Enrique Recio Domingo Díaz

Teresa (65) no para de frotarse las manos desde que ha llegado. Mira a un lado y a otro, deseando tal vez que pase el tiempo lo más rápido posible. Está preocupada y también asustada. Lleva ocho meses intentando que le den cita con su médico digestivo. Es decir, desde el inicio de la pandemia. En marzo, comenzó a tener vómitos y a perder peso de manera incontrolada y ya no sabe qué hacer para que alguien le atienda. Está desesperada, necesita ayuda.  

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Le queda rato por delante, no obstante. Es la última de una larguísima cola que ocupa casi la mitad de la manzana en la que se encuentra el Centro de Salud Daroca, en el distrito madrileño de Ciudad Lineal. Es una de las zonas con mayor incidencia de coronavirus de la ciudad, 488 positivos por cada 100.000 habitantes. 

Este ambulatorio, junto a la madrileña plaza de toros de las Ventas, da servicio a una población cercana a las 60.000 personas. Cientos de ellas, entre tanto, se encuentran este miércoles haciendo fila continua a sus puertas para hacerse una PRC, un test de antígenos, pedir cita con su médico, recoger una baja o simplemente pedir auxilio

Este último es precisamente el caso de Teresa, con quien empiezan las primeras líneas de este reportaje. "¿Quién es la última?", pregunta gritando cuando llega a la entrada del centro, como si en vez de ir al médico fuese a comprar al mercado. No será la única que lo haga, muchos otros lo harán después. Es algo ya común. Una señora le responde: soy yo. Teresa se pone detrás, tiene a más de 15 personas por delante. 

"Me voy a la privada"

Teresa, la jubilada que padece problemas de intestino desde hace ocho meses. Javier Carbajal

Después de más de medio año intentando que alguien le atienda, poco le importa esperar unas horas más. Aunque está bastante nerviosa. "Llevo desde marzo intentando que me den cita con el digestivo. Desde entonces estoy teniendo muchos problemas de estómago, tengo anorexia, estoy asustada. Me han dicho que me daban cita el 26 de febrero de 2021 para hacerme una endoscopia", relata esta jubilada a EL ESPAÑOL. Si opta por lo público, podrán decirle algo de sus problemas de salud un año después de que comenzasen. Hoy ha venido sin cita. Es imposible, dice, que le cojan el teléfono.

"Voy a probar si hay suerte, me atienden y me adelantan la cita. Si no pediré un papel para irme a la privada, no lo puedo pagar, pero ya me apañaré. No puedo seguir así, tengo mucho miedo, esto es una vergüenza", critica Teresa. 

Lo que ocurre, en realidad, es que en este centro de salud, al igual que en los otros cuatro que este periódico visitará a lo largo de la jornada, los sanitarios no dan abasto. Los centros de salud están desbordados por vía telefónica. Principalmente porque faltan manos que puedan coger el teléfono. La mayoría de los médicos dedican la mayor parte de su jornada a llamar (para prevenir los contagios) a sus pacientes, entre 50 y 60 cada uno, a atender visitas presenciales e incluso a hacer avisos en domicilios. Todo mientras los casos de covid, el enfado y la desesperación aumentan entre la población madrileña. 

El mapa de la ruta del miedo por los cinco ambulatorios de Madrid.

Paloma y su marido, Manolo, también están haciendo fila. Los dos sobrepasan los setenta. Llevan tres semanas llamando al ambulatorio para que le atiendan a él. "Tiene disparada la tensión y el cardiólogo le ha dado cita para el 12 de noviembre. Es una vergüenza, así no hay manera", critica la mujer. Él, en cambio, apenas puede hablar. Tiene la voz ronca y, tras la intervención de su mujer, cuenta (o más bien, nos traduce Paloma) que tiene muchos mareos y que se ha desvanecido en varias ocasiones. Sin cita, también probarán suerte hoy. 

Dos meses después

Quien ha conseguido cita en cambio es Sergio, después de varios meses enfermo. "Primero estás tres minutos hasta que te da señal, luego otros tres en espera y así hasta que te cuelgan. Después de dos semanas, conseguí que me lo cogieran. Mi novia tuvo faringitis hace dos meses y yo llevo desde entonces con tos, sin saber por qué. Esta mañana me han llamado para que acudiese al médico", cuenta. 

— ¿Crees que estás contagiado?

— No tengo ni idea, no soy médico. Pero espero que me digan algo hoy. 

Sergio, de 30 años, ha logrado cita presencial después de dos meses. Javier Carbajal

Este madrileño, de 30 años, no solo ha acudido por ese motivo al ambulatorio, también para cambiar de médico. El suyo está de baja. "Al no tener a mi médico, hay un suplente y entonces no puedo pedir cita a través de la aplicación. Llevo sin doctor desde septiembre, entonces pedí cita y me la dieron telefónicamente para octubre, no me sirvió de nada. Esto es caótico y si aún encima, como han dicho, mueven a medicos de aquí para llevarlos al hospital nuevo, pues todo a tomar por culo", sentencia. 

