Antonio Fontán, a la derecha de Suárez, celebrando el triunfo en las elecciones generales de 1979.

Antonio Fontán, a la derecha de Suárez, celebrando el triunfo en las elecciones generales de 1979. Archivo Fontán

Política DESCUBRIENDO A FONTÁN

Parece mentira, y ocurrió: Fontán, catedrático de Latín, "héroe de la libertad de prensa"... y ministro

100 años del nacimiento de Antonio Fontán. Maestro de periodistas, inspirador de políticos liberales, presidente del Senado y ministro de Suárez.

9 diciembre, 2023 03:03

Lo más importante es lo que no se ve. Lo más importante es lo que se escucha. Tras activar con el móvil un código QR, aparece su voz, como nacida de un lugar indeterminado entre el techo y las paredes. La tecnología para resucitar lo que parece un viejo orador romano. Estoy en el pasillo a orillas de la biblioteca del Senado. Las estanterías, neogóticas, son de metal. Imitan el Palacio de Westminster.

Otra vez esa voz. Nuestro hombre proclama a la Cámara, citando a Ennio: “La concordia es un don que los dioses ofrecen a los hombres”. Y no suena ridículo, como ocurre hoy con las citas de nuestros políticos. La ha recitado sin leer. Casi de pasada, sin ánimo de exhibición. Era 1978 y se acababa de aprobar la Constitución. He venido a descubrir a Antonio Fontán, de cuyo nacimiento se cumplen ahora cien años.

Los mejores descubrimientos se hacen así, por encargo. Este texto lo fue: “Escribe algo sobre Fontán”. Yo sabía quién era de puñetera casualidad. Estudié en la Universidad de Navarra y Fontán era del Opus. Por eso, durante los cuatro años de carrera, vi su cara en las paredes, en los carteles, en los libros de la biblioteca.

Los del Opus son unos maestros del marketing. Contemplé fastos en la universidad que jamás he visto en la Zarzuela ni en el Congreso de los Diputados. Las cosas que hacían en el polideportivo con santos y beatos eran las naves de Bladerunner ardiendo más allá de Orión. Si Sánchez se agenciara un Iván Redondo del Opus, ganaba por mayoría absoluta.

Pero yo, que era todavía más ignorante que joven, pensaba que a Fontán lo ensalzaban, sobre todo, por ser eso, del Opus. Tenía su lógica. Mi equipo es Osasuna y, para mí, Patxi Puñal es mejor que Zidane. Total que, cuando asumí este encargo, sólo sabía que Fontán fue un periodista y político… del Opus. El "primer presidente de la Cámara Alta", luego ministro de Adolfo Suárez. “Liberal” es la palabra que más se repite.

Adolfo Suárez y Antonio Fontán, en una conversación de pasillo.

Adolfo Suárez y Antonio Fontán, en una conversación de pasillo. Archivo Fontán

Antes de llegar al Senado, leí en internet. Lo leí a él y empecé a sentir cierta fascinación, igual que la sintieron –lo supe después– un montón de jóvenes que le rodearon. Jóvenes que no eran –solo– de la Obra. Había también libertinos, periodistas, poetas, escritores, políticos… Tiene algo Fontán que atrapa. Era, de veras, un senador romano extraviado en la era contemporánea. Otra vez esa voz. Dice, con Cicerón: “El consenso generalizado es la voz de la naturaleza”.

Así que antes de ir al Senado para solventar un encargo consistente en la breve reseña de una exposición conmemorativa, me convertí sin quererlo en un detective a la busca de la personalidad de un hombre. Quería saberlo todo de él y no podía parar. Lo diré a lo Fontán. Quería resucitarlo.

La exposición de Antonio Fontán en el Senado.

La exposición de Antonio Fontán en el Senado. Javier Carbajal

Tres días antes de visitar la exposición

–Luis Alberto, quiero preguntarte por Fontán.

–Fue mi maestro. Quiero decir muchas cosas sobre él.

