Imagen de las infraestructuras de NordStream.

Imagen de las infraestructuras de NordStream. Europa Press

La tribuna

El gas de Moscú y el invierno que nos espera en Europa

Es inevitable reducir el consumo de gas y electricidad. Aunque acabara la guerra en Ucrania, el precio de la energía no volvería a ser el de 2019. Europa debe replantear su  modelo energético.

1 septiembre, 2022 02:49

"Si algo puede salir mal… saldrá mal". Si algo está definiendo el mercado europeo de la energía, o lo que queda de él, es esta famosa Ley de Murphy. En Europa, nos enfrentamos a una combinación de malas decisiones con muy mala suerte. La esencia de las malas decisiones europeas en este ámbito se puede condensar en no hacer caso a nuestras abuelas, cuando nos decían que, nunca, nunca, al menos si se puede evitar, pongas todos los huevos en la misma cesta. Y Alemania, buena parte de Europa Oriental, y también Francia, pusieron todos los huevos en la misma cesta.

Además, en el caso de buena parte de Europa Oriental, y especialmente Alemania, pusieron todos los huevos energéticos en la cesta del gas de Moscú, que controla alguien tan poco fiable como Putin.

Importar gas a través de un gasoducto es más barato que hacerlo en barco, ya que no hay que licuar, pagar el transporte en barco ni regasificar. Sin embargo, no tener alternativa ni respaldo a seis grandes gasoductos que todos dependen de Moscú, no es precisamente una buena idea, al menos si no se quiere que oponerse a Putin implique pasar muchísimo frío en invierno. Y efectivamente, esto es lo que hicieron, durante muchos años, los sucesivos gobiernos alemanes.

Buena parte de Europa Oriental, y especialmente Alemania, pusieron todos los huevos energéticos en la cesta del gas de Moscú.

El caso de Francia es similar, en este caso pusieron todos los huevos en las centrales nucleares. Aquí una combinación de paradas programadas, pospuestas por la pandemia, que ahora se están realizando, junto con grietas aparecidas en varios reactores nucleares, hacen que la mitad de los reactores nucleares franceses estén parados en este momento.

Esto lleva a que Francia, que habitualmente exporta energía eléctrica, ahora mismo importe toda la electricidad que admiten las conexiones con España. Esto hace que Francia también importe muchísimo gas para producir electricidad. En este caso es gas fundamentalmente de Noruega. Oslo es un proveedor mucho más fiable que Moscú, pero el precio del gas está disparado en todo el mundo, y especialmente en Europa.

Francia está soportando unos precios mayoristas de electricidad superiores, incluso a los de Alemania. Es cierto que Alemania no tiene garantizado el suministro de gas para la calefacción, lo que puede dar lugar a tener que parar la industria y/o apagones eléctricos por falta de gas para producir electricidad.

Sin embargo, el consumo de electricidad en Francia es muy superior porque los hogares utilizan masivamente energía eléctrica para calefacción porque, hasta ahora, era muy barata. Como se puede observar, la situación es extraordinariamente preocupante en las dos primeras economías de Europa, con el riesgo de que el invierno agrave, y mucho, los problemas energéticos en Francia y Alemania.

Francia está soportando unos precios mayoristas de electricidad superiores, incluso a los de Alemania.

Además de los graves errores económicos de no diversificar fuentes de energía y, sobre todo, proveedores, los europeos no estamos teniendo precisamente suerte en la cuestión energética.

Este año, en prácticamente toda Europa, ha sido el más seco que se recuerda en décadas. Esto supone menos agua en los embalses, y, en consecuencia, menor producción de energía hidroeléctrica.

Por supuesto, esta electricidad que no se produce con energía hidroeléctrica hay que obtenerla fundamentalmente en centrales de ciclo combinado utilizando gas natural.

Además, este año también ha sido un año de olas de calor en julio y agosto. Esto dispara la demanda eléctrica para refrigerar, que de nuevo supone aumentar la demanda de gas natural para producirla.

