Hay mañanas en que uno abre los ojos, cae en la irresistible tentación de mirar las últimas noticias en su móvil y siente que el mundo ha decidido, definitivamente, perder la cordura. Una guerra aquí, una pandemia allá, un gobierno que miente y roba con desparpajo olímpico, una inteligencia artificial que no sabemos si va a rescatarnos o a suplantar todo aquello que creíamos exclusivamente humano. El precio de la compra sube, la confianza en las instituciones baja, y la desinformación campa con la impunidad de quien sabe que nadie va a pedirle cuentas. El mundo, en suma, parece roto, y quizás en cierto modo lo esté realmente. Es algo que viene fraguándose poco a poco, con pequeñas fisuras que van volviéndose grietas y, por puro desgaste de materiales, en roturas completas.

Y lo que es peor: parece que cada año que pasa, esta sensación de que todo está patas arriba se hace un poquito más grande, aunque el hoyo ya pareciera imposible de ensanchar.

Ante semejante panorama, las respuestas plausibles, probables y habituales están bien estudiadas por la sociología y son únicamente tres: el cinismo, la indignación y la nostalgia. El cínico encoge los hombros y dice que siempre fue así, mientras que el indignado agita pancartas que el viento se lleva a la vez que el nostálgico clama por un pasado que, bien mirado, tampoco fue tan glorioso.

De poca utilidad son ninguno de esos compañeros de viaje. Empero, hay una cuarta vía que es, si cabe, más antigua de lo que parece, más probada de lo que se recuerda, y más urgente de lo que se predica.

Hablo de la diplomacia científica. No, estimado lector, no apelo a un eufemismo burocrático (quien se lo dejara al bueno de Saramago en su célebre novela Todos los nombres) para hablar de colaboración entre universidades, ni de un concepto de nuevo cuño para apelar a que la ciencia debe ser objeto de procesos diplomáticos. Tampoco de lo opuesto, una suerte de ciencia que estudie y establezca reglas aparentemente fiables para la diplomacia política, por naturaleza sujeta a las particularidades y arrebatos humanos más elementales.

De lo que me ocupo en esta ocasión, y si lo quieren ver así, mi humilde proposición ante este mundo roto, es de aquella ilusa pretensión de que la ciencia y la innovación se conviertan en el suelo, en los sólidos fundamentos sobre el que cabe rehacer todo: las relaciones entre países, la economía, la salud, los conflictos. Es el pacto fundacional que la humanidad jamás firmó, pero que la propia historia ha demostrado que funciona, incluso cuando lo hemos hecho casi por azar o por pura necesidad.

Normalmente, todos los que formamos parte de este ecosistema tenemos una visión finalista de la I+D+I (y por ende, de la digitalización). ¿Cómo puedo usar la ciencia o la tecnología para resolver este problema? ¿Qué puedo hacer con la tecnología para resolver los desafíos de este sector? Pero quizás la verdadera iluminación, lo verdaderamente disruptivo, sea dar un paso atrás en esas cuestiones y preguntarnos cómo construimos un mundo donde la ciencia sea el principio absoluto desde el que se parte. Porque, haciéndolo de este modo, puede que muchos de los problemas y conflictos a resolver desaparezcan como por arte de magia.

No estoy diciendo (por mi propio bienestar mental, principalmente) que usando un prisma científico-tecnológico vayan a desaparecer las guerras, las pugnas geoeconómicas o las desigualdades sociales. Pero sí que creo que muchos de los factores que habilitan esos fenómenos podrían debilitarse y evitar el estado agudo de muchas de esas crisis, amén de minimizar y reducir el tiempo hasta sus resoluciones finales.

"Las naciones y las culturas han construido durante largo tiempo sus relaciones sobre la ciencia, en el esfuerzo de forjar ese elemento esencial que es la confianza (...) La práctica científica valora la racionalidad, la transparencia y la universalidad. Estos valores pueden, a su vez, contribuir a una buena gobernanza y al libre intercambio de ideas entre personas de todas las nacionalidades y trasfondos culturales o religiosos. La ciencia no conoce fronteras y el conocimiento científico es universal". Dicho así suena casi ingenuo, pero son palabras de la mismísima Academia Mundial de Ciencias.

Y la historia, como anticipaba, da la razón a los académicos. En 1954, apenas una década después de la II Guerra Mundial, doce naciones decidieron construir un laboratorio de física de primer nivel que ninguna de ellas podía pagarse por su cuenta. Ese germen dio vida al actual CERN, con más de cien países, muchos de ellos encarnizados rivales políticos e incluso militares. Pero, en el acelerador de partículas, no hay banderas ni enfrentamientos, sólo una pugna por el avance científico y el descubrimiento de las más esenciales reglas de la física de altas energías.

Eso ocurrió durante la Guerra Fría, un período en que los dos grandes bloques (Estados Unidos y la URSS) no se caracterizaban precisamente por sus buenas relaciones. Más bien, todo lo contrario, sometiendo a un estado de miedo nuclear constante y masivo a toda la población del globo. Y, en cambio, ello no fue óbice para que en 1957 científicos de ambos bandos colaboraran entre sí durante el Año Geofísico Internacional. Compartieron información de alto valor, se sentaron en numerosas mesas de debates, intercambiaron sus impresiones sobre las temperaturas de la región o el movimiento de glaciares. Y fue esa buena disposición mutua, con la ciencia por bandera, la que hizo posible el Tratado Antártico de 1959, que declaró esa zona como un territorio sin propietario, sin ejércitos y dedicado a la ciencia.

¿Quieren más ejemplos de lo provechosa que es la diplomacia científica? Tiremos de uno evidente y bien manido: internet nació como proyecto científico-militar y su arquitectura abierta, basada en protocolos consensuados por la comunidad técnica internacional, impidió que acabara siendo propiedad de nadie. O uno más reciente, como la tecnología de ARNm, desarrollada durante treinta años en laboratorios sin financiación masiva, que logró comprimir su ciclo de desarrollo ante una pandemia de décadas a meses, y redistribuyó por primera vez capacidad soberana de producción de vacunas a países que hasta entonces dependían enteramente de otros.

Esta semana charlaba con Juan Antonio Zufiria, doctor en ingeniería aeronáutica, presidente de la Fundación Bankinter y exdirectivo de IBM quien coincidía en la mayor de esta columna: "Necesitamos apostar por la diplomacia científica para tejer la sociedad desde abajo. Hay innovaciones como la IA, la fusión nuclear o la biotecnología que van a reconfigurar todas las sociedades por sus enormes implicaciones para todos nosotros. Porque no podemos olvidar que tecnologías como la IA por ahora están siendo evolutivas, pero deben y van a ser transformacionales". Téjase la sociedad desde abajo, dice él. Hágase desde la innovación compartida que, por su propia naturaleza, no admite monopolios duraderos.

El mundo parece roto, es evidente, pero también lo ha parecido otras veces. Y la ciencia, la tecnología y la innovación siempre estuvieron ahí para construir la capa de sociedad a prueba de futuro que necesitábamos. Si se dice que el ser humano es el único que tropieza dos veces en la misma piedra, ¿no seremos capaces también de repetir los buenos patrones? La historia ya nos ha demostrado cuál es el camino, parafraseando a los Hijos de la Guardia. Y la historia, de cuando en cuando, tiene la gentileza de repetirse.