Aparentemente, siempre he sido una persona afortunada en el amor; digo aparentemente porque la realidad es que me lo he currado en cada una de mis parejas y el resultado, por lo general, es bueno. 

Esa frase suele provocar sonrisas y alguna ceja levantada. La suerte es un concepto cómodo. El trabajo, en cambio, obliga a aceptar que hay biología, tiempo y decisiones detrás de cada vínculo que prospera. La ciencia, que tiene fama de fría, lleva décadas intentando entender por qué dos personas se eligen, por qué se quedan y por qué, a veces, se van.

El amor empieza en el cerebro. No como metáfora, como órgano. Cuando alguien nos importa, se activan circuitos de recompensa que responden al placer, al aprendizaje y a la motivación. Dopamina, oxitocina y vasopresina aparecen en escena con papeles distintos. 

La dopamina empuja a buscar, a insistir, a repetir. La oxitocina y la vasopresina sostienen, fijan, construyen esa sensación de hogar que cabe en un abrazo. La química no quita poesía. La organiza.

El primer tramo del amor suele parecer un relámpago. La neuroimagen muestra una activación intensa de áreas que codifican expectativa y deseo. El cuerpo se vuelve atento. La memoria aprende deprisa. El sueño se acorta. La mente llena huecos con posibilidades. 

Este estado tiene una firma química concreta: sube la dopamina, baja el juicio prudente, la atención se concentra. El cerebro se comporta como si hubiera encontrado una tarea importante. De hecho, la ha encontrado.

Luego llega la fase que permite quedarse. Aquí mandan otras moléculas. La oxitocina, liberada en el contacto y en la intimidad, refuerza la confianza. Por su parte, la vasopresina participa en la estabilidad y en la defensa del vínculo. 

Varios estudios en animales sociales y en humanos señalan que estos sistemas acompañan al apego y lo mantienen cuando la novedad deja de ser protagonista. El amor duradero se parece menos a un incendio y más a una hoguera que se alimenta a diario. 

Como siempre digo: lo bueno se cuece a fuego lento. 

La ciencia también ha observado que el estrés crónico desgasta los vínculos. El cortisol alto durante mucho tiempo altera la manera en que el cerebro evalúa señales sociales. Aparecen interpretaciones rápidas, respuestas defensivas y menos margen para la reparación. Dormir mal, vivir con prisa, trabajar en alerta continua tiene un coste afectivo medible. 

Ergo, el amor, como el sistema inmunitario, necesita descanso y recursos.

Ahora me centro en otro dato incómodo: elegimos con patrones. La psicología y la neurociencia coinciden en que repetimos mapas aprendidos. Buscamos rasgos que reconocemos, incluso cuando nos prometemos variar. El cerebro prefiere lo predecible. 

La buena noticia es que los mapas se reescriben. La plasticidad sináptica, esa capacidad de cambiar con la experiencia, también opera en el territorio afectivo. Aprender a discutir mejor, a escuchar sin preparar la respuesta, a reparar después de un error deja huella en circuitos que se usan más y mejor.

Debo decirte que la compatibilidad tiene un componente social y otro biológico. Compartir valores reduce fricción. Compartir ritmos hormonales y estilos de respuesta al estrés facilita la convivencia. Ninguno garantiza el resultado. Ya sabemos que la ciencia evita prometer finales. Recuerda que sólo describe probabilidades.

Mas, hay un punto que me interesa especialmente: el amor como proyecto de regulación mutua

Dos sistemas nerviosos que aprenden a calmarse juntos, a amplificar lo bueno, a reducir el ruido, tienen grandes posibilidades de supervivencia. La investigación sobre coregulación muestra que la presencia de alguien de confianza modula la percepción del dolor, del miedo y del cansancio. 

El cuerpo responde mejor cuando se siente acompañado. La pareja se convierte en una pequeña ecología compartida. Lo sé muy bien y seguro lo has vivido. ¿Acaso nunca te has quedado totalmente rendido por el hecho de sentir el contacto físico del ser a quien amas

También existe el amor como decisión. Las imágenes cerebrales no eligen por nosotros. Las moléculas tampoco. Sostener un vínculo implica hábitos, acuerdos, renuncias pequeñas y celebraciones frecuentes. La ciencia describe el terreno. Caminarlo ya es un oficio.

A veces se confunde el amor con la ausencia de conflicto. Los datos dicen lo contrario. Las parejas que duran reparan mejor. Saben volver a un punto común después del choque. Esa habilidad se entrena.

El cerebro aprende rutas de reconciliación igual que aprende derroteros de huida. La diferencia la marca la repetición de actos simples: pedir perdón, explicar sin atacar, escuchar sin interrumpir.

Me gusta pensar el amor como una tecnología antigua que seguimos actualizando. Funciona con hardware biológico y software cultural. Falla cuando uno de los dos se queda sin energía o sin curiosidad. Mejora cuando hay cuidado, tiempo y una cierta alegría por el otro.

Muchas veces me han dicho que no sé vivir solo, yo que he migrado varias veces en soledad y me independicé a una edad en la que la mayoría no soñaban con ese hecho; lo cierto es que me gusta compartir mi vida con personas que valen la pena. 

La ciencia lo explicaría con hormonas, circuitos y aprendizaje. Yo lo resumo de otra forma: compartir hace al cuerpo más habitable y al tiempo más nuestro. 

¡Feliz San Valentín!