Hace unas semanas terminé una jornada que había empezado antes del desayuno. Encadené reuniones, respondí correos, revisé un manuscrito y discutí resultados científicos. Había hablado durante horas.
Al cerrar el ordenador, llamaron a la puerta. Era un repartidor. Me preguntó si mi apellido llevaba guion y le respondí con una explicación bastante más larga de lo necesario. Cuando se marchó, me percaté de que aquella había sido mi primera conversación del día con una persona que se encontraba en la misma habitación que yo.
No vivo solo ni teletrabajo siempre. Quizá por eso me sorprendió. Podemos pasar una jornada llena de voces y terminarla sin haber compartido espacio con nadie.
Esta experiencia personal no demuestra nada. Apenas conduce a una pregunta: ¿qué sucede cuando una parte creciente de nuestro trabajo se realiza lejos de los demás?
Un estudio publicado el 4 de junio en Science intenta responderla. Natalia Emanuel, Emma Harrington y Amanda Pallais analizaron datos procedentes de cinco encuestas representativas de trabajadores estadounidenses. En total, estudiaron a 588.322 personas entre 2011 y 2024.
Las investigadoras excluyeron 2020 y 2021, los años más anómalos de la pandemia. Después compararon la evolución de quienes desempeñaban ocupaciones fácilmente realizables a distancia con la de aquellos cuyos empleos exigían una presencia física.
El método aprovecha una diferencia evidente. El trabajo remoto no creció por igual en todas las profesiones. Algunas pudieron trasladarse casi por completo al hogar. Otras continuaron desarrollándose en hospitales, comercios, fábricas, escuelas o laboratorios.
Los resultados indican que la expansión del trabajo remoto aumentó el tiempo pasado a solas y empeoró varios indicadores de bienestar mental. También se observó un incremento en el uso de servicios de salud mental y en las prescripciones de medicamentos relacionados con ella.
Los efectos se concentraron sobre todo en las personas que vivían solas. Según los cálculos de las autoras, el crecimiento del trabajo remoto podría explicar alrededor de un tercio del aumento del aislamiento y del malestar mental registrado al comparar el periodo 2011-2019 con los años 2022-2024.
La cifra merece atención. También exige prudencia.
El estudio se realizó en Estados Unidos. Sus resultados no pueden trasladarse de manera automática a España ni a cualquier otro país. Las culturas laborales son distintas, como también lo son las viviendas, las ciudades, las relaciones familiares y la forma de organizar la vida fuera del empleo.
La investigación tampoco permite distinguir con todo detalle entre teletrabajo completo y modelos híbridos. Clasifica a las personas según el carácter más o menos teletrabajable de sus ocupaciones, no únicamente por las decisiones individuales de cada trabajador.
Además, los datos terminan en 2024. Las autoras reconocen que quizá no hayan captado adaptaciones posteriores. Con el tiempo, algunas personas pueden haber construido nuevas rutinas, encontrado otros espacios de relación o aprendido a separar mejor el trabajo de la vida doméstica.
El artículo tampoco demuestra que toda persona que trabaje desde casa vaya a sufrir depresión. Ni que acudir a una oficina proteja por sí mismo la salud mental.
No analiza de forma exhaustiva la productividad, la conciliación, el ahorro de tiempo, los desplazamientos o la satisfacción laboral. Su pregunta es más concreta: ¿qué parte del aumento reciente del aislamiento y del malestar puede relacionarse con la expansión del trabajo remoto en las ocupaciones estudiadas?
Esa precisión mejora el debate. Durante años hemos discutido el teletrabajo como si fuera necesario declararlo bueno o malo. La ciencia rara vez admite etiquetas tan simples.
Trabajar desde casa puede reducir los desplazamientos, facilitar el cuidado de la familia y permitir que muchas personas vivan lejos de los grandes centros urbanos. También ha abierto oportunidades a quienes encontraban dificultades para acceder a determinados entornos laborales.
Mas, una ventaja no elimina la posibilidad de un coste. El estudio señala uno concreto: pasar más tiempo sin la presencia física de otras personas.
Conviene distinguir, además, entre estar solo y sentirse solo. La investigación mide aislamiento, tiempo sin compañía y determinados indicadores de bienestar psicológico. No convierte cualquier momento de soledad en una enfermedad.
La soledad puede ser elegida. A veces permite concentrarse, descansar o pensar. Esta afirmación no procede del artículo, digamos que es mía. Es una cautela necesaria para no convertir sus resultados en una condena general del trabajo remoto.
Tampoco conviene rebajarlos hasta volverlos irrelevantes. La magnitud de la muestra, la combinación de varias encuestas y la comparación entre ocupaciones ofrecen una señal sólida. El efecto fue más acusado entre quienes vivían solos. Eso es lo que muestran los datos.
No prueban que cualquier conversación en una oficina resulte beneficiosa. Tampoco que todos los centros de trabajo generen comunidad o que ordenar un regreso presencial vaya a revertir el deterioro observado.
Las autoras sugieren que empresas y trabajadores busquen formas de reducir el aislamiento. Plantean coordinar los días presenciales en los modelos híbridos y favorecer interacciones informales, incluso cuando se producen en línea.
Son propuestas razonables, aunque su eficacia no ha sido demostrada. Una recomendación derivada de unos resultados todavía no equivale a una intervención validada.
Ergo, la pregunta no es cuántos días debemos regresar a la oficina. El artículo no ofrece esa respuesta ni establece un modelo laboral aplicable a todo el mundo.
Lo que sí obliga a considerar es algo más sencillo: el lugar donde trabajamos modifica el tiempo que pasamos con otras personas. Ese cambio puede tener consecuencias medibles, especialmente entre quienes viven solos.
Dos individuos pueden trabajar desde la misma mesa y experimentar situaciones muy diferentes. Uno puede disfrutar de la concentración y conservar una vida social intensa. Otro puede descubrir que han transcurrido varios días sin encontrarse físicamente con nadie.
El estudio identifica un efecto medio en una población concreta. No escribe el destino de cada persona.
Aquella tarde, después de cerrar la puerta, volví al escritorio. El repartidor ya bajaba por la escalera. Pensé en llamarlo para terminar la historia del guion de mi apellido. No lo hice.
Desde entonces, cuando teletrabajo y alguien llama, procuro abrir la puerta. No porque Science haya demostrado que conversar con un repartidor mejore la salud mental. No lo ha hecho. Lo hago porque aquel encuentro me permitió comprender la pregunta que el estudio sí plantea: cuánto contacto humano puede desaparecer cuando trabajar desde cualquier lugar termina significando trabajar a solas.