Kevin Warsh en una imagen de 2017.

Kevin Warsh en una imagen de 2017. Reuters

Bancos centrales

El reto de Warsh al frente de la Fed: blindar la independencia de la institución sin declarar la guerra a la Casa Blanca

El exgobernador afronta su nominación con la bolsa, el dólar y los bonos como primeros jueces de su liderazgo.

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Las claves

Kevin Warsh, nominado por Trump para presidir la Fed, enfrenta el reto de mantener la independencia del banco central frente a las presiones de la Casa Blanca para bajar los tipos de interés.

Su liderazgo será evaluado por los mercados, el dólar y los bonos, quienes medirán si logra contener la presión política sin afectar la autonomía de la Fed.

Ceder a las demandas políticas podría dañar la credibilidad de la Fed y aumentar la volatilidad financiera; resistirse podría provocar tensiones con el Gobierno y movimientos bruscos en los mercados.

Las decisiones de Warsh tendrán impacto internacional, obligando a otros bancos centrales a ajustar sus políticas y poniendo a prueba la cohesión interna de la Junta de la Fed.

Nombrado por Donald Trump para presidir la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed), Kevin Warsh encara una tarea tan delicada como caminar por la cuerda floja.

Debe convencer a los mercados de que el banco central seguirá siendo independiente mientras lidia con un inquilino de la Casa Blanca que quiere tipos más bajos cuanto antes.

A la espera de la confirmación del Senado, el exgobernador afronta un mandato marcado por la tensión entre el Gobierno estadounidense, Wall Street y la defensa de la independencia del banco central.

En este escenario, se enfrenta a un inicio de etapa en el que serán la bolsa, el dólar y los bonos los que dicten el primer veredicto sobre su liderazgo. Su ratificación real dependerá de si los inversores perciben que puede contener la presión política sin poner en duda la autonomía de la Fed.

Con la nominación ya sobre la mesa, la institución, presidida por Jerome Powell hasta el próximo 15 de mayo, entra en una nueva fase.

Política y mercados

El relevo de Jerome Powell despeja una incógnita, pero abre inmediatamente otra: qué tipo de relación tendrá Warsh con la Casa Blanca y con los mercados.

Warsh llega al cargo con la bendición del presidente estadounidense, pero también con la mirada recelosa de quienes temen una Fed más alineada con los deseos del Ejecutivo.

El contexto macroeconómico no le dará demasiado tiempo para rodajes. La inflación se ha moderado respecto a los máximos de los últimos años, pero sigue por encima de los niveles que la Fed considera cómodos.

Al mismo tiempo, la actividad muestra signos de enfriamiento y el Gobierno quiere aliviar cuanto antes el coste de financiación de un déficit elevado.

Cada reunión del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC, por sus siglas en inglés) será un ejercicio de funambulismo entre el mandato oficial de la Fed -precios estables y máximo empleo- y las prioridades políticas de la Casa Blanca.

La principal tentación de Warsh será la de plegarse a las preferencias del presidente. Trump ya ha dejado claro que no duda en criticar públicamente a la Fed cuando considera que frena el crecimiento.

Si Warsh se deja arrastrar por esa presión y acelera los recortes de tipos más allá de lo que justifican los datos, podría lograr un alivio inmediato: subidas en bolsa, crédito más barato y un dólar algo más débil que facilite las exportaciones.

Pero el precio sería alto. Dañaría la percepción de independencia del banco central y alimentaría la idea de que la política monetaria se dicta desde el Despacho Oval. Y esto, a medio plazo, podría traducirse en mayores primas de riesgo sobre los bonos y más volatilidad cambiaria.

Guerra a Trump

El escenario contrario tampoco está exento de riesgos. Si el nuevo presidente de la Fed se planta frente a Trump y mantiene una línea estricta contra la inflación, incluso cuando la Casa Blanca reclame abiertamente tipos más bajos, el choque político puede ser intenso.

No sería la primera vez que un inquilino de la Reserva Federal entra en conflicto con el Gobierno. Pero en la era de las redes sociales y de la información constante, ese enfrentamiento podría ser mucho más ruidoso y visible.

Todo ello se traduciría en posibles correcciones en bolsa si los inversores perciben que la Fed está dispuesta a tolerar condiciones financieras más duras.

En ese caso, Warsh tendría que gestionar no sólo la política monetaria, sino también el ruido político. Ataques públicos, críticas desde el propio Partido Republicano o amenazas de reforma institucional pasarían a formar parte de su rutina al frente de la institución.

Para los mercados, ese pulso se traduciría en movimientos bruscos de los activos. El dólar podría apreciarse si se interpreta que la Fed será más dura con la inflación, pero también debilitarse si los inversores empiezan a desconfiar de su independencia.

Al mismo tiempo, podrían darse ventas de acciones y de bonos del Tesoro, con repuntes en las rentabilidades, si aumenta la percepción de conflicto institucional en Estados Unidos.

La independencia de la Fed

La independencia de la Fed es uno de los activos intangibles más valiosos de la economía estadounidense. De ella depende buena parte de la confianza global en el dólar y en los bonos del Tesoro.

Si los inversores empiezan a sospechar que las decisiones responden a intereses electorales más que a criterios técnicos, el castigo puede llegar vía un dólar más volátil y mayores exigencias de rentabilidad para financiar al Estado.

Warsh tendrá que ser especialmente cuidadoso en explicar que sus decisiones se apoyan en los datos y no en las presiones, porque de esa narrativa dependerá buena parte de la reacción de los actores financieros.

La relación con los mercados será, en paralelo a la política, el otro gran frente. Los gestores y analistas querrán descifrar rápidamente si Warsh se comportará como un presidente más duro con la inflación o más dispuesto a acompañar los deseos de la Casa Blanca.

Un mensaje ambiguo o cambiante puede disparar la volatilidad de los activos financieros. Por eso, su estrategia de comunicación será casi tan importante como las decisiones de tipos.

Explicaciones claras, coherencia entre discurso y una hoja de ruta comprensible serán esenciales para evitar sobresaltos innecesarios.

Otros bancos centrales

En el plano internacional, cualquier giro de la Fed se amplifica más allá de las fronteras de Estados Unidos. Una política excesivamente laxa puede presionar a la baja al dólar en determinados momentos y forzar movimientos defensivos en otros bancos centrales.

Una postura demasiado agresiva, en cambio, tensiona las condiciones financieras en los países emergentes y obliga al Banco Central Europeo (BCE) y a otras autoridades monetarias a reajustar sus propios calendarios de tipos.

Desde Fráncfort, Londres o Tokio se seguirá cada palabra de Warsh con el mismo interés que en Wall Street.

Además, el posible nuevo presidente heredará debates internos de calado sobre el tamaño del balance tras años de compras y la supervisión de la banca en un entorno de tipos aún relativamente altos.

Mantener cohesionada a la Junta de Gobernadores mientras se toman decisiones difíciles será otra prueba de fuego para su liderazgo.

Con la nominación ya encima de la mesa, los retos de Kevin Warsh van mucho más allá de fijar el nivel adecuado de los tipos de interés.

Tendrá que demostrar que puede escuchar a la Casa Blanca sin convertirse en su instrumento y que es capaz de dar al mercado la visibilidad que necesita sin dejarse arrastrar por sus exigencias de corto plazo.

Entre esos dos polos -el político y el financiero- se decidirá buena parte de la credibilidad de su mandato y, con ella, la estabilidad de la política monetaria de la primera economía del mundo.