El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una declaración institucional en el Palacio de Moncloa.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una declaración institucional en el Palacio de Moncloa. Efe

España EL LIBRO DE LA SELVA

Entre los ayatolás y Trump, el término medio no es Sánchez

Lo que está ocurriendo en el mundo es tan serio y complejo que jamás entrará en el "no a la guerra" de Sánchez. Es imposible que quepa.

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Las claves

Pedro Sánchez adopta una postura prudente ante el conflicto entre Trump e Irán, rechazando intervenciones fuera del marco legal internacional.

Las acciones de Trump, como el asesinato del ayatolá Jamenei, han provocado una escalada global que involucra a múltiples países y podría desencadenar una guerra de grandes dimensiones.

Sánchez utiliza el discurso "No a la guerra" para diferenciarse políticamente, polarizando el debate interno y encuadrando a la oposición junto a Trump.

El artículo critica tanto la falta de matices en la política exterior de Sánchez como la reacción de la oposición, subrayando la complejidad de la situación internacional actual.

La actuación de Pedro Sánchez en lo que tiene que ver con los conflictos internacionales ha encontrado en Irán la consolidación de un patrón. Es un itinerario algo mejor que el de la gestión nacional, pero con un mismo final de etapa: el envenenamiento de la convivencia.

Siendo optimistas, deberíamos estar de celebración. Sánchez, en algunos asuntos geopolíticos, tampoco tantos, acierta. Por ejemplo, en Ucrania o en Irán. En España, esto es prácticamente imposible.

Su posición ante la discrecionalidad de Trump para cargarse al ayatolá Jamenei es la razonable: el problema no es que se cargue al ayatolá; el problema es que operar así en el mundo, como si fuera tu patio de atrás, puede tener como consecuencia un cataclismo mundial.

Y eso es lo que está ocurriendo.

Lo que Trump dibuja como una operación quirúrgica ya es una guerra mundial –no hay exageración en la expresión– que implica a más de una decena de países. El efecto dominó es imprevisible y los analistas más reputados no saben adónde mirar.

Trump ha matado al ayatolá, Israel está en guerra con el Líbano, Turquía amenaza porque Trump quiere sublevar a los kurdos, Europa ha entrado en juego porque Hezbolá ha pegado un pepinazo a una base británica en Chipre... y así podríamos seguir párrafos y párrafos en un conflicto de dimensiones imponderables.

Michael Ignatieff, el liberal más reputado, escribió un libro acerca del "mal menor". Es decir: qué violencias puede asumir el gobernante de una nación democrática para enfrentar el terror. Debería ser un libro de cabecera para analizar cualquiera de los postulados de Trump.

Dos de los requisitos fundamentales que a ojos de Ignatieff permiten "el mal menor" son la revisión parlamentaria de esas actuaciones y el continuo sometimiento a la prensa.

Es una manera de involucrar a la sociedad. De involucrar a la Democracia, que tiene su sistema de pesos y contrapesos.

Trump, con sus intervenciones en Irán y en Venezuela, no ha respetado ninguno de estos puntos. Lo rodea una de las democracias más consolidadas del mundo y eso lo atenaza con ciertos límites, cada vez menos. Sin embargo, se empeña cada día en parecerse un poco más a los tiranos a los que mata con sus intervenciones allende los mares.

Resulta bastante irónico que Trump, en su despacho de la Casa Blanca, haya aparecido ungido por tropecientos pastores evangélicos, todos rezando con las manos sobre él, pocos días después de haber derribado al líder supremo de una teocracia.

Esa imagen de Trump, que creí adulterada con Inteligencia Artificial, es más propia de un régimen como el de Irán que de uno como el de los Estados Unidos.

El debate no es sencillo y requiere muchos matices. Trump lo plantea así, consciente de que la era de los "hechos alternativos", la "posverdad" y la inmediatez, le dan la oportunidad de ganar rápido y sin reflexión: ¿está usted a favor de que yo mate al ayatolá? No, no se enrede en disquisiciones. ¿Está usted a favor o no de matar al tirano?