Llamo a Luis Alberto de Cuenca porque lo considero, a su vez, un maestro. Luis Alberto es un poeta vivo que escribe como sólo podían hacerlo los grandes poetas muertos. Fue alumno de Fontán. Fue uno de esos libertinos que encontró en aquel catedrático de Latín la fuente de la sabiduría, la rama de oro.

Fontán era sevillano, del año 1923. Hijo de un coronel de ingenieros que se acogió a la reforma republicana para no servir con las armas al nuevo régimen. El padre de nuestro hombre, en la línea de Ortega, Baroja o Marañón, quiso la República, pero pronto fue víctima de la decepción. Fontán padre fundó una radio y Fontán hijo pasó allí buena parte de su niñez. Estudió en los jesuitas.

–Luis Alberto, ¿de verdad fue tan importante Fontán?

–Yo lo conocí siendo su alumno en la Autónoma. Me dio clases de Crítica Textual. Era un hombre increíble, a ver cómo consigo explicarlo… Un profesor de vastísima cultura, sin ser por ello elitista. Su preocupación por los temas sociales le permitía estar muy cerca de la calle.

–Es difícil combinar la calle y la sabiduría.

–Pues combinaba esas dos vertientes a la perfección. Por eso su figura es digna de estudio. Como Pessoa, fue muchos hombres a la vez, pero nunca perdió el control de sus distintas personalidades.

Carmen Castillo, hoy nonagenaria y el siglo pasado una de las primeras discípulas de Fontán, me cuenta una anécdota que ilustra esa cercanía. Pudiendo citar continuamente a su biografiado Cicerón, prefería entonar al torero Guerrita: “Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”.

–¿Tenía carisma?

–No exactamente. O no hacia fuera. Era un carisma en la distancia corta, pero no era algo voluntario o buscado. Le surgía espontáneamente a través del conocimiento que desprendía. Por eso estuvimos tantos a su alrededor. Impresiona un hombre tan culto y a la vez tan alejado del fariseísmo. Y muy discreto. Cuando viajábamos los domingos, no me enteraba siquiera de si había ido a misa.

–¡Un santo laico!

–Bueno, pero también se tomaba sus whiskys, ¿eh? No todos los días, claro, de vez en cuando. Don Antonio era un hombre bueno en el sentido más machadiano del término. Consciente de su talla. No un falso humilde. Pisaba fuerte con sus conocimientos cuando lo creía necesario. ¿Sabes lo que más me gustaba?

–Cuéntame.

–Era un bibliófilo impresionante. Como por arte de magia, aparecían en sus manos todos los libros interesantes que acababan de llegar a las librerías. Tenía una biblioteca preciosa, que no era suya porque en el caso de los numerarios todo es de la Obra.

–No es fácil, en muchos casos, combinar una firme creencia religiosa con el liberalismo. ¿Era un verdadero liberal?

–De los más puros que he conocido. No hacía proselitismo. Era un cristiano que predicaba con el ejemplo, con su manera de estar y de tratar a los demás. Eso es un buen cristiano, ¿no? Fíjate si era liberal que fue mi padrino en mi tercera boda. Me casé por lo civil en el Ayuntamiento de Madrid. Es raro ser liberal y numerario, pero don Antonio era un gran liberal.

–¿Te dijo algo de tus poemas más libertinos?

–Jamás. Era todo lo contrario a un censor. Supongo que le resultarían totalmente ajenos.

–Hay uno, titulado “España”, que le gustaba muchísimo. Se lo sabía de memoria.

Luis Alberto recita:

Es un lugar muy triste que ha prohibido los héroes

y ha dejado pudrirse las rosas del escándalo.

Siempre he vivido en él. No sé si en otra parte

habrá tantos borrachos y chicas tan espléndidas.

Es sólo un lugar pobre que ha perdido su alma

sin ganar nada a cambio, un lugar sin futuro,

un puñado de tierra desunido y estéril.

Por él daría mi sangre hasta la última gota.

–¿Por qué le gustaba tanto?

