¿Y si el mayor riesgo de la inteligencia artificial no fuera lo que puede hacer, sino lo que nosotros decidimos creer que va a hacer? ¿Y si lleváramos meses, o años, realimentando una narrativa hasta convertirla en profecía autocumplida? ¿Y si, entre el apocalipsis zombi y el negacionismo tecnológico, hubiera un espacio para algo tan poco glamuroso como pensar con datos, asumir responsabilidades y dejar de delegar el relato en quienes más se benefician de él?
El titular en mayúsculas llegó en marzo: Dario Amodei, CEO de Anthropic, afirmó que la inteligencia artificial sustituirá al 50% de los trabajos cualificados en un plazo de dos a cinco años. Desde entonces, los anuncios de despidos masivos en grandes tecnológicas se han sucedido como dominó en la prensa. Pero cuando una se toma la molestia de buscar los datos más allá del titular, encuentra matices que merecen algo más que un scroll.
Sin embargo, el informe de Anthropic sobre IA y mercado laboral (uno de los más honestos que he leído sobre el tema, precisamente porque no intenta venderte ni el pánico ni el hype) arroja una imagen bastante más compleja. Claude cubre apenas el 33% de las tareas en computación y matemáticas, y eso en un campo donde el 94% de las tareas son teóricamente automatizables. La brecha entre lo que la IA podría hacer y lo que realmente está haciendo sigue siendo enorme. No es un motivo para quedarse quieto, sino exactamente lo contrario: es la cuenta atrás.
No estamos ante una incertidumbre sobre si sucederá, sino sobre cuándo. Una cuenta atrás respaldada, entre otros datos, por el gasto acumulado en centros de datos para IA, que ya supera, combinado, al Proyecto Manhattan, al Plan Marshall, a la Estación Espacial Internacional y al programa Apolo.
La aritmética empresarial es sencilla y, precisamente por eso, incómoda. Si una organización consigue que su equipo sea el doble de productivo, tiene dos opciones: producir el doble con la misma plantilla o prescindir de la mitad. Y aquí es donde más crujen las grandes estructuras, porque no siempre es posible crecer en la proporción que la tecnología exige.
Las empresas más pequeñas, paradójicamente, tienen aquí una ventaja estructural: la IA tiene cierto efecto democratizador cuando no hay capas de management que justificar.
Pero seamos precisos. El informe de Anthropic señala que los trabajos más expuestos a la automatización son los que se proyectan con menor crecimiento futuro (por cada 10 puntos porcentuales de cobertura por IA, las proyecciones de empleo caen 0,6 puntos). Y los trabajadores más expuestos no son los que habitualmente asociamos con "población vulnerable": son mujeres, mayores de 40 años, con educación superior y mejores salarios. Que eso no aparezca en los debates sobre recualificación dice mucho del relato que hemos construido.
Ahora bien, en el otro extremo del espectro tenemos a quienes viven tan inmersos en el ecosistema tecnoacadémico que confunden el mapa con el territorio. Y desgraciadamente, esto cada vez es más fácil, tanto por el nivel de los evangelizadores como por los escenarios en los que se les da voz.
Daniel Arjona lo describía de forma desternillante en una de sus newsletters con la que no podría estar más de acuerdo: Yuval Noah Harari en Davos, presentando la IA como una entidad consciente y amenazante que supuestamente ya nos denomina "Los Observadores".
Lo que Harari dramatizaba como revelación existencial no es más que un artefacto estadístico del entrenamiento: el término aparece profusamente en libros de ciencia ficción y protocolos de seguridad que forman parte de los datos con los que se entrenan los modelos. No hay conciencia emergente, más bien un historiador brillante, y con muchos lectores, confundiendo deliberadamente un patrón lingüístico con el despertar de una inteligencia alienígena. El resultado: titulares. Muchos titulares
Y mientras tanto, en las micropymes que conforman el tejido productivo mayoritario de este país, acabamos de cerrar la convocatoria del Kit Digital para conseguir que estas empresas tuvieran página web, ecommerce o CRM. Es decir, para que se subieran a una revolución de hace más de veinte años.
El gap entre tecnología y adopción que documenta el informe de Anthropic no es un dato abstracto: es la señora que lleva una ferretería en Albacete y que todavía gestiona el inventario en papel. Que los que conformamos el sector tecnológico, desde nuestra burbuja de titulares sobre singularidad, no nos demos una vuelta por ahí de vez en cuando es un problema de perspectiva que nos cuesta muy caro.
Y aquí está el verdadero peligro que quiero señalar: no es Skynet, no es el desempleo masivo inmediato, no es que los chatbots sueñen con ovejas eléctricas. Lo que más me preocupa de las narrativas apocalípticas no es el ruido que generan, sino la coartada que ofrecen.
Atribuirle conciencia propia a la IA es un movimiento con dos consecuencias igual de dañinas e irresponsables: asusta a una población general que no tiene por qué saber distinguir un patrón estadístico de una voluntad emergente, y parece una forma de aliviar nuestra propia responsabilidad como constructores de estos sistemas.
Si la IA "decide", si la IA "quiere", si la IA "nos llama Los Observadores", entonces ningún equipo de ingeniería, ningún consejo de administración y ningún inversor tiene que responder por nada. La caja negra como escudo perfecto.
Quienes trabajamos en tecnología tenemos una doble obligación que a menudo obviamos. La primera es moderar el relato: cada vez que amplificamos una narrativa apocalíptica sin matizarla, estamos contribuyendo a una tensión social que luego nos cuesta años desactivar.
La segunda, más incómoda, es hacernos propietarios de lo que estamos construyendo. Las decisiones sobre qué datos usar, qué optimizar, a quién impacta un despido automatizado y a quién no, las toman personas. Con nombres. Y esa cadena de responsabilidad no desaparece porque el output final lo firme un modelo.
No nos volvamos locos con el apocalipsis, ni tampoco nos pongamos en modo resignación para eludir las responsabilidades que siempre tendremos, por favor. Pero tampoco nos permitamos el lujo de autoengañarnos pensando que esto aún está muy lejos o incluso cuestionar la revolución que ya está transformando el mercado laboral.
El futuro no consiste en que la IA sea omnipotente, sino en que nosotros no nos volvamos tan cómodos con la narrativa que olvidemos quién firmó cada decisión.