Xi Jinping ha escogido un momento extraordinariamente oportuno para presentarse como el defensor de una inteligencia artificial “para todos”.

Mientras Estados Unidos convierte la tecnología en una carrera por la supremacía, multiplica las restricciones a la exportación, subordina a sus aliados y concentra el poder en un puñado de empresas privadas, China habla de apertura, cooperación, código abierto, multilateralismo y ayuda al Sur Global.

No es difícil entender por qué el mensaje puede resultar atractivo.

En su discurso en la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial de Shanghai, Xi describió la inteligencia artificial como un patrimonio colectivo de la humanidad y reclamó una gobernanza internacional “justa y equitativa”.

Prometió formación para países en desarrollo, centros de cooperación con ASEAN, la Unión Africana, los países árabes, América Latina, los BRICS y la Organización de Cooperación de Shanghái, y sistemas meteorológicos basados en inteligencia artificial para treinta países. Frente al discurso norteamericano de “ganar la carrera”, China propone aparentemente una sinfonía internacional.

La comparación es demoledora. La estrategia estadounidense habla de exportar paquetes completos de tecnología norteamericana (chips, modelos, software, aplicaciones y estándares) para consolidar su liderazgo y contrarrestar la influencia china.

Es decir, no pretende que otros países desarrollen su propia inteligencia artificial, sino que se integren en una pila tecnológica controlada por empresas estadounidenses y protegida por Washington. Básicamente, que paguen por un servicio que sus empresas administran.

Después de décadas confundiendo globalización con americanización, Estados Unidos parece incapaz de comprender por qué tantos países desconfían ahora de sus intenciones.

China ha entendido perfectamente esa vulnerabilidad. Sus modelos abiertos, baratos y cada vez más competitivos permiten a empresas y gobiernos experimentar, adaptar sistemas a sus idiomas o a sus contextos, y ejecutarlos con mayor autonomía.

Para numerosos países que nunca podrán financiar un modelo de frontera ni pagar indefinidamente las tarifas de las compañías norteamericanas, la propuesta china no es propaganda: es una oportunidad real. La apertura puede ser estratégica y seguir siendo apertura.

China defiende que la inteligencia artificial permanezca bajo control humano

Pero sería profundamente ingenuo confundir utilidad con altruismo. China no ofrece inteligencia artificial al mundo porque haya descubierto de pronto una vocación filantrópica: la ofrece porque los estándares, las plataformas, los modelos y las infraestructuras crean dependencias.

Quien proporciona la tecnología acaba influyendo en cómo se regula, qué se considera normal, dónde se almacenan los datos, qué proveedores se utilizan y qué valores quedan incorporados al sistema.

El poder no consiste únicamente en cobrar licencias: consiste en definir la arquitectura dentro de la cual los demás toman decisiones.

Además, el país que promete una inteligencia artificial “para el bien y para la humanidad” es también el que ha construido el sistema de censura y vigilancia digital más sofisticado del mundo. Sus modelos deben respetar los valores políticos del Partido Comunista, evitar determinados asuntos y someterse a controles que convierten la supuesta apertura en algo cuidadosamente delimitado.

China defiende que la inteligencia artificial permanezca bajo control humano, pero en su caso “humano” suele significar “estatal”, y “segura y controlable” significa, ante todo, “compatible con la estabilidad del régimen”.

¿Es China fiable? La pregunta está mal formulada. No seamos ingenuos: ninguna gran potencia es fiable cuando sus intereses fundamentales están en juego. Estados Unidos ha utilizado repetidamente su dominio tecnológico, financiero y jurídico como instrumento geopolítico.

China hará exactamente lo mismo si obtiene capacidad para ello. La diferencia no está entre una potencia egoísta y otra paternalista, sino entre dos modelos de dependencia: uno corporativo, extraterritorial y envuelto en el lenguaje de la libertad; otro estatal, infraestructural y envuelto en el lenguaje de la cooperación.

Eso no significa que ambas ofertas sean equivalentes. La estrategia china puede ampliar de verdad el acceso a la inteligencia artificial, reducir costes, debilitar oligopolios y ofrecer al Sur Global un margen de maniobra que Washington nunca consideró prioritario.

Su apuesta por el código abierto está obligando a toda la industria a competir de otra manera.

Pero esa apertura debe evaluarse con auditorías, transparencia, interoperabilidad y capacidad de sustitución. Un modelo abierto no garantiza una cadena de suministro abierta, ni una nube neutral, ni ausencia de puertas traseras, censura o dependencia política.

¿Estará el mundo mejor si China gana? Probablemente no, si “ganar” significa sustituir una hegemonía por otra. Sí podría estarlo, en cambio, si el ascenso chino destruye la pretensión estadounidense de controlar unilateralmente la tecnología, obliga a bajar precios, extiende el acceso y permite a otros países construir capacidades propias.

El mejor resultado no es una inteligencia artificial norteamericana ni china, sino un ecosistema verdaderamente multipolar en el que Europa, India, América Latina, África y el sudeste asiático puedan elegir, combinar, auditar y abandonar proveedores.

China no necesita dominar formalmente el mundo. Le basta con convertirse en el socio al que todos recurren cuando Estados Unidos les cierra la puerta o les exige obediencia. Esa es una forma de poder mucho más inteligente: no conquistar territorios, sino hacer que la alternativa parezca irracional.

La cuestión no es si debemos creer en la benevolencia china: es si seremos capaces de aprovechar su oferta sin entregar a cambio nuestra soberanía tecnológica.

***Enrique Dans es Profesor de Innovación en IE University.