–Por patriotismo. Es un país diseccionado que queremos con el alma a pesar de todo. Ya has visto que hay dos versos, digamos, lúdicos en el poema. Se hacía el loco. ¡Era un liberal!

–¿Tanto influyó en ti?

–Llegó a inocularme el virus de la política. Yo no quería saber nada de eso, pero estaba en un momento muy difícil de mi vida y me empujó a la aventura. Gracias a él di el paso. Fui secretario de Estado y director de la Biblioteca Nacional.

Fontán, en una imagen de juventud.

Fontán, en una imagen de juventud. Archivo Fontán

El periodista

A través del poeta, hemos conocido al hombre. Nos faltan el periodista y el político. Si vamos en orden cronológico, debemos empezar por el periodista. Fontán era un catedrático de Latín que supo entender como pocos el funcionamiento de un diario moderno y la importancia de la libertad de expresión.

Fundó La Actualidad Española, inspirada en la revista Life. Había sido educado en el nacionalcatolicismo, pero tenía un punto de vista muy occidental sobre la libertad. Su gran oportunidad le llegó con la dirección del diario Madrid a finales de los sesenta.

Con una sagacidad finísima, convirtió el periódico en un órgano de oposición al franquismo. Era una oposición muy eficaz –y muy preocupante para el dictador– porque nacía desde dentro. El director del periódico no era un acérrimo comunista, sino un numerario del Opus Dei, igual que varios de los ministros.

El Madrid fue clausurado por el franquismo en 1971. La voladura controlada de su edificio dos años después es una imagen icónica. El Instituto de Prensa Internacional (IPI) lo reconoció como un “héroe de la libertad de prensa”. En aquella lista, sólo hubo un español: Fontán. A don Antonio aquello le abrumaba: "Jode, es que a los españoles les dices 'héroe' y piensan en El Cid. En inglés, el término es más amplio".

Javier Carbajal, responsable de Fotografía, captura la publicación homenaje a Fontán publicada por el Senado.

Javier Carbajal, responsable de Fotografía, captura la publicación homenaje a Fontán publicada por el Senado. Javier Carbajal

Llamo a José Luis Cebrián Boné, que fue becario de Fontán primero y director de ABC después. El día que conocí a este hombre que hoy calza noventa años me di cuenta de su principal virtud: es un psicólogo de periodistas. Un tipo capaz de sacar lo mejor de la gente que lo rodea. Solía preparar fichas sobre sus redactores para tratar de entenderlos. No con el objetivo de hurgar en su vida personal, sino con el de simplemente entenderlos. Los periodistas pasan muchas horas en una redacción.

–Don José Luis, qué alegría.

–¿Sabes quién me enseñó eso que tanto te llamó la atención? ¡Fontán!

–Cuente.

–Yo estudiaba Periodismo en Barcelona, pero el tercer curso era obligatorio hacerlo en Madrid. Era una manera de tenernos controlados a todos. Teníamos clase por la tarde, pero las mañanas se nos quedaban libres. A través de un amigo, entré en La Actualidad Española, la revista que dirigía Fontán.

–¿Qué tal en la distancia corta?

–Me causó impresión. De primeras, era muy serio. Su presencia resultaba formidable. Cuando se decidía por algo, era un hombre de una determinación insuperable. Es una de las personas con más categoría humana que he conocido.

–¿Qué le encargó?

–Yo le dije que sabía de fútbol e internacional. Allí apenas se escribía de fútbol e Internacional ya estaba cubierto. Así que me ofreció trabajar en el Archivo. La Actualidad Española recibía muchísima prensa extranjera. Se le ocurrió encargarme un resumen de lo que yo leía, que le entregaba todas las mañanas.

–Se convirtió en una tradición.

–Y era raro. No es muy normal que un director y el becario se reúnan a charlar todas las mañanas. Aprendí con él las dinámicas de las redacciones, la capacidad de reacción ante la noticia y la importancia de comprender a los periodistas que trabajan para ti.

–¿Le echó alguna bronca?

