Llevamos una década hablando de transformación digital. Hemos aprobado estrategias, destinado fondos europeos, celebrado congresos y firmado pactos. No obstante, ¿por qué seguimos sin el talento digital necesario para ejecutarla? Este es un problema que ningún plan ha resuelto todavía, y que la irrupción de la inteligencia artificial acaba de hacer más urgente.

Los datos hablan por sí solos. El sector tecnológico digital consiguió el máximo histórico de 722.990 empleados, un crecimiento del 7,8% interanual y un aumento del 39,6% en los últimos cinco años. Es un dato que nos enorgullece y que demuestra la vitalidad del sector.

Pero hay otra cara de esa misma moneda: el 90,3% de las empresas tecnológicas han experimentado dificultades en sus procesos de selección y contratación, y más de la mitad señalan que esas dificultades son una constante. Tenemos más de 100.000 vacantes sin cubrir. El sector crece, pero no encuentra los perfiles que necesita.

La Brújula Digital Europea confirma que España ocupa el séptimo puesto en capacidades digitales (por encima de la media de la UE), con un 66,2% de la población con competencias digitales básicas frente al 55,6% de media europea. Son datos que deben darnos confianza estratégica.

Sin embargo, en el ratio de especialistas TIC sobre el empleo total, seguimos por debajo: un 4,7% frente al 5% de la media europea, cuando el objetivo para 2030 es llegar al 8,6%. La distancia es pequeña en términos porcentuales, pero su impacto en la capacidad productiva y competitiva es muy significativo.

La brecha se puede explicar por una desconexión sistémica entre la velocidad a la que evoluciona la demanda tecnológica y la capacidad de respuesta del sistema formativo. El mercado demanda perfiles en IA, ciberseguridad, analítica de datos, cloud, robótica y todo tipo de especialidades relacionadas con la digitalización. Los programas formativos no siempre responden con la agilidad necesaria. Y cuando los estudiantes terminan sus estudios (motivados, con capacidades reales), la transición hacia el empleo especializado sigue siendo más accidentada de lo que debería.

La IA, además, no resuelve este problema; lo transforma. Automatiza tareas, sí, pero eleva simultáneamente el nivel de especialización requerido y, sobre todo, la responsabilidad de quienes la diseñan y la aplican. No basta con saber qué puede hacer. Hay que saber qué debe hacer, cómo explicarla y cómo generar confianza social en torno a ella.

Si no acompañamos el despliegue tecnológico con talento formado en ética, regulación, ciberseguridad y diseño centrado en personas, la desconfianza ciudadana crecerá y la adopción se frenará. El déficit de talento no es solo un problema de competitividad empresarial: es también un riesgo para la cohesión social.

En este sentido, hay tres palancas estructurales sobre las que es urgente actuar. La primera es el Pacto de Estado Integral por la Transformación de la Educación y el Talento. No una declaración de intenciones, sino un compromiso real de todos los agentes (gobierno, empresas, universidades, centros de FP, familias) para transformar el sistema formativo desde la base. Un modelo educativo flexible, conectado con las necesidades reales del mercado laboral y capaz de incorporar la formación en competencias digitales desde las etapas más tempranas.

Las empresas del sector ya están haciendo un esfuerzo relevante: prácticas, mentoring, colaboración con universidades y FP, programas de divulgación tecnológica. Pero ese esfuerzo necesita un marco institucional que lo amplifique y lo sistematice.

La segunda palanca es la recualificación (reskilling) y la mejora de competencias (upskilling) a lo largo de toda la vida laboral. El talento digital no se forma solo en las aulas. Se actualiza constantemente. Necesitamos programas de formación continua, accesibles, reconocidos y conectados con la empleabilidad real. El objetivo de la Brújula Digital Europea de llegar a 20 millones de profesionales TIC en Europa para 2030 no se alcanzará con los itinerarios formativos actuales. Hace falta escalar.

La tercera es la atracción y retención de talento. España y Europa tienen una ventaja diferencial que aún no explotamos suficientemente: un modelo tecnológico basado en derechos, confianza y valores. El talento digital quiere proyectos con sentido, aprendizaje continuo e impacto real. El salario sigue importando, pero ya no es el único diferencial cuando se puede trabajar desde cualquier lugar del mundo.

Posicionarnos como un ecosistema donde se desarrollan tecnologías punteras, responsables y alineadas con las personas es también una estrategia de atracción de talento. Eso pasa por incentivos fiscales para retornados y nómadas digitales, becas internacionales en IA y ciberseguridad, y pasarelas ágiles de prácticas entre universidad y empresa.

Mirando a 2030, los perfiles más críticos serán los más técnicos y los más completos: expertos en IA y datos, pero también en ciberseguridad, regulación y diseño centrado en personas. Y, sobre todo, personas capaces de trabajar en entornos reales, regulados, con impacto directo en ciudadanos, empleados y empresas. El talento que necesitamos amplifica el potencial humano. No lo sustituye ni lo deshumaniza.

El verdadero éxito de la Década Digital no se medirá solo en el número de profesionales TIC formados. Se medirá si construimos una sociedad que confíe en la tecnología digital que ese talento desarrolla. Y eso exige ambición, coordinación y decisión.

*** Francisco Hortigüela es presidente de Ametic.