Queridos lectores, abróchense los cinturones de seguridad intelectual porque el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico —esa luminosa Iglesia de la fe renovable y el intervencionismo desbocado— ha celebrado unas jornadas bajo el título Petromasculinidad y cultura fósil para desenmascarar al petropatriarcado.

No se trata de una parodia escrita por un guionista de The Babylon Bee con resaca. Es propaganda oficial, pagada con los impuestos de los sufridos contribuyentes patrios y rubricada con el sello de un Gobierno que, desde hace ya mucho tiempo, ha sustituido la política energética que España necesita por el conjuro chamánico.

El concepto mismo de «petropatriarcado» merece un tratado de semiología aplicada. Según los nuevos inquisidores de género y clima, el petróleo y el gas natural no son recursos geológicos fruto de millones de años de procesos bioquímicos.

Son construcciones sociales del heteropatriarcado colonial blanco. Una sustancia viscosa, oscura y penetrante que simboliza, claro está, al macho tóxico explotando la Madre Tierra.

Que los hidrocarburos hayan multiplicado por diez la capacidad productiva de la humanidad, impulsado la segunda revolución industrial y, con ella, la medicina moderna, la movilidad masiva etcétera es un detalle irrelevante. La termodinámica, al fin y al cabo, es una ciencia cis-hetero-normativa.

La socialización patriarcal les empuja a «penetrar» la corteza terrestre en lugar de dedicarse a terapias de tambor y danzas circulares con faldas de esparto

En esas jornadas del MITECO, financiadas con cargo al erario público y probablemente con catering vegano y sin gluten, se han dado cita todos los sospechosos habituales.

El temario fue un festival de delirio que podría llevar las siguientes rúbricas: «Del fracking al mansplaining energético», «Cómo el diésel oprime los úteros del Sur Global», «Transición justa: de la dependencia del petróleo saudí a la dependencia estratégica de las baterías chinas» y el plato fuerte: «Descolonizando la molécula de CH₄». Porque, esa es la gracia y lo ridículo del sainete.

Mientras en España, la progresía verde nos flagela por el pecado original de haber usado energía abundante y barata durante décadas —la misma que sacó a miles de millones de la miseria, multiplicó la esperanza de vida y ayudó a crear el mundo en el que millones de mujeres dejaran de morir de parto o de tisis—, China quema carbón como si el CO₂ fuera un abono para su hegemonía y la India prioriza el crecimiento sobre los dogmas de Greta. Pero eso no es patriarcado extractivo. Eso es «desarrollo sur-sur» y «justicia climática» tras décadas de opresión capitalista.

Cuando Occidente perfora un pozo es ecocidio machista; cuando Xi Jinping inaugura una central térmica es progreso multipolar. La doble vara moral tiene aquí dimensiones inéditas.

El petropatriarcado, según sus paladines, explica también por qué los hombres siguen siendo mayoría abrumadora en ingeniería petrolera, minería y transporte pesado. La socialización patriarcal les empuja a «penetrar» la corteza terrestre en lugar de dedicarse a terapias de tambor y danzas circulares con faldas de esparto.

El petropatriarcado es solo otro chivo expiatorio de una ideología que odia la modernidad de la que ella misma se benefició pero nunca aceptó

Las estadísticas de accidentes laborales en el sector extractivo se convierten así en la prueba irrefutable de toxicidad masculina, nunca en recordatorio de que la energía barata tiene costes, cuyos beneficios se extienden a todos, y alguien debe asumirlos.

Y aquí se llega al núcleo ideológico del disparate. El verdadero problema del argumento de los apologetas del petropatriarcado no es energético, es ontológico.

Es odioso porque representa el triunfo de la modernidad, del capitalismo de libre empresa: la abundancia material que permitió la mayor liberación femenina de la historia. Lavadoras, frigoríficos, anticonceptivos, transporte, iluminación…

Todo eso liberó a la mujer de la servidumbre biológica y doméstica mucho más que mil manifiestos. Pero para la izquierda post-neo marxista actual, esa abundancia es sospechosa. Prefieren una escasez virtuosa, gestionada por burócratas y doctrinarios iluminados, donde la «cuidadanía» dependa del subsidio y del relato.

Mientras tanto, los españoles de a pie pagan la fiesta. Renovables intermitentes que exigen backup fósil o nuclear (que también demonizan), miles de millones en subvenciones que engordan fondos de inversión verdes, dependencia tecnológica de regímenes autoritarios que fabrican paneles y baterías con mano de obra forzada, y una red eléctrica patria que cojea con cada ola de calor o de frío.

Eso sí, todo muy inclusivo, todo muy resiliente y, por supuesto, todo muy caro para el contribuyente y el consumidor.

El Ministerio, en su sabiduría planificadora-ecólatra, propone sustituir el petropatriarcado por el subvencionariado: un ecosistema de ONGs, consultoras progres y empresas rentistas que viven de la transición energética como los mosquitos de la sangre.

Cuando un Gobierno se dedica a combatir quimeras semánticas en vez de garantizar suministro energético fiable, asequible y abundante está oficiando un aquelarre donde el contribuyente pone las velas negras y las placas solares que no generan cuando más se necesitan. La planificación centralizada energética tiene el mismo historial de éxito que la planificación centralizada de la agricultura soviética.

Al final, el petropatriarcado es solo otro chivo expiatorio de una ideología que odia la modernidad de la que ella misma se benefició pero nunca aceptó. Una concepción ideológica que, incapaz de asumir que el capitalismo liberal sacó más mujeres de la pobreza y de la dependencia que todos los ministerios de Igualdad juntos, prefiere declarar la guerra a las moléculas de hidrocarburos.

Que sigan con sus jornadas. Que sigan redefiniendo la realidad con neolenguaje inclusivo. Mientras tanto, el mundo real —ese que obedece leyes de la física y no de género— seguirá girando. Y la factura llegará. Como siempre, al bolsillo de los de siempre.