–Era un hombre de tal prestigio que no necesitaba abroncar. Fontán era el prestigio total. Recuerdo que, una vez, cometí un error importante. Me dijo sin alzar la voz: “La calidad de lo que hacemos aquí ha de ser muy alta”. Capté el mensaje.

Fontán sostiene la última portada del diario Madrid, recién clausurado por el régimen franquista.

Fontán sostiene la última portada del diario Madrid, recién clausurado por el régimen franquista. Archivo Fontán

El político

Antes de abordar las peripecias políticas de Fontán, debemos consignar la anécdota que le mantiene vivo en el recuerdo de los españoles. Él, de presidente en el Senado, le dice al senador Camilo José Cela: “Está usted dormido”. Y Cela responde: “No, estaba durmiendo”. Luego vino el famoso “¿acaso no es lo mismo?”. No, no es lo mismo. Como no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.

Jaime Cosgaya, uno de los biógrafos más prolijos de Fontán, me dice: “No figura en el Diario de Sesiones. Pienso que se lo inventó el propio Cela. Porque don Antonio sí solía contar anécdotas del paso de Cela por el Senado, pero se referían a las mejoras de estilo introducidas por el Nobel en la Constitución”.

Camilo, el hijo de Cela, dice en un libro que aquello ocurrió, pero que fue borrado del Diario de Sesiones por su tono calenturiento. No tiene mucho sentido. Cuando se ordena el borrado de un fragmento parlamentario, se transcribe igualmente, pero se anota un paréntesis y, a pie de página, se indica que la presidencia ordenó “borrarlo del Diario de Sesiones”. Se trata de una manera de consignar la improcedencia de lo que se dijo, pero sin cometer un hurto a la Historia.

Total que sí, don Antonio fue el primer presidente del Senado en Democracia. Su talante abierto, su liberalismo de verdad, le convirtió en un hombre muy querido por todos los partidos. Leo por ahí a Iñaki Gabilondo: "Es el que mejor cae a derecha e izquierda". Nos lo contará también, en los pasillos del Senado, la responsable de Documentación y autora de la exposición, Josefa Fuentes.

Fontán saluda al entonces príncipe Felipe de Borbón.

Fontán saluda al entonces príncipe Felipe de Borbón. Archivo Fontán

En 1979, llegó la llamada de Adolfo Suárez. Le encargó la misión más difícil: el ministerio de Administración Territorial. Dicho en plata: el desarrollo autonómico que empezaba y el lío con los nacionalistas. La trayectoria de Fontán antes de la UCD puede resumirse en el titular que le dio a Pedro J. en una entrevista para ABC: “Soy monárquico, demócrata y liberal; es decir, ni republicano, ni totalitario, ni socialista”.

Fontán, nuestro santo laico, también fue como el Aviraneta de Baroja, un conspirador. Aquello tenía más mérito todavía siendo numerario. Porque en esas casas los horarios de comida y cena son siempre los mismos. Porque si uno falta, los demás se dan cuenta. Y don Antonio, cuentan otros numerarios, llegaba al amanecer cuando algunos ya estaban desayunando.

Perteneció en los sesenta al Consejo Privado de Juan de Borbón. Carlos Aragonés, que fue discípulo suyo, me dice: “Era un monárquico de raíz, que se hizo liberal-demócrata a la par que don Juan”. También me recuerda que fue el encargado de llevar a Juan Carlos la carta de renuncia de su padre.

Sin embargo, a don Antonio le gustaba decir que entró en política siendo niño y por culpa de las circunstancias. Lo explicaba a través de esta divertida conversación que mantuvo con Santiago Carrillo.

C–Antonio, ¿cuál fue tu primera experiencia política?

F–La política me llegó a mí, Santiago. Iba a hacer la primera comunión el 14 de mayo de 1931 y hubo que aplazarla al 24 porque prendieron fuego al colegio de los jesuitas donde estudiaba. Como los recordatorios ya estaban impresos, mi madre los corrigió a mano. En febrero de 1932, cerraron el colegio porque expulsaron a los jesuitas y a mí me mandaron a un colegio de monjas.

