Calzados Lobo existía cuando Cuba y Filipinas aún eran españolas. Esta tienda ha vivido dos dictaduras, dos democracias, tres reinados de tres borbones diferentes y todas las historias que hayan podido pasar frente a la esquina en la que lleva 123 años. Casi nada. Una tienda de 'lujo' para cualquier ciudad -en este caso Madrid-, que ha pasado por todo tipo de visicitudes y ahora se enfrenta a la crisis del coronavirus.

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Este negocio fue fundado en 1887 por Timoteo Lobo. El nombre viene por el apellido familiar, “no por ninguna afinidad con el animal”, explica Alejandro Blázquez, dueño y bisnieto del fundador. Es decir, la cuarta generación de la familia Lobo dedicada a vender zapatos.

Pero el negocio -ya lo habrá adivinado- no vive sus mejores momentos. “Quitando la Guerra Civil esto es lo peor que hemos vivido”, afirma Alejandro. La crisis económica provocada por la Covid-19 no entiende de edades, ni distingue si a las puertas del local hay una placa que certifica un negocio centenario. EL ESPAÑOL comienza una serie de reportajes que recorre algunos de los negocios más antiguos de Madrid en este año tan accidentado. Primera parada, calle Toledo esquina Segovia.

Rojo y esparto

Entrar en Calzados Lobo es un choque para la vista y el olfato. Por los ojos entra el rojo que cubre todo el local y por la nariz el olor a alpargata. Sabe cuál, ¿no? Ese característico aroma a esparto nuevo, parecido al de la cuerda para atar la carne. Las estanterías están cubiertas de este calzado tan patrio. Cientos de alpargatas ocupan las rojizas estanterías de esta pequeña tienda. Buenos días, busco a Alejandro.

Un dependiente ataviado con este apasionado color corporativo acompaña al periodista a un almacén al otro lado de la manzana. Tienda y almacén no están conectados por el interior. Bueno, mientras no llueva todo bien.

Una estantería en el almacén de Calzados Lobo. J.S.

Alejandro es un hombre corpulento que derrocha amabilidad tras su mascarilla. Paradójicamente, calza unas New Balance. Ya se sabe, en casa del herrero, cuchara de palo. Una vez en su despacho, explica lo que cabía esperar: el negocio va mal, como el país mismo.

“El problema es que no tenemos muy claro qué hacer. No depende de nosotros. En el 2012 sabíamos que había un problema económico y que la gente tenía menos dinero, entonces podíamos poner un precio más barato o sacar el stock haciendo descuentos”, relata. “Teníamos siempre la opción de que el público acabara viniendo a tu tienda y el turismo seguía ahí. A España seguían viniendo 60 millones de turistas al año...”

La situación es muy diferente respecto a la anterior crisis: “Ahora es que no depende de ti. ¿Cómo atraigo al público a mi tienda para que me compre? Es que a lo mejor no les dejan llegar. ¡Aunque lo regalara!”. La única vía de escape, donde el cliente sigue siendo libre, es internet. “La verdad es que nos ha ido bastante bien la venta online”.

Los años más oscuros

La tienda no tendrá más de 20 metros cuadrados, pero es que cuando Calzados Lobo nació era la mitad de espacio. Era minúscula. “La tienda tiene dos puertas. Eso es porque eran dos tiendas. Mi abuelo empezó en la puerta de la calle Toledo. La otra puerta, la de la calle Segovia, era otro comercio”. La puerta de la calle Toledo es la que aparece en las fotos que encabezan este reportaje, a las que separa más de un siglo.

Cuando llegó la Guerra Civil, en 1936, el negocio tuvo que echar el cierre durante “dos años y pico, casi tres”. “Al principio de la guerra además, venían y te confiscaban material, claro”. Fueron, lógicamente, los años más oscuros de este negocio y probablemente de cualquiera que lo viviera. “Peor que eso no hay nada. Pero esto [la Covid] es mucho peor que la crisis de 2010”.

Una miliciana armada frente a la tienda, durante la Guerra Civil. Ministerio de Cultura

Pasada la Guerra, el negocio volvió a rodar ya bajo la batuta de Pedro Valero, abuelo de Alejandro. Fue él quien unificó las dos tiendas en el local actual. Pedro Valero llevó la tienda durante todo el franquismo, hasta su muerte en 1981.

“Mi madre lo heredó pero nunca se ocupó, era profesora de la Universidad Complutense”, resume Alejandro. Fue su padre quien se ocupó a medio gas durante unos años. “Mi padre lo cogió mientras él seguía trabajando para una multinacional. Aún así la cosa fue avanzando. Por aquel entonces teníamos un empleado. Cuando le prejubilaron en su empresa se dedicó totalmente a Lobo y le dio un buen empujón”.

Hace una década Alejandro tomó las riendas del negocio familiar y lo trajo al siglo XXI. En 2013 la tienda dio el paso al negocio online. Solo venden en su propio portal. Intentaron hacerlo en Amazon pero con las condiciones que imponen es muy difícil para un producto tan barato como una alpargata.

Alpargatas y 'pisamierdas'

Las alpargatas son el producto estrella de Lobo, el pilar de sus ventas y lo que alimenta la maquinaria de marzo a septiembre. “Tenemos otras líneas de negocio que nos ayudan a compensar en invierno, como es el calzado para baile. Baile de salón, zumba, salsa, tango… Este año eso está complicado porque las academias de baile están todas cerradas”. También trabajan mucho con cine y con teatro, pero en ese sector pasa lo mismo, “no se estrena casi nada”.

También las pisamierdas son otra de sus propuestas habituales para el invierno, o el boto campero de Valverde del Camino. Todo hecho en España. “Salvo por algunos zapatos de baile que vienen de Inglaterra o Portugal, todo es producto nacional”, cuenta Alejandro.

Cajas 'made in Spain' en el almacén de Calzados Lobo. J.S.

Pero este año no se parece nada a los anteriores. Las ventas han bajado un 49%. Prácticamente la mitad de volumen de negocio respecto al año anterior. “Antes del primer confinamiento la cosa bajó de manera muy brusca. En marzo, cada día facturábamos la mitad que el día anterior. Hasta que ya, a mediados de marzo, se decretó el cierre. Dos meses cerrados”.

El resto es lo de siempre: ERTE a los empleados, dramática bajada de la facturación, implemento del negocio online a la desesperada… Y a verlas venir. “A partir de verano nos fue relativamente bien aunque siempre facturando menos que el año pasado”. Pasado agosto, la cosa vuelve a torcerse. “En un año normal, ahora mismo habría turistas. Y el turista se lleva alpargatas hasta en invierno”.

Pese a lo negro del panorama, Alejandro está convencido de poder salvar el negocio que le legó su familia y que es una pequeña parte de la historia del centro de Madrid. El futuro de seis trabajadores depende de que lo consiga.