Íñigo Errejón abraza a Pablo Iglesias en la asamblea de Vistalegre II.

Íñigo Errejón abraza a Pablo Iglesias en la asamblea de Vistalegre II. Efe

CAMINO AL 10-N

Íñigo a la caza de Pablo

Errejón trata de debilitar a Podemos para poder erigirse como el referente en ese espacio político, condenando a Iglesias a la marginalidad.

Lejos quedan ya los tiempos en los que un grupo de amigos, profesores de una universidad pública madrileña, aprovechó el rebufo del 15-M para presentarse a unas elecciones europeas, y, posteriormente, constituirse en partido político: Podemos. Todos compartían un mismo espíritu y un único objetivo: ofrecer a los ciudadanos una nueva forma de hacer política al apostar por el "empoderamiento popular".

A medida que la organización fue creciendo e institucionalizándose y los resultados electorales no hacían más que mejorar comenzaron a surgir las primeras discrepancias y desavenencias. Pero fue en Vistalegre II donde éstas tuvieron su máxima expresión, en la disputa de la Secretaría General entre Íñigo Errejón y Pablo Iglesias.

El problema es que, desde entonces y pese a las promesas de unidad invocadas en ese congreso, el liderazgo de Iglesias no ha dejado de ser cuestionado, porque hay quien lo ha interpretado como una traición a los principios y a la esencia de Podemos.

Como era de esperar, Errejón no aceptó su derrota y su reclusión en la candidatura de la Comunidad de Madrid. Alentado por su propia ambición y por los cantos de sirena de ciertos sectores de la izquierda y de los medios progresistas, aprovechó la oportunidad que le brindó Manuela Carmena para presentar su propia lista, integrada en una nueva fuerza política, Más Madrid, para disputarle el espacio a Podemos.

Una venganza que ahora termina de consumar, cuando no sólo ha decidido encabezar la candidatura de su partido en las elecciones generales del próximo noviembre, sino que, además, se encuentra en conversaciones para conseguir aliados electorales en las confluencias de Podemos.

De esta manera, Errejón intenta matar dos pájaros de un tiro. Primero, con su participación en el 10-N pretende restar apoyos a Podemos, y, por tanto, debilitar a su antiguo partido en la más que hipotética negociación para investir al próximo Gobierno. Y segundo, pactando con las confluencias logra una mayor implementación territorial de su espacio político y deja sin capacidad de reacción a Iglesias, que debe buscar una posible alternativa al margen de sus socios tradicionales. O sea, no sólo dotarse de organización en esos territorios -cuando en muchos de ellos apenas existe, como en Galicia, Comunidad Valenciana y Andalucía-, sino buscar financiación para poder acometer dicha labor.

Ahora es cuando muchos recordarán a Iglesias cuán importante es la implantación territorial de cualquier fuerza política

Ahora es cuando muchos recordarán al partido de Iglesias cuán importante es la implantación territorial de cualquier fuerza política para consolidar su representación en el Congreso de los Diputados. Y si no, que mire al PSOE y al PP, que incluso en sus peores momentos electorales han logrado salvar los muebles gracias, precisamente, a su fuerte estructura territorial.

No obstante, es cierto que el desencuentro con las confluencias no es un hecho nuevo. Por ejemplo, Podemos ya rompió la coalición electoral con En Marea; Compromís marcó distancias, y Teresa Rodríguez impulsa la marca Adelante Andalucía para tener un grupo propio en el Congreso, aunque sea dentro de Podemos. Ahora no cabe duda de que buena parte de estos grupos van a aprovechar el ofrecimiento de Errejón para salirse de la sombra de Podemos.

Ante este panorama, el 10-N puede ser un auténtico tsunami electoral. La alta abstención y la presentación de Más Madrid en aquellas circunscripciones en las que se reparten más escaños va a traer consigo una reducción importante en el número de diputados de Podemos, y puede que alguno del PSOE.

Pero la clave es que no todos estos escaños que pierdan Sánchez e Iglesias irán directos a la cuenta de Errejón, pues podrían acabar favoreciendo a otros partidos. Nuestro sistema electoral reparte escaños en función del coeficiente, y si el 28-A  la fragmentación de la derecha benefició enormemente a la izquierda -ya que contribuyó a aumentar la distancia que se produjo entre unos y otros incluso por encima de lo que reflejaba el número de votos-, ahora puede suceder todo lo contrario. Y además puede llevar consigo un reequilibrio entre los dos bloques, dejando la gobernabilidad en manos de los partidos nacionalistas e independentistas.

Y un último elemento: el propio sistema electoral hace muy difícil la convivencia de dos partidos en un mismo espacio político. La división en circunscripciones sólo es casi verdaderamente proporcional en Madrid y Barcelona. En la práctica, el modelo se convierte prácticamente en mayoritario en las 31 provincias más pequeñas. Por tanto, las listas de Iglesias y Errejón están condenadas a estar infrarrepresentadas en el Congreso de los Diputados, con la merma consiguiente de su capacidad de influencia. Valga de ejemplo la Comunidad de Madrid, donde la disputa entre ambos impidió la conformación de un gobierno progresista, pese a la victoria electoral del PSOE.

Pero seguramente, la estrategia de Errejón sea precisamente esa: primero, debilitar electoralmente a Podemos, dejándole herido de muerte, para posteriormente, erigirse como el único partido en ese espacio político, condenando a Iglesias a la marginalidad.

*** Gema Sánchez-Medero es profesora de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid.

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