C–¡Qué cosas pasaban!

La biblioteca del Senado, que tanto cuidó Fontán durante su presidencia.

La biblioteca del Senado, que tanto cuidó Fontán durante su presidencia. Javier Carbajal

Cosgaya es autor de Antonio Fontán, una biografía política (Eunsa, 2020). Accedió por primera vez a la correspondencia privada. Había una carta dirigida a Suárez. Aparecían las líneas maestras de lo que quería hacer al frente del ministerio. Básicamente, restaurar los estatutos republicanos de Cataluña y País Vasco. Sabía mucho de eso. Lo compruebo en un libro suyo que he empezado a leer y que merece mucho la pena: Episodios republicanos (Rialp, 2021).

–¿Pudiste leer todas las cartas, Jaime?

–Me entrevisté con él para pedirle permiso. Se quedó en silencio. Fue un silencio incómodo. Estaría pensando, supongo, en la conveniencia de que un libro diera al público ese material. De repente, me contestó: “Me parece bien. El único inconveniente es que quizá, cuando lo acabes, tengas que acercármelo al cementario".

La estrategia de Fontán, según entiendo de las palabras de Cosgaya, consistía más o menos en dar algo pronto a los nacionalistas para “aplacar sus ansias” y que, en el futuro, sus reivindicaciones no pudieran desbocarse. Vamos a ver cómo acabó aquello.

Llamo primero a Rafael Arias-Salgado, mano derecha de Suárez y ministro de casi todo en aquel tiempo. Le pregunto por el impacto que tuvo en el Consejo de Ministros la aparición de un sabio.

–Era nada menos que un catedrático de Latín, Rafael.

–Sí, era un hombre muy solvente, con una formación intelectual excepcional. Eso traslucía en sus reflexiones, tanto en las del Consejo de Ministros como en las de la UCD. Pero tenía una virtud: hablaba como un político, no sobrevolaba. Estaba en lo cotidiano. Por otro lado, tenga en cuenta que casi todos los miembros del Gobierno pertenecíamos a los cuerpos especiales de la Administración. Esa fue la primera cantera.

[Ay, cómo hemos cambiado, que cantaba Presuntos Implicados]

–Duró poco en el Gobierno, pero ¿qué nota le pone como político?

–Entre un 8 y un 9. Por la racionalización que imprimía a todas sus posturas. Eso era muy importante en un momento de gran inestabilidad. Porque el funcionamiento de la UCD era muy complejo debido a todas las corrientes que la formaban. Fontán representó el liberalismo, como el hombre de ideas que inspiraba a Joaquín Garrigues Walker.

–Una curiosidad: Fontán era numerario del Opus Dei. ¿Notó que hiciera proselitismo o que intentara lograr privilegios para la Obra desde el Gobierno?

–Nunca percibí algo así en él. Creo que tenía muy clara la separación de sus tres mundos: la religión, el periodismo y la política.

[Debió de ser verdad. La mejor prueba de que no hizo proselitismo religioso en la política fue su papel como profesor de Juan Carlos I, que no se ha parecido mucho a Escrivá de Balaguer]

Documentación de Fontán archivada en el Senado.

Documentación de Fontán archivada en el Senado. Javier Carbajal

Localizo ahora a José Manuel Otero Novas, también mano derecha de Suárez en un tiempo, y discrepante de la política autonómica que quiso aplicar Fontán.

–José Manuel, llamo para hablar de Fontán.

–Qué casualidad, justo acabo de ver su firma en la Constitución como presidente del Senado. Guardo una copia de aquellos papeles con cantos dorados que envié al BOE.

–¿Qué pasó con los estatutos autonómicos?

–Lo que quería hacer Fontán no era ninguna tontería. Lo estuve meditando. El presidente también. Si habíamos rehabilitado a Tarradellas al frente de la Generalitat… rehabilitar el estatuto republicano era coherente.

–Algunos, con maledicencia, llamaron a Fontán “amigo de los nacionalistas”.

