3. Y piensas: '¿Qué pasa, que la canción es una mierda?'.

P.—Andrés Suárez comentaba no hace tanto en este periódico que él ha tenido que tratarse por esa obsesión al móvil —en buena parte derivada de los números—.

R.—Tiene que ver con la edad. Antes importaba mucho más el arte y la verdad. Ahora importan los números, que las canciones duren dos minutos y no cinco porque la gente no tiene tiempo para escucharlas. La gente escucha la canción de Pepito, al que no le pone cara, se hace una playlist y ya está. No piensan que igual ese Pepito tiene un disco y, quizás, si lo escuchas, te molen más canciones. ¡Siéntate en tu casa, ábrete un vino y escucha un p*** disco! Pero la gente no tiene tiempo porque el mundo va muy rápido. Eso asusta.

P.—Antes de sacar Hipersensible deciden parar. ¿Por qué?

R.—Por la rapidez de las cosas. Nosotros estábamos en esa velocidad y, de repente, piensas: ‘Siéntate, para un poco, respira y piensa de qué quieres hablar'. No sigas con esta rueda y frena para ver en qué punto estamos, dónde queremos ir con esta nueva música, ver qué canciones queremos hacer y con qué nos vamos a sentir a gusto en un escenario. No puedes seguir sacando canciones así porque luego tienes que defenderlas en directo.

P.—¿Cuesta parar cuando la industria va tan rápido?

R.—Sí, y da mucho miedo. Si paras, aparecen los fantasmas porque todo está hecho para que sigas a esa velocidad, para que te montes en esa bici y te dejes caer en una cuesta. Es muy difícil parar y te cuestionas todo. ¿Y si vuelvo y no hay nadie? ¿Y si de verdad no era yo sino que me había metido en esa rueda y estaban pasando cosas por ciencia infusa? Esos miedos aparecen y dices. ‘¡Joder, no nos queda otra!’.

Pero si sigues llega un momento en el que dejas de ser tú, eres una máquina que trata de repetir los éxitos del pasado y está más preocupado por el qué dirán, por los números y por autoreafirmarte que por buscar esa chispa del principio y recordar que te dedicas a esto porque te gusta la música y tocar. Piensas: '¿Pero cómo hemos podido perder la ilusión?'.

P.—¿Llegan a perder la ilusión?

R.—Sí, se pierde. Ahora la hemos vuelto a encontrar con estas canciones. Cuando empezábamos hacíamos la música que nos daba la gana y eso es lo que hemos vuelto a hacer en este disco. Estos años de atrás estábamos quedando con compositores para hacer canciones exprés a modo robot. Por eso, esta vez le pedimos a Warner que nos dejaran hacerlo todo nosotros, desde cero, sin nadie. Y lo hemos hecho todo nosotros.

Para poder hacer arte de verdad y poder escribir determinadas cosas tienes que estar con la gente cercana, no con una persona a la que no conoces y, de repente, tienes que abrirle tu pecho y soltar determinadas cosas. Eso es jodido.

Juan, Adri y Jorge (Marlon) en su sesión con EL ESPAÑOL.

Juan, Adri y Jorge (Marlon) en su sesión con EL ESPAÑOL. s EL ESPAÑOL

P.—¿Cómo es eso de ir a grabar con un compositor? ¿Hay canciones de las que os habéis llegado a arrepentir?

R.—Sales del estudio y no sabes qué has hecho. Llegas a las 11 y a las 7 tienes una canción y no sabes ni lo que escribiste. De hecho, cuando canto esas canciones -habla Adri- en el escenario, son las que se me olvidan porque nunca las interioricé. Eso no ocurre con las nuevas.

P.—¿Salen así de algún modo del laboratorio de la industria con este disco?

R.—Llamamos laboratorio a cuando hacíamos canciones rollo fórmulas: sabes que al minuto tiene que entrar el estribillo, que la canción tiene que durar tres minutos porque si no la gente se cansa.... ¿En qué momento ha pasado esto en la música? Jamás en la vida. Yo he escuchado a artistas hacer canciones de tres minutos, de seis minutos... He escuchado solos de Fito de dos minutos y la gente se los comía. ¿Por qué ahora no?

P.—¿Al mismo tiempo hay que estar dentro de la industria?

R.—Obvio. Pero nosotros queremos estar dentro pero agarrando el toro por los cuernos, al menos en lo musical. Para eso no necesitamos que nadie nos ayude.

P.—Hablando del título de su último disco. ¿Se lleva poco la hipersensibilidad, sobre todo entre los hombres?

R.—Por suerte cada vez estamos más abiertos a hablar de lo que nos pasa. Nosotros somos los primeros que nos hemos visto atados por corazas desde hace mucho tiempo, por armaduras que nos hemos autoimpuesto o veníamos con ellas impuestas. Hasta que descubres que ese pequeño paso de contar las cosas te hace más feliz. Que te sientes mejor cuando te abres y compartes con la gente lo que te duele y te preocupa. Es posible que hasta encuentres a una persona a la que le pase lo mismo que a ti. Este parón además nos ha servido un poco como terapia.

P.—¿En esa terapia han tenido ayuda o la terapia ha sido pediros cuatro cañas y ahogar las penas entre vosotros?

R.—No, hemos necesitado ayuda. Llevamos años en psicólogos y luego hacemos terapia conjunta. Es una suerte estar tres porque siempre podemos rescatar al que esté más jodido y hundido de los tres.

P.—Muchas veces da la sensación de que los cantantes no pueden estar jodidos.

R.—Y lo estás muchas veces. Sales al escenario y estás hecho una mierda. Somos personas humanas. Y sabemos la suerte que tenemos. Que no nos falte nunca. Pero siempre hay gente que salta y te dice: '¡Pero de qué os quejáis si vivís de p*** madre!'. Y no vivimos mal. Pero a veces hay cosas que te joden. Parece que no te puedes quejar nunca y que hay que dar gracias a Dios todos los días. Y hay días en los que hay que llorar y enfadarse; y días en los que no tienes ganas de tocar. Pero la gente se piensa que estás abriendo botellas de champán y viviendo de p*** madre y estás en casa con un vértigo del copón.

P.—¿Se siente incomprendidos?

R.—Como cualquier persona.

P.—Para terminar. ¿A qué son hipersensibles?

R.—A la vida. La vida está para tener un poco de sensibilidad. Nosotros somos sensibles a todo. El concepto de hipersensibilidad no es sólo sentir, no es fragilidad, sino tener una percepción en modo alto. Y nosotros somos gente que nos emocionamos con una puesta de sol. Nos parece increíble que eso pase todos los días. La hipersensibilidad son todas esas cosas que nos ayudan a crear. Y luego los años te llevan a valorar las cosas de otra manera. Cuando eres más joven, dices: ‘Mira, una puesta de sol. Y te piras’.

Y ahora —cuenta Adri— cada vez que vuelvo a Asturias lloro. Eso no me había pasado nunca porque vivía en modo rápido. Ahora quiero irme a Asturias, sentarme en un prao y mirar el mar y quedarme ahí con mi novia, mis perros o lo que sea. O quizás ese momento en el que comes con tus padres o tu abuela. Y lo vives de verdad como nunca lo hiciste antes.

A veces miras para atrás y ves que te pasaron cosas muy grandes y que quizás no te enteraste. Eso te lo da el tiempo. Y piensas: 'No sé si le di el valor que tenía'. Cuando tienes 22 años es difícil que des un paseo por la playa y disfrutes como lo haces ahora.