Sarah Schulman, escritora, periodista, historiadora del sida y activista LGTBI+.

Sarah Schulman, escritora, periodista, historiadora del sida y activista LGTBI+. Lola Flash

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Sarah Schulman, activista: "Una de las fuerzas en la degradación social es la idea de una lealtad basada en el odio compartido"

La estadounidense analiza en 'El conflicto no es abuso' cómo la necesidad de identificar un culpable puede alimentar la escalada de los conflictos.

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En El conflicto no es abuso. La exageración del daño, la responsabilidad y el deber de reparación (Capitán Swing, 2026), Sarah Schulman parte de una distinción que atraviesa las 323 páginas de su nuevo libro.

Para la escritora, periodista, historiadora del sida y activista LGTBI+, un abuso implica que una persona ejerce poder sobre otra, mientras que un conflicto supone una lucha en la que las partes participan de algún modo en una escalada que todavía puede detenerse.

La diferencia, sostiene, resulta determinante porque identificar una situación como abuso cuando existe un conflicto puede cerrar demasiado pronto la posibilidad de intervención, escucha y negociación.

El planteamiento de Schulman no consiste en minimizar el daño ni en negar que existan relaciones de poder abusivas. Su análisis comienza, precisamente, por distinguirlas.

En un abuso, explica, quien recibe la violencia no puede impedir que esta se produzca. En un conflicto, en cambio, existe un proceso en el que las actuaciones de las distintas partes pueden contribuir a la escalada. El desenlace puede ser igualmente brutal, pero antes de alcanzarlo puede existir un espacio para intervenir.

"El conflicto es una lucha de poder", resume Schulman en conversación con este periódico. "Eso significa que ambas partes participan de alguna manera en la escalada del problema hacia la violencia".

El problema aparece cuando las instituciones comienzan a actuar antes de reconstruir esa secuencia. Schulman cuestiona los procedimientos que parten de una identificación inmediata entre víctima y agresor y propone invertir el orden. Para ella, primero debe detenerse la violencia y después reconstruir qué ocurrió, quién hizo qué y cómo se llegó hasta ese punto.

La escritora plantea escuchar por separado las versiones de las personas implicadas e incluso representar visualmente la sucesión de acontecimientos para localizar los momentos concretos en los que el conflicto cambió de intensidad. "Saber lo que realmente sucedió es más importante que decidir a quién castigar", defiende en el libro.

La necesidad de castigar

Esa reconstrucción también afecta a la manera de entender a quien se presenta como víctima. Schulman sostiene que una persona puede interpretar sinceramente una situación de conflicto como una agresión sin estar mintiendo. El problema, plantea, es que la respuesta social suele exigir una versión extremadamente nítida de los acontecimientos.

Es decir, quien reclama ayuda tiene que demostrar que es la víctima legítima y, en paralelo, que la otra persona merece el castigo correspondiente.

La escritora propone separar esas dos cuestiones. Y es que, bajo su punto de vista, una persona puede necesitar apoyo, protección, escucha o acompañamiento aunque todavía no exista una conclusión cerrada sobre la responsabilidad de cada parte. "¿Y si el castigo y el reconocimiento fueran dos experiencias distintas?", plantea.

Su propuesta consiste en que la ayuda no dependa de conseguir previamente una declaración de culpabilidad. "Me gustaría desvincular la ayuda de la culpa o la inocencia", afirma.

Schulman examina cómo la ansiedad, el trauma y las dinámicas de poder pueden alterar la percepción del conflicto.

Schulman examina cómo la ansiedad, el trauma y las dinámicas de poder pueden alterar la percepción del conflicto. iStock

En esa lógica, Schulman cuestiona también la idea de que solo merece compasión quien puede presentarse como una víctima sin ninguna participación en el conflicto. De hecho, el libro propone ampliar ese marco y partir de una premisa diferente. "¿Y si, en cambio, decidimos que todo el mundo es merecedor de compasión?", pregunta la autora.

La consecuencia práctica, explica, sería permitir que las personas puedan pedir ayuda y ser escuchadas sin convertir automáticamente esa petición en una demanda de castigo contra otra persona.

La distinción cobra especial importancia cuando aparece la exigencia de asumir responsabilidad. Para Schulman, reconocer la propia participación en una disputa no equivale a aceptar toda la culpa por el daño producido. La dificultad está en sostener ambas cosas al mismo tiempo.

Y es que una persona puede haber sufrido y, a la vez, haber contribuido a una escalada. Una puede necesitar protección y también revisar su actuación. De ahí que el libro intente abrir ese espacio intermedio que desaparece cuando el conflicto queda reducido a una oposición entre inocente y culpable.

Schulman vincula esa dificultad con dos experiencias que considera diferentes en su origen, pero capaces de producir respuestas similares ante la incomodidad.

Por un lado sitúa a quienes han sido educados en posiciones de dominio y han interiorizado la idea de que tienen derecho a no sentirse cuestionados. Por otro, a personas que han sufrido traumas graves y pueden experimentar una petición de autocrítica como una amenaza. Pues, tal y como el libro sostiene, ambas dinámicas pueden llevar a buscar una fuente externa para un malestar cuya procedencia es más compleja.

