El obispo emérito de San Sebastián José María Setién, fallecido esta madrugada, en una imagen de archivo.

El obispo emérito de San Sebastián José María Setién, fallecido esta madrugada, en una imagen de archivo.

OBITUARIO

Monseñor Setién, el obispo que consoló a ETA

Se convirtió en un referente del nacionalismo vasco y será recordado por su poca sensibilidad con las víctimas de ETA.

Entre los años 1979 y 2000, monseñor Setién fue la voz más sonora de la Iglesia en el País Vasco. Durante esos años, que fueron los más sangrientos de ETA, fue obispo de San Sebastián. A la hora de calificar su labor, hay un adjetivo que se repite hasta convertirse en tópico: equidistante. Sin embargo, siguiendo una idea que él defendía como evangélica, rompió esa pretendida equidistancia y siempre se mostró más comprensivo con los simpatizantes y militantes de ETA que con las víctimas de la banda terrorista. 

Según su concepción, la víctima era el pueblo vasco, oprimido históricamente por el opresor Estado español. Eran los débiles del conflicto, a los que su interpretación cristiana le obligaba a defender. Así lo demostró en muchas pastorales y en muchos actos. Si hubiera sido equidistante, habría que registrar manifestaciones y posturas a favor de las víctimas de los terroristas, que nunca se produjeron o de las que no hay constancia. 

Hubo, en cambio, muchos gestos hostiles hacia las víctimas, a las que siempre se resistió a ayudar por considerar que eran “instrumentos” de la política de Madrid. Uno de los desplantes más sonoros ocurrió el 23 de febrero de 1984 cuando el senador Enrique Casas se convirtió en la primera víctima socialista de ETA. Setién negó, pese a las encarecidas peticiones de la familia, que su funeral se celebrara en la catedral del Buen Pastor de San Sebastián. Argumentó que la ceremonia podría ser una provocación para la llamada izquierda abertzale y podría dar lugar a más enfrentamientos. Entonces, se le recordó el sinfín de veces que se había facilitado la catedral de San Sebastián para actos de exaltación nacionalista. 

Fallece el obispo emérito de San Sebastián José María Setién

En su libro Un obispo vasco ante ETA (Crítica) publicado en 2007, siete años después de abandonar su puesto, seguía manteniendo sus posiciones con respecto a los asesinos. Se refería, por ejemplo, a los terroristas de “revolucionarios”. Y, aunque reconocía que “el dolor de ETA” era sufrido por las víctimas de la banda, apostillaba que también era el "padecido" por la organización.

Explicaba los “padecimientos” de los terroristas recordando "los asesinatos de los GAL", las teóricas "torturas policiales", los “encarcelamientos” injustos y las "políticas de dispersión de los presos".

El libro fue polémico desde su propio título y una demostración de la importancia que tuvo el sutil uso de las palabras en el llamado conflicto vasco. Cuando se le preguntaba por qué utilizaba la expresión “ante ETA” y no “frente a ETA”, monseñor Setién explicaba: “Sencillamente, porque yo no vine en 1972 al obispado de San Sebastián para ser un obispo contra ETA. Vine sabiendo que ETA estaba aquí y que tenía que situarme ante ETA”. 

La antigua líder del PP vasco María San Gil, en su libro En la mitad de la vida, recogió sus experiencias con el obispo de San Sebastián y su poca sensibilidad hacia las víctimas. Recuerda por ejemplo cómo durante el secuestro del empresario José María Aldaya (341 días en manos de los terroristas), el obispo "pasó de largo delante de los hijos, concentrados para pedir la liberación de su padre, y no se detuvo para darles unas palabras de ánimo y consuelo, es una imagen demoledora". San Gil recuerda también cómo Setién, "mi obispo", le preguntó una vez a la política que "dónde está escrito que hay que querer a todos los hijos por igual".

