Hay virus que llegan con ruido y otros que avanzan en silencio. El Nipah pertenece a los segundos. No ocupa titulares durante meses, no ha provocado pandemias globales ni llena hospitales de manera sostenida.

Aparece, golpea, desaparece. Y en ese ir y venir deja una pregunta: ¿qué ocurre cuando un virus aprende a cruzar fronteras sin necesidad de viajar demasiado?

La historia del Nipah comenzó a finales del siglo pasado en Malasia. Allí, en un entorno donde los murciélagos frugívoros compartían espacio con granjas de cerdos y humanos, surgió un patógeno desconocido.

Lo que parecía una enfermedad respiratoria en animales devino una infección grave en personas. La ciencia descubrió entonces un virus nuevo, perteneciente a la familia Paramyxoviridae, capaz de provocar encefalitis, insuficiencia respiratoria y una mortalidad elevada.

Desde entonces, el Nipah ha reaparecido en distintos puntos del sur y sudeste asiático, con especial frecuencia en Bangladés y en regiones de la India. Cada brote ha sido pequeño en número, pero intenso en gravedad. Esa combinación lo convierte en un virus peculiar: no se expande con facilidad, pero cuando lo hace, deja cicatrices profundas.

El mecanismo de propagación explica parte de su misterio. El reservorio natural del Nipah son los murciélagos del género Pteropus. Estos animales portan el virus sin enfermar. Al alimentarse de frutas o al desplazarse hacia zonas habitadas, pueden contaminar alimentos o superficies. El contacto indirecto con esos restos permite que el virus llegue a otros animales e incluso a personas.

En algunos brotes, los cerdos han actuado como intermediarios. En otros, la transmisión ha sido directa desde murciélagos a humanos. También se ha documentado contagio entre personas, sobre todo en contextos familiares o sanitarios, donde el contacto estrecho facilita el paso del virus.

Su comportamiento biológico añade complejidad. El virus puede permanecer latente durante un tiempo variable antes de manifestarse. Cuando lo hace, los síntomas iniciales parecen banales: fiebre, dolor de cabeza y malestar general. Después, en algunos casos, el cuadro evoluciona hacia afectación neurológica severa. De hecho, el cerebro se convierte en escenario principal de la infección.

La ciencia ha observado que el Nipah tiene una capacidad notable para invadir células nerviosas y alterar funciones vitales. Esa afinidad explica su gravedad clínica. También nos hace entender por qué los tratamientos disponibles son limitados.

No existe aún una vacuna ni antivirales específicos con eficacia demostrada en grandes ensayos clínicos.

En los últimos años, los brotes en India han vuelto a situar al Nipah en el radar global. No por su número de casos, sino por lo que representa.

Fondo microscópico de bacterias azules.

Fondo microscópico de bacterias azules. Istock

Es un virus que surge en la intersección entre ecosistemas naturales y sociedades humanas. Allí donde los bosques retroceden, la agricultura intensiva avanza y las ciudades crecen sin fronteras claras, aparecen oportunidades nuevas para patógenos antiguos.

Ahora la pregunta inevitable es: ¿puede expandirse hacia Europa?

La respuesta exige prudencia y datos.

El Nipah no posee, por ahora, la capacidad de transmisión masiva que tienen otros virus respiratorios. Su contagio requiere contactos estrechos, contextos específicos y cadenas relativamente cortas.

Además, su reservorio natural no está presente en Europa de forma significativa. Los murciélagos europeos pertenecen a especies distintas, con dinámicas ecológicas diferentes.

Sin embargo, el mundo actual ha reducido las distancias biológicas. El tráfico aéreo, el comercio de animales, la movilidad humana y el cambio climático modifican las reglas del juego.

Un viajero infectado podría llegar a Europa durante el periodo de incubación. Un caso aislado podría aparecer en cualquier gran ciudad. La probabilidad de que se genere una transmisión sostenida es baja, pero no inexistente.

Europa dispone de sistemas de vigilancia epidemiológica robustos, capacidad diagnóstica avanzada y redes hospitalarias preparadas para detectar brotes inusuales. Esa infraestructura reduce el riesgo de expansión descontrolada. Aun así, la experiencia reciente con otros virus ha demostrado que la biología siempre encuentra grietas.

El Nipah no es una amenaza inmediata para el continente. Es, más bien, un recordatorio de que los virus emergen donde el equilibrio entre naturaleza y sociedad se rompe, la salud humana depende de ecosistemas que a menudo olvidamos y que la próxima crisis sanitaria puede nacer lejos, pero viajar rápido.

Quizá el verdadero peligro del Nipah no sea su expansión, sino su mensaje. Nos recuerda que la frontera entre lo salvaje y lo humano es cada vez más porosa. Cada árbol talado, granja ampliada y ciudad extendida altera el mapa invisible de los virus.

Desde la India con amor, el Nipah nos envía una advertencia.

No grita. Susurra. Y en ese susurro hay una verdad difícil de ignorar: el futuro de las epidemias se escribe mucho antes de que aparezcan los primeros síntomas.

Europa, por ahora, escucha desde lejos. Pero la distancia biológica ya no es lo que era.