A su lado también espera, pero sin cita, Soledad. Tiene 80 años y se sostiene con su pequeño bastón, mientras el frío mañanero aprieta. Ella no viene mucho por aquí "gracias a dios", pero le duelen mucho los pies y no le ha quedado otro remedio. "Siempre que paso por aquí hay muchísima cola", añade. Conforme pasan los minutos, a Soledad cada vez le flojean más las piernas. Una chica joven en la fila se da cuenta. Y pide al resto que la dejen pasar. "A su edad, no puede estar horas esperando", pide al resto. Finalmente, pasa enseguida. 

Patologías descontroladas

Las colas de pacientes, este miércoles, en el Centro de Salud Orcasitas. Javier Carvajal

A pocos kilómetros de allí, en el Centro de Salud Orcasitas, en el barrio de Usera, al sur de Madrid, el escenario es el mismo. Decenas de vecinos se agolpan a la entrada para hacerse una PCR (por ser sospecha o por contacto) o ver a su medico de cabecera. Son sobre todo de edad avanzada. En esta zona, según cuenta Sara García, médico de Familia en el ambulatorio, además de coronavirus, hay gente muy mayor, pacientes crónicos complejos que, después de tanto tiempo, han empeorado y que también necesitan su medicación. Hace un par de semanas esta área sanitaria estaba confinada. Ahora ya no, pero la situación es igual de preocupante. Tienen una tasa de incidencia acumulada de 377 contagios por 100.000 habitantes. 

Los diálogos se producen en la puerta, en voz alta. Entre unos y otros, eso sí, respetando la distancia de seguridad. "Llevaba dos semanas llamando y no me han cogido, así que he venido, a ver si me atienden", dice una señora. Otra le contesta: "Yo llevo varias semanas llamando para que me vacunen de la gripe, pero ni me cogen el teléfono".

Javier y Amparo han venido al médico para ver su doctora, los dos ancianos son diabéticos y llevan sin hacerse un control desde hace meses. "La saturación que tenemos ha hecho que haya un montón de gente taponada. Los pacientes llaman al especialista y no les coge. Y eso ha hecho que haya muchas patologías descontroladas, los diabéticos están faltan. A muchos se les ha ido la cabeza, se han acelerado muchas enfermedades durante el confinamiento. Yo a veces me paro a pensar en las personas que no he vuelto a ver en mi consulta de toda la vida. Puede que hayan muerto, ha fallecido mucha gente, pero es que no tienes tiempo ni de comprobarlo. Estamos agotados, necesitamos refuerzos", confiesa la doctora García. 

La médico de Familia Sara García. Javier Carbajal.

En Chamartín, en el área sanitaria de Núñez Morgado, otra zona confinada al norte de la capital (con 425 contagios por 100.000 habitantes), el ambiente es distinto. No hay extensas colas en el centro de salud. Como mucho son dos o tres pacientes los que esperan para ser atendidos. No obstante, según aseguran sanitarios del ambulatorio a este diario, de unas semanas atrás han advertido como la presión asistencial se ha multiplicado por dos. 

"Aquí no se forman tantas colas porque todo el mundo cumple con las franjas horarias. Eso sí, recibimos el doble de pacientes. Lo que ha disminuido son las PCR, ahora hacemos más test de antígenos porque son más rápidos", señala una celadora. No obstante, según explican fuentes sindicales, lo que implica que no haya tanto colapso en Núñez Morgado (a diferencia de otros barrios), es el hecho de se trate de una zona de mayor poder adquisitivo y con ello la mayoría de sus vecinos tengan seguro privado. 

Zona covid

El centro de salud de Puerta del Ángel no presenta tampoco demasiados problemas. Son las primeras horas de la mañana. Las 9, para ser más concretos. Aquí, un simpático sanitario nos aborda. “Hola, ¿tenéis cita?”, dice a todo el que llega. Es la parte delantera. Por la trasera, si algún despistado trata de acceder, se puede encontrar con un cartel: “Zona Covid”. La parte final se encuentra acordonada y los pacientes con sintomatologías esperan con paciencia aquí.

Rige la 'ley Ayuso' en este lugar. "No podemos hablar porque nos enviaron un papel de la consejería hace unas semanas. Nos tendrían que dar permiso", dice la mujer que nos atiende.

Colas en el ambulatorio de Puerta del Ángel. Javier Carbajal

Hace unos minutos había una pequeña cola en este lugar. Ahora ya no. Un señor mayor llega y el simpático sanitario le apunta con una pistola a la cabeza. Le mide la temperatura, claro, antes de que acceda. No tiene problemas para hacerlo. Además, le ofrecen gel para las manos y le pide que se suba la mascarilla. “Que si no le entra el bicho”, le recuerda. En esta zona de Puerta del Ángel, la incidencia acumulada es de 462 casos por cada 100.000 habitantes.