Lo peor es que las temperaturas extremas, aunque parezca paradójico reducen la producción fotovoltaica- por las brumas y porque las placas funcionan mejor a una temperatura inferior, y suponen también menor producción eólica porque no suele haber viento.

Todo esto combinado tiene una solución complicada, o, mejor dicho, si lo que se pretende es volver a la situación anterior, en precio y disponibilidad de gas y electricidad, sobre todo en precio, simplemente no hay solución a corto y medio plazo.

Aunque la guerra en Ucrania terminase mañana, no volveríamos a los precios del gas de antes de la pandemia, y mucho menos a los que "disfrutamos" con la actividad económica parada durante la Covid. Resulta evidente que, en el futuro, no nos podremos fiar de Rusia como se hizo, irresponsablemente, antes. Esto supone comprar gas más caro, y construir nuevas infraestructuras para llevarlo donde se consume.

Aunque la guerra en Ucrania terminase mañana, no volveríamos a los precios del gas de antes de la pandemia.

También se puede apostar por prolongar la vida de las centrales nucleares, e incluso por construir otras nuevas. Pero, además de que esto sea una solución a largo plazo y no a corto, seamos conscientes de que las inversiones en seguridad en estas centrales son cada vez mayores, y hay que pagarlas. Y escatimar en gastos de seguridad o en mantenimiento en estas instalaciones es un error gravísimo, como el que cometieron los soviéticos en Chernóbil.

Por supuesto, las energías renovables son el futuro. De hecho, gran parte de la menor desventaja comparativa de España, dentro del marasmo en el que se ha convertido el sistema eléctrico europeo, está en que hay más capacidad eólica y fotovoltaica que en otros países.

Pero, nuevamente, estas fuentes son intermitentes, y la capacidad de almacenaje en baterías es muy limitada. En las horas punta, especialmente por la noche, se sigue teniendo que recurrir masivamente al gas.

Es inevitable recortar el consumo de gas, y también de energía eléctrica, en buena medida producida con gas

Esto lleva a que es inevitable recortar el consumo de gas, y también de energía eléctrica, en buena medida producida con gas. La mayor parte del recorte lo van a producir, y de hecho ya lo están haciendo, más que los planes de ajustes, los propios precios de la energía. Esto ya se está pagando en forma de menor crecimiento y mayor inflación.

Como el gas lo importamos casi en su totalidad, no hay mucho que se pueda hacer. Respecto de la electricidad, se puede intentar extender la "excepción ibérica" que desconecta, parcialmente, el precio de la electricidad del precio del gas. Pero, seamos conscientes de que este mecanismo solo ha minorado el incremento del precio de la electricidad, no lo ha reducido, en los dos países, España y Portugal, con más capacidad de producción renovable.

Además, España y Portugal tienen capacidad de adquirir el gas que haga falta (aunque sea a un precio desorbitado), gracias a nuestras plantas regasificadoras, situación que no se da en el resto de Europa.

Para reducir precios, habría que plantearse si tiene algún sentido que se sigan pagando derechos de CO2 para producir electricidad utilizando gas o carbón, con el precio de la electricidad completamente fuera de control. Lo peor es que el precio de la tonelada de CO2 está por encima de los 80 euros, cuando antes de la pandemia apenas superaba los 20 euros.

No es el factor principal en la escalada de precios, pero suspender la obligación de pagar estos derechos, al menos para producir electricidad, sería una ayuda para familias y empresas.

Tenemos por delante el invierno más complicado en décadas en cuestión energética, lo que llevará, necesariamente, a agravar los problemas económicos que padecemos.

Para salir de aquí, más allá de medidas de emergencia, hay que replantearse el sistema energético europeo en su conjunto, considerando que no sólo hay que reducir emisiones, además de buscar el menor precio posible, sino también garantizar el suministro, teniendo en cuenta, también, los riesgos geoestratégicos que algunos gobiernos europeos han ignorado irresponsablemente durante décadas.

*** Francisco de la Torre Díaz, economista e inspector de Hacienda.

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