El resultado puede ser una atribución equivocada del origen del sufrimiento. Schulman utiliza ejemplos que van desde las relaciones íntimas hasta problemas sociales, dado que una persona puede responsabilizar a un inmigrante de su inseguridad económica cuando las causas están relacionadas con otros factores estructurales.

En una relación personal, por ejemplo, una experiencia acumulada de estigma puede generar tanta vergüenza que una sugerencia de ayuda sea interpretada como un ataque. Y, por ese motivo, subraya como fundamental "encontrar las fuentes equivocadas del dolor y el malestar", ya que "provoca todo tipo de culpas y hostilidades injustificadas".

La autora sitúa ahí una de las claves de su análisis. Antes de responder a una sensación de amenaza hay que preguntarse de dónde procede, ya que no toda incomodidad constituye un peligro externo y no toda experiencia dolorosa identifica por sí misma al responsable de esa situación.

La comunidad

La intervención de terceros adquiere entonces un papel central. Amigos, familiares, compañeros de trabajo y comunidades pueden contribuir a detener una escalada o reforzarla. Para Schulman, escuchar a alguien no significa necesariamente confirmar su versión de los hechos.

Tal y como expone, la responsabilidad de quien acompaña consiste también en hacer preguntas que permitan incorporar información incómoda y revisar la propia actuación. De hecho, el propio libro advierte de que las personas que rodean a quien está inmerso en un conflicto influyen en que este interprete lo ocurrido como agresión y en la norma moral que termina imponiéndose dentro del grupo.

Ese papel comunitario resulta especialmente importante cuando aparece el rechazo colectivo. Schulman analiza situaciones en las que un grupo se une para excluir a una persona a partir de una acusación que no ha sido contrastada.

En esos casos, quienes observan tienen que conocer tanto la versión de quien acusa como la experiencia de quien está siendo rechazado. De lo contrario, advierte la autora, la comunidad puede convertirse en parte de una dinámica de exclusión sin haber reconstruido previamente lo sucedido.

La lealtad, por tanto, adquiere para Schulman un significado diferente al de respaldar automáticamente a quien pertenece al propio grupo. "La mejor expresión de la verdadera lealtad o amor es estar presente para apoyar a tu grupo a ser autocrítico y a negociar", afirma.

En su análisis, una amistad, una familia o una comunidad no cumplen su función cuando convierten la solidaridad en una alianza contra un tercero. La relación se vuelve más sólida cuando permite afrontar la parte incómoda de una disputa sin transformar esa incomodidad en una razón para expulsar a alguien.

La autora conecta esta idea con otro concepto fundamental del libro, la demora. Schulman revisa el psicoanálisis, la psiquiatría, el mindfulness y Al-Anon para señalar un punto común entre enfoques muy distintos. Todos, según su lectura, ofrecen herramientas para evitar una respuesta automática ante el detonante.

Para Schulman, demorar no significa permanecer pasivo ante la violencia. Significa ganar tiempo antes de aceptar una interpretación, adoptar una acusación o ejecutar una respuesta contra otra persona. "Desconfía siempre cuando te digan que hagas daño a otra persona", sostiene.

Su propia experiencia con el conflicto entre israelíes y palestinos le sirve como ejemplo de ese proceso. Cuenta que en 2009 decidió escuchar directamente las voces palestinas, leer sus historias y aproximarse a una realidad que hasta entonces había interpretado de otra manera. "Comprendí sus historias, toda mi vida cambió", relata.

Niños recogiendo agua en la Franja de Gaza.

Niños recogiendo agua en la Franja de Gaza. Mohammed Salem REUTERS

La misma lógica de la intervención atraviesa su análisis de las comunidades queer, y es que Schulman lleva vinculada al activismo LGTBI+ desde los años de la crisis del sida y utiliza esa experiencia para examinar una paradoja. Una comunidad construida históricamente frente a la exclusión puede reproducir también mecanismos de exclusión cuando determinadas estructuras normativas adquieren mayor peso en su interior.

En El conflicto no es abuso, la autora presta especial atención a la familia queer y a la manera en que puede convertirse en un espacio regido por una lógica de pertenencia y expulsión.

El capítulo aborda la progresiva centralidad de la familia y cómo puede llegar a privilegiarse incluso cuando una relación familiar resulta dañina, desplazando otras redes de apoyo. Asimismo, el libro reclama incorporar al análisis familiar cuestiones como la ansiedad, el trauma, la proyección y el dolor psíquico para comprender cómo se construyen esas dinámicas.

En la entrevista con ENCLAVE, Schulman lleva esa crítica al terreno político. Señala como una de las expresiones de esa transformación lo que denomina "el auge del fascismo LGBT" y cita a figuras como Bari Weiss, Peter Thiel y Caitlyn Jenner.

Su argumento parte de que la aceptación social de algunas personas LGTBIQ+ puede convivir con proyectos políticos que, según ella, reproducen relaciones de dominación. "Todos ellos pueden vivir abiertamente como personas queer y trans mientras ponen en práctica ideologías brutales de supremacía", afirma.