Claro, apenas hay ciudadanos en el mundo occidental que sientan simpatía por la teocracia iraní. Entonces, la Casa Blanca inicia una batería de acciones propagandísticas que acaban convenciendo a mucha gente: si no fuera por Trump, las dictaduras sobrevivirían con gran salud. Si no fuera por él, la legalidad internacional continuaría actuando como refugio de los tiranos.

Eso último es en parte cierto: una gota de certeza para hacer tragar a muchos con un vendaval de violencia.

Y ahí es donde entra Sánchez con su política mimética de hechos alternativos: "No a la guerra". Usted no piense, pero grite conmigo "No a la guerra". Como si fuera tan sencillo, como si el debate geopolítico fuera tan fácil como 'matar o no matar'; cuando nada de lo que tiene que ver con la posición de España, afortunadamente, encaja en esa disyuntiva.

La posición de Sánchez, primigeniamente, es la razonable: no a una guerra ajena a la legalidad internacional que, además, puede provocar un cataclismo mundial como el de ahora. Claro que no es deseable el régimen iraní, pero si el mundo se gestiona como lo hace Trump, acabaremos volando todos por los aires.

Sánchez cuenta con un argumento imponderable a su favor: la trayectoria histórica de las operaciones similares encabezadas por Estados Unidos: Afganistán, Irak, Siria, Libia... En todas ellas se iba a destruir un régimen efectivamente oscuro, pero se desataron guerras civiles que provocaron grandes derramamientos de sangre.

Y, además, sin lograr el objetivo final de una democracia homologable a las occidentales.

Hasta ahí, todo correcto. Pero, cruzada esa frontera, la estrategia de Sánchez se funde con su manual de la supervivencia, el de las armas de polarización masiva. Dibujar su partido, su amalgama de mayorías, como el único proyecto pacifista y encuadrar a la oposición junto a Trump como promotores de la guerra.

Vox le ayuda porque su vasallaje servil ante Trump –silencio incluso ante los ataques a España– le permite tomar la parte por el todo y dibujar la alternativa como el fin de los tiempos. Y el PP, mientras tanto, asfixiado en la pinza.

Imaginemos por un momento que Sánchez fuera un presidente socialdemócrata, responsable y sin más ánimo que el de dejar a su país en la mejor posición posible cuando se marche.

Habría recriminado a Trump su posición, habría llamado a Feijóo a Moncloa para pactar una posición común, habría pasado por el Congreso para avalar el envío de la fragata a Chipre, y habría tratado de consensuar una postura con el resto de grandes líderes europeos.

Sánchez ha comparecido en un plasma, sin responder preguntas, y ha enviado la fragata sin pasar por el Parlamento. ¿Les suena?

Sánchez, como Trump, es un ladrón de matices. Y los matices son los que ahorman la buena política. Se puede estar en contra de la guerra de Trump y tener que participar colateralmente en ella si Irán, por ese efecto dominó, acaba atacando un país aliado como Chipre.

Se puede tener una gran diferencia con la política exterior de los Estados Unidos, incluso negarles las bases, pero hacerlo sin el ánimo de provocar una crisis internacional que te convierta en un paladín del antitrumpismo... a costa del bienestar del comercio de tu país.

Del mismo modo, el PP debería desmarcarse de Vox haciendo una política internacional responsable. Eso de definir a Sánchez como una especie de amigo del ayatolá simplemente por haber rechazado la operación de Trump forma parte de la misma manera de entender la política que tiene el presidente del Gobierno.

Lo que está ocurriendo en el mundo es tan serio y complejo que jamás entrará en el "no a la guerra" de Sánchez. Es imposible que quepa. El término medio entre los ayatolás y Trump no es Sánchez.