Durante las más de tres décadas que ocupó el cargo, las pastorales de arzobispo de San Sebastián eran esperadas cada semana con ansiedad en las redacciones. El religioso garantizaba siempre titulares con sus reivindicaciones en favor de recoger el derecho de autodeterminación en la Constitución, sus peticiones del “cese de las torturas” en las comisarías españolas o sus peticiones de un “trato digno” para los que llamaba “presos políticos vascos”.

La simpatía de los sectores nacionalistas hacia Setién queda de manifiesto por ejemplo en cómo describe su figura el diario de la izquierda abertzale Gara: “Fue muy cuestionado y recibió numerosas críticas desde los sectores españolistas y por parte de las víctimas de ETA, que le reprochaban no haber rechazado a la organización ya desaparecida con suficiente firmeza, aunque Setién siempre le pidió que dejara de matar. Su posición también fue objeto de críticas por la Conferencia Episcopal española. Nada de ello impidió que a lo largo de su ejercicio siguiera hablando del conflicto desde un punto de vista político. Y 'ético', según solía subrayar”.

Monseñor Setién tuvo que abandonar su puesto como obispo de San Sebastián en el año 2000.

La versión oficial habló de razones personales y de salud, aunque nunca quedó claro este extremo. Ciertas fuentes atribuyeron la decisión de poner fin al obispado de Setién a las presiones del gobierno de José María Aznar a la Iglesia española. Incluso se afirma que el propio papa San Juan Pablo II mostró en más de una ocasión su descontento con la actitud del obispo vasco.

Nacido en Hernani (Guipúzcoa) en 1928, José María Setién Alberro pasó su infancia en esta ciudad, uno de los bastiones más fervientes del nacionalismo radical. Realizó sus estudios eclesiásticos en el seminario de Vitoria y se ordenó sacerdote en 1951 en la catedral del Buen Pastor de San Sebastián, un templo que iba a ser testigo de buena parte de su vida. Completó sus estudios en la Universidad Gregoriana de Roma, donde se licenció en Sagrada Teología y obtuvo el doctorado de Derecho Canónico. A partir de 1960, se instaló en Salamanca, donde fue profesor en la Universidad Pontificia, tanto en la Facultad de Derecho Canónico como en la de Teología, de la que llegó a ser decano. Tras un breve periodo como vicario para la Pastoral de la diócesis de Santander, volvió a San Sebastián, primero como como obispo auxiliar y en 1979 ya como titular de la diócesis.

La prensa vasca hace especial hincapié en la figura de Setién como pensador. Destaca que “hizo gala a lo largo de su episcopado de un vasto conocimiento teológico”. El prelado hablaba euskera, castellano y francés, dominaba el alemán y el italiano y se manejaba también con el inglés. Deja una extensa obra, que fue recogida a principios de siglo en los tomos de sus Obras Completas, y que incluye títulos como Conflicto cultural y comunidad cristiana y Pueblo vasco y soberanía. Aproximación histórica y reflexión ética

Tras abandonar el obispado en los años 2000 ha sido objeto de números homenajes y reconocimientos por parte de las autoridades del País Vasco; la medalla de Oro de la Diputación de Guipúzcoa en el año 2003, el galardón a "la trayectoria de todo una vida" de la Fundación Sabino Arana en 2006 y fue elegido miembro de Jakiunde, Academia de las Ciencias, de las Artes y de las Letras en 2009.

Sin embargo, su recuerdo permanece asociado a su implicación política y por haberse convertido en referente del nacionalismo vasco, en el que el clero siempre ha jugado un papel destacado. Frente a las acusaciones sobre su poca sensibilidad con las víctimas de ETA, se defendía argumentando que había sido “objeto de una campaña de difamación”, y se escudaba en la necesidad de que “las víctimas no fueran utilizadas políticamente”. 

Monseñor José María Setién había nacido en Hernani (Guipúzcoa) en 1928. Murió la madrugada del 10 de julio de 2018 en el Hospital Donostia de San Sebastián.

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