–Lo que pasa es que Fontán tenía un temperamento muy componedor y pacificador. Podía ser amigo de los nacionalistas y de los no nacionalistas.

–Pero, ¿qué pasó?

–Los estatutos republicanos, en contra de lo que algunos puedan pensar desde el presente, eran mucho más cortos que los de ahora en cuanto a competencias. Y había un punto fundamental: el esquema republicano preveía que pudiera haber en esas regiones centros educativos del Estado y centros educativos autonómicos.

–Es decir: una familia podría haber elegido la lengua de escolarización de su hijo.

–Exacto.

–Casa con el liberalismo de Fontán.

–Sí.

–Pero Suárez eligió otro camino.

–Un día me llamó y me dijo: “José Manuel, se ha encallado la negociación del estatuto vasco en materia de educación. Reúnete con Garaikoetxea y no te marches hasta que lo solucionéis”. Yo creía en un solo sistema educativo. O creíamos en el invento autonómico o no creíamos. Porque teníamos, para defendernos de casos como los actuales, el mecanismo de la Alta Inspección y el control en la expedición de títulos académicos.

–Visto lo visto, si me permite, tenía razón Fontán.

–Tenía razón Fontán, sí, pero yo también. Porque el problema se solucionaría si se aplicara la Alta Inspección.

Aquella diferencia de criterio acabó con la salida de Fontán del Gobierno. Regresó a las letras, a la enseñanza, al periodismo. Por el camino, le dio un infarto. Comenzó a mandar en Navidades las felicitaciones más bonitas y trabajadas que he visto jamás. Un tema histórico, bien expuesto, con unas ilustraciones preciosas. Sin ánimo de publicar, sólo para obsequiar a sus amigos. ¡Qué libro tan bonito sería reunirlas todas ellas!

Fontán, con Aznar en los noventa.

Fontán, con Aznar en los noventa. Archivo Fontán

Se apartó de la política activa, pero su influencia resucitó en tiempo de Aznar. Los jóvenes liberales que construyeron el tronco ideológico de aquellos gobiernos fueron casi todos discípulos de don Antonio. En una carta que le mandó al sacerdote –y después biógrafo suyo– Agustín López Kindler, reconoció: “Les he ayudado todo lo que he podido. Varios de mis jóvenes amigos andan por la cúpula”. El libro de Kindler, también interesante, se titula Un héroe de la libertad (Rialp, 2013).

Rondando los ochenta años, Fontán le confesó a un amigo: “Creo que he llegado a entender qué fue el humanismo en el siglo XV”. Al terminar este reportaje, vislumbro lo que fue el humanismo de los ochenta.

Josefa Fuentes, responsable de Documentación del Senado, explica la exposición sobre Fontán.

Josefa Fuentes, responsable de Documentación del Senado, explica la exposición sobre Fontán. Javier Carbajal

El reportaje llega al final y está fracasado. No he obtenido ni un defecto de este hombre. Me dice maliciosamente uno de sus colaboradores: "Normal, es una conjura. En cuanto cambiemos de Papa, vamos a beatificar a don Antonio".

Cuando murió, El Roto dibujó a Fontán alejándose de este mundo, de manera discreta, en silencio. Decía la viñeta: “Habrá que vigilarle, es un peligroso humanista”. Ahora, si existe el cielo en que él creyó, es Fontán quien nos vigila a nosotros. Entonces, habrá que leerle.

Hay una idea que me han transmitido quienes rodearon a Fontán cuando tenían mi edad: les gustaba estar con él porque alentaba su libertad con la fuerza de un tifón. Les empujaba a tener algo entre manos que les apasionara. Debe de ser éste el espíritu de Fontán, lo siento en mis manos, que bailan embrujadas: escribo tres mil palabras sobre un hombre injustamente olvidado mientras el Gobierno traslada a Suiza la soberanía nacional y el periódico tiembla como una ametralladora. Esta debe de ser la libertad.

Viñeta de El Roto publicada por la muerte de Antonio Fontán.

Viñeta de El Roto publicada por la muerte de Antonio Fontán. Archivo Fontán