Su recorrido por el activismo del sida conduce a otra dimensión de la misma cuestión. Schulman dedica un capítulo a la criminalización del VIH en Canadá y examina cómo determinadas respuestas policiales pueden convertir una cuestión sanitaria en un problema penal.

'El conflicto no es abuso' (Capitán Swing, 2026), la última publicación de la activista estadounidense Sarah Schulman.

'El conflicto no es abuso' (Capitán Swing, 2026), la última publicación de la activista estadounidense Sarah Schulman. Capitán Swing

La autora plantea que "cualquier sistema o normativa cuenta con elementos de control", señala. En su respuesta sitúa la discusión en el contexto actual de Estados Unidos y denuncia el desmantelamiento de programas internacionales contra el VIH, de vacunas y de servicios sanitarios durante la Administración Trump.

Además, Schulman sostiene que ese proceso puede contribuir a un aumento de los casos de VIH y al retorno de enfermedades prevenibles como el sarampión. Aunque, en cualquier caso, su argumento no consiste en presentar los sistemas públicos como perfectos, sino en señalar que sus contradicciones no eliminan el valor de las estructuras sanitarias existentes.

La experiencia del sida sirve también para trasladar su tesis sobre la construcción social del peligro a otros grupos. "Ya se trate de estigmatizar a las personas con sida, a los palestinos o a los inmigrantes, el método es siempre el mismo", afirma Schulman.

Su planteamiento es que determinados colectivos pueden ser presentados como una amenaza cuando se encuentran, en realidad, en una posición de vulnerabilidad. La consecuencia es una inversión de papeles que permite desplazar la atención desde las condiciones que producen el daño hacia quienes sufren sus consecuencias.

'Fabricar' al enemigo

Ese mecanismo alcanza su expresión política más amplia en la tercera parte del libro, dedicada a la guerra de Gaza de 2014. Schulman reconstruye aquel episodio a través de Facebook y Twitter y utiliza publicaciones realizadas entre el 2 de junio y el 23 de julio de ese año para analizar cómo se construyen las narrativas sobre un conflicto.

El capítulo lleva por título El desarrollo del genocidio en tiempo real y se estructura alrededor de cuestiones como la estrategia de la acusación falsa y la construcción de una amenaza que termina condicionando la interpretación de los acontecimientos.

Aquí, la autora aplica a la política internacional la misma pregunta que había planteado para las relaciones personales. ¿Qué sucede cuando una comunidad necesita identificar a un enemigo para explicar su propia posición?

Schulman sostiene que la fabricación de una figura presentada como monstruosa permite deshumanizarla y convertir cualquier información que contradiga esa representación en algo prescindible. De hecho, en el libro analiza esta dinámica a partir de la construcción de Hamás como un espectro utilizado, según su interpretación, para justificar distintas formas de violencia contra la población palestina.

La comparación entre trauma y supremacía ocupa también un lugar central en este tramo del libro. Schulman insiste en que no considera idénticos ambos fenómenos ni atribuye el mismo origen a sus comportamientos. Lo que observa es una semejanza en la necesidad de recuperar una posición de dominio cuando aparece la incomodidad. Desde ahí desarrolla su concepto de "fabricación de monstruos", que relaciona con la negativa a recibir información que pueda cuestionar una visión cerrada del conflicto.

Su análisis de Gaza parte, además, de la importancia de quién cuenta los hechos y quién queda fuera de la narración. En el material que incorpora al libro, Schulman recoge cómo la información que circulaba por redes sociales permitía acceder a testimonios y acontecimientos que, según ella, tardaban más en aparecer en los grandes medios.

También documenta su propia actividad en redes durante aquellos días, incluida su decisión de dejar de publicar determinadas imágenes extremadamente violentas al considerar que su impacto visual no modificaba necesariamente la comprensión del conflicto.

Un joven palestino durante una incursión israelí en Jericó el día 1 de marzo de 2023, mientras la Knéset debatía sobre la propuesta de reforma del poder judicial.

Un joven palestino durante una incursión israelí en Jericó el día 1 de marzo de 2023, mientras la Knéset debatía sobre la propuesta de reforma del poder judicial. Mohamad Torokman Reuters

El paso de las relaciones personales a la geopolítica no es, por tanto, un cambio de tema dentro del libro. Es la consecuencia de una misma pregunta. Schulman quiere analizar qué ocurre cuando el miedo, la culpa y la necesidad de identificar una amenaza desplazan la posibilidad de escuchar información contradictoria.

En las relaciones personales puede producir rechazo y castigo. En una comunidad puede convertirse en exclusión. En una estructura política puede contribuir a justificar violencia.

Por eso su propuesta final tampoco se reduce a pedir reconciliación. Schulman no defiende que las partes tengan que terminar de acuerdo ni que cualquier conflicto pueda resolverse mediante una conversación. Su respuesta a la cuestión de la reparación es más concreta.

"No estoy ni a favor ni en contra de las reparaciones. Esa es otra cuestión", aclara. Lo que considera imprescindible es la intervención de un tercero que ayude a que las partes expongan de manera precisa cómo entienden lo ocurrido.