La situación también es tranquila en Vallecas. El centro de salud Rafael Alberti ha vivido días complicados. Ahora la carga de trabajo es alta, se necesita más personal, pero consiguen sobrellevarlo. Hace una mañana fría en Madrid y una pareja espera los resultados de la prueba de antígenos que le han realizado. “Negativo”, le dicen en la puerta del ambulatorio.

Un hombre muestra el resultado de su prueba de antígenos. Javier Carbajal

“Hemos venido hace 20 minutos y nos han dado ahora los resultados. Es cierto que tienes que esperar fuera y pasas un poco de frío, pero en nada tienes los resultados. Si das positivo, entonces te hacen la PCR”, dice.

"Atención primaria nunca cerró"

Concha, una de las doctoras del Rafael Alberti, sale de su consulta para comentarnos su día a día. Atiende a 45 personas mínimo por día. Eso es lo programado por la mañana. A partir de ahí, todo lo que llegue. “A las 8 de la mañana empiezo a ver gente y no paro hasta las 3 de la tarde”, cuenta.

Concha, junto a su compañera Marisa durante la entrevista Javier Carbajal

A lo largo del día, atiende a varias personas por teléfono. Lleva mal este método. Hoy ha llamado hasta tres veces a un paciente que no le ha hecho caso. “Y encima llama la paciente al centro de saludo y dice que no puede contactar”, se queja Concha.

Las atenciones telefónicas requieren una gran paciencia de los sanitarios. “Hay quien no escucha, quien te cuenta cosas que no debe y no le puedes colgar, con otros no consigues entenderte...”, indica. Una vez que se levanta el teléfono, no sabe lo que encontrará. “Está el señor o señora de 80 años al que hay que cambiarle unas pastillas y también el que llama para que le firme un papel para poder ir al pueblo”, cuenta como ejemplo algunas de sus intervenciones telefónicas.

El personal sanitario, ante el centro de salud Rafael Alberti Javier Carbajal

Esto les resta tiempo, pero también les colma la paciencia. La médico cree que la gente da poco valor a su firma. Se la piden constantemente para poder saltarse las normas sanitarias. “Para todo. Desde para ir al pueblo, como te dije antes, hasta para no llevar mascarilla porque son asmáticos”, apunta. "¡Si eres asmático te tienes que proteger más, no menos!", se echa las manos a la cabeza.

Zanja sobre este tema: “La sensación que tengo es que la firma del médico no cuesta nada y vale para mucho. No es así. Los pacientes tienen derechos, pero también obligaciones”.

Paqui, Cruz, Milagros y Marisa son enfermeras y auxiliares de enfermería. Quieren dejar un mensaje claro: “Atención primaria nunca ha estado cerrado; no hemos desaparecido nunca”. Marisa Fernández, responsable de Comisiones Obreras, recuerda que en marzo se cerraron los centros, pero nunca dejaron de asistir a la población. “Hay mucha confusión con eso”, insiste.

Las sanitarias del centro de salud Rafael Alberti durante la entrevista. Javier Carbajal

Tienen miedo a la segunda ola del coronavirus. “No somos superhéroes ni queremos aplausos. Queremos ser personas normales que hacen su trabajo”, comenta Fernández.

Para hacer su trabajo lo mejor posible, entienden que les falta personal. “En administración mínimo una persona más por turno”, aclaran. Además, “no han repuesto a los jubilados”. El ritmo que llevan parece agotador. “Psicológicamente también estamos muy mermados”, afirman.

A todos sus problemas, ahora se les ha sumado uno nuevo: el hospital Enfermera Isabel Zendal. Lo catalogan de “innecesario”. Asimismo, creen que el personal del nuevo centro de emergencias podría salir de la atención primaria y son claras al respecto. “Si nos mandan para allá, no se va a morir la gente de coronavirus, la gente morirá del resto de patologías. No podemos dejar de atender a ‘nuestros viejecitos’. Dejaríamos al 80% de las patologías”, afirman.

Son las 11 de la mañana ya en el centro de salud Rafael Alberti. Toca volver al puesto de trabajo. Aquí lo tienen todo organizado para que no falte un detalle. Primero los análisis de sangre, luego los test de antígenos, posteriormente las PCR… Dependiendo si tienes síntomas con covid te situarán en una zona u otra del ambulatorio. Lamentan los trabajadores no tener dos puertas, una para entrada y otra para salida. Aquí todo acceso se realiza por el mismo sitio. “A ver si nos arreglan ya la acera. Sería ideal, aunque eso ya no le corresponde a la Comunidad”, dicen las sanitarias.